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Tibet

TÍBET

Tíbet, donde la tierra vive con el cielo

Data Data viatge: 2005. Publicat el 19/10/2005
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Introducción

Este es el relato, muy personal, del viajero y fotógrafo Jordi Llorens acerca de su experiencia vivida durante un viaje al Tíbet en el año 2005. Podéis ver algunas fotografías de este viaje en la sección Imágenes del mundo de su página web.

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TÍBET, DONDE LA TIERRA VIVE CON EL CIELO

En el techo del mundo falta oxígeno, lujo y buena comida. Ya se sabe que el Tíbet no es un lugar para el cuerpo, sino para el espíritu; para escucharlo y apaciguarlo con una receta infalible: simplicidad, belleza y silencio.

El Tíbet, situado en los altiplanos del Himalaya, tiene una altitud media de 5.000 metros y posee unos espléndidos monasterios inmersos en uno de los escenarios naturales más hermosos del mundo.

Esta fue unas de las razones de mi viaje por tierras tibetanas. En realidad no tenía nada planeado; iba a ver qué y a quién me encontraba. Y así fue; llegué a Lhasa, mi primer destino, la mítica capital del Tíbet, que presenta un aspecto contradictorio.

La parte china, con aspecto de ciudad occidental avanzada con sus shoppings centre y tiendas de marca, difiere del sector tibetano, que aún conserva su carácter tradicional, su red de callejuelas y mercadillos ambulantes. Con la ocupación china la ciudad ha perdido su viejo misterio, pero no su carácter sagrado y espiritual.

Dominando el horizonte se alza el palacio del Potala, construido en el siglo XVII por el quinto dalai-lama, que alberga más de 1.000 habitaciones. El que fue hogar del dalai-lama hoy cumple funciones de museo, con sólo los últimos tres pisos del palacio abiertos al público. Para mí, después de haberlo visto tantas veces en la televisión, fue como encontrarme ante un sueño hecho realidad, y realmente me impresionó.

En el casco antiguo está el templo de Jokhang, construido en el año 640 para albergar la imagen del Buda Sakyamuni, que hoy sigue siendo la más venerada del país y el motivo de largos peregrinajes. En su interior, en penumbra y sumergidos en una atmósfera saturada de aroma de incienso, se forman largas colas de fieles para recibir la bendición.

A su alrededor está la plaza Barkhor, mudo testigo de graves incidentes entre la policía china y los tibetanos. Me siento en un rincón observando simplemente a los peregrinos que provienen de todos los rincones del país; sus rasgos y atuendo delatan su origen.

Lhasa también es el punto donde todos los viajeros llegamos en busca de otros viajeros a fin de poder compartir un transporte privado para acceder a lugares inhóspitos donde difícilmente llega el transporte público. Aunque la mayoría vienen o van a Katmandú por la carretera de la Amistad, tal como la llaman los chinos, no solo deseaba conocer esa carretera que atraviesa lugares históricos y monasterios importantes, sino que quería llegar al campo base del Everest y acceder a la más difícil aventura que puede ofrecer el Tíbet: la desolada región occidental, uno de los lugares más inaccesibles de la Tierra, donde los transportes son prácticamente inexistentes, el escenario imponente y vacío, las poblaciones remotas y escasas, y, sin embargo, en ella se encuentra uno de los centros de peregrinación más importantes del mundo: el monte Kailas, y el lago Manasarovar a sus pies. Más de 4.000 kilómetros en total fueron los que me llevaron a conocer el Tíbet remoto, donde la fe toca el cielo.

Empezamos por carreteras asfaltadas hasta llegar a pistas sin asfaltar en las que el polvo se mezcla con la inmensidad de sus paisajes: lagos, dunas, picos nevados. Sin darme cuenta, mi cuerpo se iba acostumbrando a las alturas.

Gyantse fue mi primer contacto con una ciudad tibetana fuera de Lhasa. Situada sobre el fértil valle de Nyang Chu, la ciudad evoca románticas imágenes medievales del Tíbet antes de la ocupación china de 1959, e invita a pasear por su avenida principal arbolada y por callejones estrechos en busca de la tradición cultural tibetana más profunda. Paseando se manifiesta la perfecta armonía de que gozan las aldeas tibetanas con su entorno. Sus casas me parecen un fiel reflejo de la forma de ser de los tibetanos: como ellos, son sencillas pero acogedoras, pobres pero alegres, herméticas pero abiertas al visitante. Las casas de piedra tienen el techo plano para almacenar excrementos de yac -el animal por excelencia de los tibetanos- utilizados como combustible para cocinar.

¿Qué me han parecido los tibetanos? Son de sonrisa fácil, a pesar de sus difíciles circunstancias, y su pequeña estatura es compensada por su gran capacidad de sacrificio. Son capaces de transmitir una seguridad interior y una mezcla irresistible de astucia, desenvoltura y humor. Sus manos y piel muestran las huellas de sus tareas y sus ojos de rasgos mongoles están irritados por el humo de sus cocinas. Viven del yac, de donde extraen la carne, el queso, la manteca, además de cultivar el gingke o cebada de la montaña, que mezclado con te y mantequilla constituye la base de la alimentación local.

En cambio, Shigatse, la segunda ciudad del Tíbet, me recibió dividida en dos mundos: el chino, con sus anchas avenidas asfaltadas, y el pobre mundo tibetano, con su ambiente medieval de casas blancas y rectangulares. Entre ambos mundos, los tibetanos se han convertido en ciudadanos de segunda clase en su propio país.

Tashilumpo, el monasterio que constituye el hogar del panchen lama, es la principal razón para visitar la ciudad. Pocas experiencias se pueden comparar con la visita a un monasterio budista en el Tíbet y con las muestras de fervor que los fieles manifiestan en ellos. Sus interiores se hallan sumidos en la penumbra y un fuerte aroma a rancio domina la atmósfera, que emana de cientos de candelabros que arden consumiendo manteca de yac, que los peregrinos se preocupan de reponer durante sus visitas. Sobre sus columnas penden hermosos colgantes de seda bordados con hilos de oro, mientras que sus paredes están cubiertas de estanterías con figuras de Buda y pinturas religiosas. A la puertas del monasterio se agolpan los peregrinos, que parecen no agotarse de tanto realizar postraciones, seguramente pagando su mantra personal y secreto con Buda. En su interior, con voz cavernosa, los monjes se sientan con las piernas cruzadas a recitar mantras . Casi todos son de aldeas alejadas y están aquí porque sus familias han seguido la vieja tradición que les obliga a entregar un hijo varón al monasterio.

Mientras voy remontando la carretera de la Amistad, que une Katmandú y Lhasa, la sensación de que me dirijo hacia el origen de un gran sueño me eriza el vello. Paso por uno de los paisajes más espectaculares del mundo, saturado de pasos de montaña, precipicios y horizontes de vértigo. La carretera no cesa de subir hasta alcanzar la escalofriante altura de 5.200 metros en el paso del Lung-la, pero antes de llegar al campo base del Everest he de tomar un té con manteca para recuperar fuerzas y calmar el mareo que produce la altitud. Y allí ser erguían, imponentes, el Everest y el Himalaya en todo su esplendor. Parecía un sueño estar ante las montañas más altas del mundo, tenía la sensación de abrazarlas y es curioso lo pequeño que me sentía en esos momentos, pero a la vez grande por ser tan afortunado de estar allí, acompañado del dios principal de los Himalayas: el Everest.

Cada vez me estaba adentrando en el Tíbet más remoto, alejado de todo. Observaba y veía que a mi alrededor todo era una gran planura, que tan pronto se convertía en un gran lago de aguas de color turquesa como en un desierto. Todo un mar de arena, piedras y montañas rocosas de colores minerales. Cerré los ojos y una sensación de paz y armonía me invadió, aunque el aire falto de oxígeno exigía a mis pulmones caminar a marchas forzadas. Estaba oyendo el sonido del silencio.

Pero enseguida recuperé el oxígeno cuando apareció el Kailas (6.714 m), la montaña sagrada de los tibetanos, la que tanto admiran, la que tanto adoran. Tanto para los hindús como para los budistas, el monte Kailas es el centro físico y metafísico del Universo. Mi misión, como si de un pacto con los dioses se tratara, era hacer la kora con los peregrinos. Para los tibetanos, hacer la kora es caminar dando la vuelta siguiendo la dirección de las manecillas del reloj por lugares o edificios sagrados, ya sea un monasterio, un lago o una montaña.

Fueron 52 kilómetros en tres días. El camino no era difícil, pero allí cada paso representaba cien pasos de aquí, puesto que andar a alturas de 5.000 metros hacía que la falta de oxígeno se manifestase en mi cuerpo y que el cansancio fuese permanente. Con tales dificultades, aún me impresionaba más la felicidad de los peregrinos que me acompañaron, una felicidad que llevaban escrita en el rostro, fruto de la fe ciega en su religión y creencias. De vez en cuando me encontraba con las ruedas de oración que iban girando y que contienen mantras sagrados que permiten mantener una oración permanente con Buda.

Los peregrinos llevan en una mano una versión pequeña del mismo molinillo que no dejan de girar, y, con los dedos de la otra van alisando las piezas de su inseparable rosario mientras murmuran su mantra: om mani padme hum (gloria al Dios nacido en la flor de loto) el cual, dicen, les ayuda a meditar y a conectar con las capas más profundas de la conciencia.

Ni el intenso frío ni el viento que calan mis huesos logran sacarme del aturdimiento en que me ha sumido el espectáculo de un Kailas infinito desplegado ante mí, recortado contra un cielo azul profundo, como no había visto antes.

Ni mis pisadas profundas en la nieve ni mi falta de oxígeno me impiden llegar al punto más alto, el Drolma-La, a 5.630 metros sobre el nivel del mar. A mi lado, cientos de banderines de oración dejados como ofrendas marcan el lugar exacto del paso más alto. Su sonido agitándose a voluntad del viento aumenta la sensación de despojo e inmensa soledad que se respira en este lugar magnífico. Antes de emprender la marcha, ato mis banderines de oración en agradecimiento al Creador de tan espectacular belleza, pidiendo un viaje seguro, tal como hacen los peregrinos tibetanos.

Al tercer día, gracias a la kora he realizado el ejercicio espiritual más completo y noble que puede acometer el ser humano. Un santuario religioso, una caminata que integra lo espiritual, lo cultural y lo físico.

Para mí, el auténtico atractivo del Tíbet han sido los enormes y desnudos espacios abiertos tan intimidantes en su vibrante soledad, que en ellos incluso he podido captar que las piedras pueden tener su propia y manifiesta vida. «¿No es acaso sagrado todo lo que se encuentra en el Universo?» diría el mismo Milarepa.

De regreso a Lhasa decido visitar la imagen del Buda Sakyamuni en el templo de Jokhang. Coloco sobre los pies del Buda la bufanda de seda blanca que he traído del Kailas y arrodillándome poso suavemente mi frente sobre sus pies, dando las gracias por haber finalizado el viaje a salvo y pidiendo poder volver algún día a un techo del mundo libre.

Jordi Llorens Estapé
www.jordillorens.com

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