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INDONESIA

Viaje a las islas de Nusa Tenggara: de Sumba a Komodo y Rinca

Data Data viatge: 2005. Publicat el 08/07/2008
2.3 de 5 (119 vots)

Introducción

Nota

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Este es el relato, muy personal, del viajero y fotógrafo Jordi Llorens acerca de su experiencia vivida durante un viaje a las islas de Nussa Tenggara, en Indonesia, sin pretender explicar su viaje al pie de la letra, sino haciendo un resumen de las experiencias que más le marcaron y que son muy distintas de nuestra cultura.

Podéis ver algunas fotografías de este viaje en la sección Imágenes del mundo de su página web.

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ISLAS DE NUSA TENGGARA

Recuerdo que, cuando dije que me iba a las islas de Nusa Tenggara, contemplé caras de sorpresa a mi alrededor. Como es natural, aunque el nombre suena a islas del Pacífico, el lugar no es nada conocido. Son islas situadas en el archipiélago de Indonesia, entre Bali y Australia, que seguramente os suenan más.

Efectivamente, las Nusa Tenggara o islas del sudeste, las forman las islas de Sumba, Timor, Flores, Komodo, Sumbawa y Lombok, entre otras menores. Yo era consciente de que en un mes no tendría tiempo de conocerlas todas y, además, quería tomarme este viaje con mucha tranquilidad, es decir, que si encontraba un lugar que me gustase, me quedaría; si me invitaba una familia, no podría decir que no; si llegaba a una playa virgen, pues permanecería en ella; si había un funeral, pues asistiría. Por lo tanto, deseaba hacer un viaje sin prisas, que se fuese haciendo sobre la marcha, y así lo empecé.

Era mi tercer viaje a Indonesia. Quizá pensaréis: «Otra vez, Indonesia?». Pues sí, porque cada vez quedan menos países que se mantengan íntegros, excepto las islas del Pacífico. Para viajar elijo áreas que aún no conozco de países en donde quizá ya he estado, que huyen del turismo de masas y de los itinerarios de las agencias de viajes.

Pensad que Indonesia es un país inmenso, que tiene 13.700 islas y una variedad étnica y cultural de las más ricas de Asia. Dentro de la propia Indonesia no se puede comparar Irian Jaya con Java, Bali con Lombok, Sumba con Timor, las Molucas con Sumatra. Dispone de muchas facilidades de desplazamiento, la gente es abierta y hospitalaria, y la vida es muy barata, por lo tanto, viajar también lo es.

Las islas de Nusa Tenggara tienen una amplia red de transportes que me permitió circular de isla en isla cogiendo aviones pequeños de 20 plazas. Pero debía organizarme muy bien, ya que no había vuelos diarios a las islas. En cambio, el transporte terrestre se basaba en autobuses y bemos. Para no tener que depender de unos horarios siempre inexistentes, escogí el taxi privado, que consistía en ir de «paquete» en un moto. Como que el trabajo es escaso, muchos jóvenes ahorran para comprarse una moto, la utilizan como transporte público, así pueden pagarla y ganan unos dineros. Desde el pueblo base donde residía, con un motorista pacté el itinerario que haríamos cada día. Fue una buena manera de conocer los mejores lugares de la isla.

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SUMBA

Después de hacer una escala en Bali, mi mejor destino fue la isla de Sumba. Tiene una cultura animista tan rica como fascinante, ritos funerarios particulares y una belleza paisajística y rural intacta. Es la isla menos visitada, por lo tanto, la más desconocida.

La isla está dividida en dos regiones: el este y el oeste de Sumba. Al este, Waingapu fue la puerta de entrada a la isla y el primer contacto con los sumbaneses. Fue en donde establecí la base para conocer los poblados conocidos por los famosos ikats, las telas hechas a mano más famosas del país. Los diseños, muy expresivos y de vivos colores, son representaciones históricas y muestran una variedad de motivos muy sorprendentes: árboles, ciervos, serpientes, caballos, figuras humanas, etc.

En cambio, el oeste es más tradicional, y Waikabubak es el pueblo base para conocer y recorrer los pueblos tradicionales también llamados kampungs. El sur tiene las playas más bonitas y espectaculares de toda Nusa Tenggara.

El este de Sumba: por aquellas casualidades del destino, me alojé en casa de un noble en el poblado de Prailiu, al lado de Waingapu. Era, como si dijéramos, el alcalde del pueblo. En Sumba, la riqueza viene dada por las posesiones; cuanto más terrenos y animales (búfalos, caballos, cerdos) tiene una persona, más rico lo consideran los demás. Me acogió una familia numerosa de ocho hijos y con ellos pude compartir pequeñas fiestas familiares como un miembro más de la familia.

Empecé a impregnarme de las costumbres y aprendí a comportarme en situaciones muy diferentes de mi cultura. La vida en Sumba gira en torno a los cultivos, al ganado, de a las aves de corral y al betel.

Cada vez que visitaba un poblado tenía que pedir permiso al kepala desa, jefe del poblado, para que me permitiese entrar y conocer su pueblo. Este me sacó una bandeja donde me ofrecía betel y yo a él. Es la manera tradicional de dar la bienvenida a los visitantes. Aunque no lo quisiera probar, me lo tenía que meter en el bolsillo.

Masticar la nuez de betel es un práctica habitual que tiene propiedades estimulantes y da fuerza para poder continuar el día. Las nueces de betel se mezclan con hojas que se llenan con cal muerta y otras sustancias que se utilizan para masticarlas. Hacen que se produzca mucha saliva roja, que se escupe y que tiñe la boca y los dientes, y los hace caer con el paso del tiempo. Antes, la belleza de las mujeres se medía por la rojez de la boca.

Me sorprende su cultura animista: su pequeño universo gira alrededor del marapu, los espíritus presentes en todo momento de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte. De hecho, antes de cualquier acto mínimamente importante -un viaje, una boda, el inicio de una cosecha, la construcción de una casa- apelarán al marapu, con la finalidad de asegurarse un buen resultado o un desenlace feliz.

El oeste de Sumba: es un paraíso tropical intacto. Me gustó mucho más que el este. Sorprenden sus fantásticas casas rurales o kampungs, levantadas en forma de pirámide sobre pilares de troncos. Siempre siguen un patrón exacto y se construyen según una unidad social y ritual. Se suelen agrupar en torno a las tumbas de piedra de sus antepasados. Aunque ya las había visto al este, estas construcciones son aún más impresionantes, ya que los techos son más altos y elaborados.

Hay que destacar los poblados de Ratenggaro y Rangabake; son los que más me han sorprendido. Además, están situados en lugares idílicos, cerca del mar. Aquí la gente me recibió con mucha curiosidad y como en toda Sumba, con la bienvenida habitual del: «Hello Mister!!!», les gusta que un occidental se interese por su cultura.

Por suerte, aún quedan playas en el mundo en que los humanos aún no han intervenido. Me refiero a las playas de Marosi y Rua. Los sumbaneses viven de espaldas al mar y sólo lo utilizan para pescar. Por lo tanto, se puede caminar completamente solo por playas espectaculares, paradisíacas y desérticas. Sí, realmente solo, sin hoteles, casas ni caminos. Sólo admiro el contraste de la vegetación exuberante que va a morir a la arena blanca y el mar de azul esmeralda de sus playas. Corro, camino, salto; no me puedo creer donde estoy. He dejado pasar las horas bajo el sol tropical, buceando, recogiendo conchas por la playa. Me siento sobre las caracolas y el coral pulverizados para respirar la belleza y la tranquilidad que me rodea. Por un momento, el resto del mundo ha desaparecido más allá del horizonte.

Pero una de las metas que tenía pendientes en Sumba eran los funerales, muy parecidos al país toraja de Sulawesi, de los que difieren simplemente por el lugar en donde se entierran los difuntos. Había fallecido el señor Bunni Mesa Woleka, de 55 años, en el pueblo de Kalimbukuni. Me acerqué el día del funeral, me presenté a la familia y les pedí permiso para presenciar y fotografiar tan digna ceremonia. En señal de respeto, me vestí como ellos con el vestido tradicional consistente en un turbante y un vivo sarong en torno a la cintura, del que me colgaba un cuchillo dentro de una funda de madera. La muerte es el suceso más importante en la vida de los sumbaneses. Es objeto de particulares fastos y celebraciones. Creen que si se le hace una gran fiesta al difunto, éste se convertirá en antepasado y velará por el bienestar, la salud y por la suerte de sus prójimos.

Todo empezó a primera hora de la mañana, cuando fueron llegando los más de 200 invitados, al ritmo de la música de los gongs de bronce. Llevaban regalos para los familiares del difunto, a quienes dieron el pésame. Consistían en búfalos, caballos o cerdos, que llegaron engalanados para la ocasión, y también de telas de ikat y coronas de flores de ropa. Todos los invitados se sentaron bajo la gran carpa que se había montado para acogerlos. Esperan a que empiece la ceremonia religiosa en la que el sacerdote cristiano metodista dirá su sermón, acompañado de una coral que interpreta emotivos cantos. Seguidamente ya es la hora de comer y la familia ha preparado un gran bufé en donde no falta de nada. Una vez satisfechos los estómagos, llega el apoteosis final de la ceremonia: el sacrificio de los animales. Se sacrifican en un número proporcional a la riqueza de la familia del difunto. Para mi fue un sufrimiento difícil de superar. Apareció el primer búfalo arrastrado por diez hombres, mientras el matador tenía el cuchillo listo para practicarle un corte seco en el cuello, haciendo que la sangre brote como una fuente. El animal aún tiene fuerzas para negarse a morir de esa manera tan cruel, pero en pocos minutos cae abatido por la pérdida de sangre, que se esparce a su lado como un río rojo. Uno tras otro, los sacrificios se repiten hasta dar muerte a un total de once búfalos. Esto les produce una verdadera euforia. No tuvieron suficiente, e hicieron lo mismo con un caballo. Eso ya fue el punto final de una gran ceremonia sangrienta que acabó con el descuartizamiento de todos los animales muertos para sacarles las tripas y la carne, que después fue repartida entre todos los invitados. A mi también me tocó mi parte. A continuación el difunto fue enterrado con ofrendas simbólicas de comida, adornos, ropa, joyas y betel para masticar.

Unos días más tarde, tuve la ocasión de asistir a otro funeral, ese día en el mismo Waikabubak. Había fallecido la madre de un conocido político del pueblo. Lo que les separa de nosotros es el concepto de la muerte: para nosotros es un adiós, y para ellos es un viaje a otra dimensión.

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TIMOR OESTE

Timor os sonará a guerra civil. Esto se acabó. Ahora la isla está dividida en dos partes: Timor Este, que ahora ha quedado como un país independiente y Timor Oeste, que pertenece a Indonesia y es el que recorrí.

Me interesaban las montañas centrales, donde el turismo no ha llegado. Aquí el paisaje es de color verde tropical y aún viven las etnias de los dawan en poblados tradicionales como Boti y None. Para poder moverme por la isla, me establecí en el pueblo de Soe, situado a 800 metros de altura.

El grupo étnico más importante del oeste de Timor son los dawan, que viven en las regiones montañosas. Tienen una apariencia con los aborígenes australianos en tradiciones muy enraizadas. Se sabe que se ha entrado en territorio dawan cuando se distingue una casa en forma de paraguas, es la lopo, el lugar de reunión del poblado y la ume kebubu, la casa tradicional donde viven.

Boti, un aislado rincón de montaña, está regido por el raja, un señor de 80 años que está considerado como el rey de sus 220 ciudadanos. Aquí el cristianismo no ha entrado nunca. Sólo se pueden vestir las ropas hechas en el mismo pueblo y los hombres se dejan crecer el pelo para casarse. Como que no hay electricidad, el cielo mantiene la neta atmósfera de la noche. Recuerdo esas noches claras y preciosas donde nunca había visto tantas estrellas juntas y la vía láctea, que me parecía un río de luz.

None, quizá el poblado más primitivo, es donde he encontrado la gente más pura y auténtica. Fui recibido en la lopo, en donde me esperaban los pocos habitantes del poblado. Mi guía, el Pae Nope, que fue el único guía durante el viaje que hablaba en inglés correctamente, me presentó su mundo y me introdujo en él. Viven del cultivo del algodón, el trigo y el mijo. Me enseñaron como se hacen los colores para teñir la ropa, como tejen el ikat y trabajan la caña. El Pae es un gran defensor de su cultura, que protege para que no se pierda sometida a influencias externas.

Pero el Timor Oeste también tiene mercados tradicionales en donde se mezclan las distintas etnias y productos que cultivan en sus tierras. Cabe destacar los mercados de Oinlasi y Nusa.

Como en cualquiera de estas islas, también tiene playas salvajes, como Oetune, Vitan y Kolbano, que destacan por su soledad y por no mostrar ninguna huella de la presencia humana: se mantienen totalmente vírgenes.

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FLORES

En realidad, el viaje previsto inicialmente consistió en conocer la isla de Flores, pero como he dicho antes, no quería viajar con prisas, sino que deseaba gozar del momento sin el estrés de querer ver demasiadas cosas en poco tiempo. Por lo tanto, tuve de desistir y fui volando de Kupang (Timor) al centro de Flores, Ruteng, desde donde un autobús, después de cinco horas seguidas de curvas, me llevó al oeste, al pueblo costero de Labuanbajo, punto de inicio para ir a las islas de Komodo y Rinca.

Labuanbajo es un pueblo de pescadores muy agradable para pasar unos días. Desde el pequeño puerto se puede acceder a las bonitas playas de las islas para hacer snorkeling y admirar la gran variedad de coral. Aquí los peces no huyen, se pueden tocar con la mano.

La blanca arena preside las playas solitarias, en donde se llega en barca para pasar el día y gozar de la naturaleza salvaje de las islas. Conviene destacar Pulau Bidadari, Sabola Besar, Sabola Kecir, Maniatan, Sebuyur, ... hay una infinidad.

Al final del día, contemplo una de las más bonitas puestas de sol del viaje, con un paisaje de barcas ancladas y el telón de fondo de las mil islas. Cuando el sol se sumerge vertical en el horizonte, las aguas se convierten en un espejo que refleja un cielo inmenso en la sinfonía cromática de las nubes; la luz se hace gaseosa y sustancial: rosas pálidos, azules de aguamarina, anaranjados de gasa, negros de azabache y rojos encendidos.

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PARQUE NACIONAL DE KOMODO Y RINCA

Tenía pendiente una tarea que tenía que debía hacer para la Unesco: ir a las islas de Komodo y Rinca, patrimonio de la humanidad y reserva de la biosfera. Famosas por su lagarto de 3 metros de largo y 100 quilos de peso, conocido como ora por los locales, y dragones de Komodo, por los occidentales, es único en el mundo. Hay unos tres mil ejemplares, viven una media de 50 años, ponen de 15 a 30 huevos durante 9 meses y es pueden tragar un cerdo entero. Así que más vale no acercarse demasiado, pues pueden ser peligrosos. Realmente impresionan cuando se tienen delante.

Todo el parque nacional está lleno de islas desiertas, con playas aisladas que me tientan a tomar un buen baño. Camino bajo el sol lleno de una exaltación de los sentidos. Playas llamadas rojas porque el coral rojo llega pulverizado. El contraste del blanco de la arena con el coral es espectacular. El coral es isla, balsa de vida en el océano, misterio, refugio para millones de peces. Verse de pronto en medio de estas aguas tan bonitas, que parecen irreales, es como encontrarse en otro mundo. Aquí todo es llano, sólo me rodean el agua y el cielo.

Dormía en un pequeño bungalow en Loh Liang, a unos 30 minutos del único pueblo de la isla. Era donde estaban los guardias del parque, pero el interés de la Unesco era que fotografiase la vida de los habitantes de Komodo, así como los árboles del Tamarindus y la Srikaya.

Sus habitantes viven de la pesca y entonces era la época del calamar. Visité el pueblo para ver la manera tan sencilla que tienen de vivir: durante el día descansan, algunos salan el pescado para después dejar secarlo al sol, otros juegan a cartas, otros arreglan las redes que utilizarán de noche, y hacia las 6 de la tarde, antes de la puesta de sol, me apunto a una salida nocturna para pescar calamares. Fue fantástico ver las 150 barcas saliendo a la vez bajo el eco uniforme de los motores; mientras el sol se iba escondiendo en el horizonte, buscábamos un lugar en el mar donde pasar la noche. Mientras tanto, el pescador Abdurahman preparaba los cinco fanales para ponerlos en la proa de la barca e iba preparando las redes para cuando viésemos los primeros calamares. Ya de noche, sólo se veían las luces de los centenares de barcas que, como nosotros, estaban a la espera de hacer una buena pesca; parecía Nueva York dentro del mar. Finalmente, pescamos unos cuantos quilos después de desplazar la barca a otros lugares más provechosos. La excitación de la noche se acabó friendo unos calamares en la paella acompañados de arroz, por supuesto, que fue nuestra cena a la una de la madrugada.

Ya no me daba tiempo para hacer nada más, ni para conocer la isla de Lombok. En el aeropuerto de Labuanbajo (isla de Flores), el avión me llevó a la isla de Bali, en donde pasé dos noches con la gente que había conocido hacía 17 años.

¡Cómo ha cambiado Bali!. Lo están destrozando. Eso me hizo recordar los momentos vividos en Sumba, Timor y Komodo, lugares aún alejados del turismo de masas. De hecho, estas son islas que hacen soñar antes de ir. En muchos instantes he sentido que el resto del mundo desaparecía más allá del horizonte. Paseo y sueño noche y día, me doy cuenta de que estoy despierto, despierto y consciente de haber conocido las Nusa Tenggara y de saber que aún quedan lugares como éste en el mundo.

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