Vota |
El día amanece un poco mejor que ayer así que, tempranito, emprendemos la caminata. De entrada pienso en abandonar nada más empezar, ya que los primeros quinientos metros son muy expuestos: hay nieve y hielo y tenemos que caminar por filos con caídas por laderas heladas a ambos lados. Cualquier resbalón puede ocasionar un serio problema, pero afortunadamente esto no dura mucho.
La base del K2 se encuentra diez kilómetros más allá, al fondo de un valle que ocupa en su totalidad el glaciar Godwin Austen. Es casi todo él blanco, es decir, con el hielo descubierto, pero afortunadamente está recorrido por una línea no muy ancha en que éste está cubierto por piedras y demás, lo que nos permite caminar sin equipamiento especial.
La marcha se hace fatigosa ya que vamos a superar los cinco mil metros de altura, y las piernas llevan ya unos cuantos kilómetros encima. Como a mitad de camino pasamos por el campo base del Broad Peak, que se nos deja ver resplandeciente casi toda la mañana. El K2 permanece oculto por las nubes mostrándonos solamente su base. Al final llegamos a ella. El valle que traíamos termina justamente al lado de la montaña, y el glaciar gira a la derecha por un nuevo y estrecho valle, formando un paisaje de pequeñas montañitas de hielo, que por decenas se yerguen como si fueran casitas de los gnomos o duendes del bosque.
Hemos cumplido con uno de los objetivos fundamentales de este viaje. El campo base, que no es más que la zona del glaciar más cercana a la montaña, está ahora completamente vacío. Ya ha terminado la temporada en que se puede escalar, no así en los dos meses pasados en que esto ha debido de estar muy concurrido. Este año se ha celebrado el cincuentenario de la primera ascensión a este pico, y eso ha provocado una afluencia mayor de lo habitual.
Es realmente excitante poder tocar con la mano esta montaña. Pero la verdadera impresión que me causa es precisamente pensar en cómo es posible que haya tanta gente que tiene las narices de atreverse a empezar desde aquí a intentar cubrir los más de tres mil quinientos metros que quedan hasta la cima.
Y a la hora de iniciar el regreso al campamento de Concordia, experimento la otra cara de la montañas: el sufrimiento. Ya en los últimos metros antes de llegar al campo base me encontraba con los primeros síntomas de una temida situación cuando se practica cualquier deporte. Ante mi desolación, tomo conciencia de que sufro una monumental pájara. O sea, que me he desfondado, que me faltan las fuerzas, y lo que es peor, que aquí no me puedo quedar, sino que, sí o sí, tengo que regresar a Concordia. Y eso, en el estado en que me encuentro, significa cuatro horas al menos de caminata pasándolo muy mal.
Esto quiere decir que el paisaje desaparece, y que sólo puedes concentrar tus fuerzas en dar el siguiente paso y en mirar dónde pones el pie. Este regreso se me hace eterno, pero consigo llegar al campamento completamente agotado: con mareo, dolor de cabeza y demás síntomas que yo sé que no son de la altura, al menos no directamente, sino del cansancio.
Me acuesto obviamente hecho polvo, pero con la enorme satisfacción de haber estado en un lugar largamente soñado. Merece la pena pagar un precio.
Nos quedan todavía cinco días de caminata de regreso. Mañana aproximadamente ocho horas. Los dos siguientes seis, y los otros dos entre cuatro y cinco de andar.
Conseguimos hacer todo el grupo los cinco días de bajada sin mayores contratiempos, hasta llegar a la zona de acampada de Askoli donde nos esperan los 4x4 que nos llevarán de vuelta a Skardú.
La convivencia con los más de veinte porteadores ha sido excelente y muy cordial (mejor en mi opinión que la que hemos tenido con nuestros colegas europeos). A pesar de que hablan todavía menos inglés que nosotros, desde el principio han abundado las sonrisas, los guiños de complicidad, los encuentros de nuestras manos, y los gestos solidarios y de ánimo cada vez que coincidimos con ellos a lo largo de las caminatas.
Los cocineros son los segundos en jerarquía y los que tienen una convivencia más estrecha con el guía, durmiendo incluso en la misma caseta como dije antes. Su forma de vestir es igualmente desenfadada, y la convivencia con ellos ha sido igual de interesante que con los porteadores. Lógicamente se encargan de cocinar y de todo lo referente a la alimentación, que preparan en unas cocinas portátiles bastante antiguas y que funcionan con keroseno. Afortunadamente no se emplea madera que es muy escasa por estos pagos.
Por último reseñar que Musa, nuestro guía, ha desempeñado perfectamente su trabajo, que no es fácil. Lidiar con muchos porteadores y cocineros, con un grupo de europeos más o menos caprichosos, con un jefe de la agencia que ejerce obviamente como tal, y con toda la burocracia que llevan estas expediciones, tiene su mérito. Musa ha desempeñado su trabajo con eficacia y discreción, dándonos sensación de tranquilidad y seguridad en todo momento, y esto hace que esta persona permanezca como uno de los recuerdos importantes que seguro seguiré teniendo cuando el tiempo vaya pasando.
Más que el K2 y que toda la belleza de la naturaleza, quedará en mí la belleza del encuentro entre las personas. Son momentos que hacen cada viaje, cada pequeña aventura, única e irrepetible.
Así que, buen final para la caminata, Esa misma tarde llegamos a Askoli y nos felicitamos mutuamente por haber cumplido nuestro objetivo. Antes de descansar, un ritual que no me gusta nada, pero que es indispensable en este tipo de trekkings: la propina. Aunque pagas el paquete completo a la agencia, al final es prácticamente obligatorio el ritual de dar una gratificación a porteadores, guía y cocineros. Proceso engorroso y desagradable. Nos tenemos que poner de acuerdo entre los viajeros en la cantidad, sin puntos de referencia muy claros. Y tras la cena, todos los porteadores se sitúan en círculo alrededor de la tienda que nos sirve como comedor y el portavoz del grupo va dando la gratificación uno a uno a todos los trabajadores. No puedo evitar sentirme muy incómodo y hasta avergonzado en estas situaciones. Nunca sabes si lo que has dado es correcto, y te quedas con el mal sabor de boca. Además, me parece que lo que hay que hacer es pagar salarios justos y dejarse de estos números, pero en fin, así funcionan las cosas aquí y en España, en el sector relacionado con el turismo. Naturalmente, los porteadores que han llevado la mochila grande de cada uno de nosotros nos piden más, y naturalmente les decimos que no. Pero en fin, la ceremonia, afortunadamente es corta.
Felices y con 145 inolvidables kilómetros más en nuestras piernas, descansamos la última noche en caseta de este viaje.
Nos levantamos pronto para abandonar definitivamente el valle del río Braldo, que más arriba se llama Biaho, y más arriba todavía es el glaciar Baltoro. El día amanece como todos los que nos han precedido en la bajada: fresco, con nubes que muestran y ocultan las montañas, y muy de vez en cuando un pequeño chaparrón, arriba de nieve, y aquí abajo, a 3.000 metros, de agua.
Los jeeps nos esperan y nos subimos en ellos para volver a recorrer los cien kilómetros de pista encajada entre los cerros que nos separan de Skardú. Afortunadamente los días que han pasado desde que la recorrimos en sentido inverso no ha debido de llover demasiado y se encuentra más o menos igual. Alguna preocupación teníamos de que pudiera haber algún corte por deslizamientos, o de que estuviera embarrada, con lo que habríamos tenido que hacer mayor acopio de valor del que se necesita normalmente para recorrerla.
Sin mayores contratiempos llegamos a Skardú a la hora de comer. Esta vez no nos alojamos en el camping de la agencia, como a la venida, sino en el Motel K2. Éste tiene algo de mítico porque es donde se suelen alojar las expediciones que vienen a escalar el K2 y las otras montañas de la cordillera. Sus pasillos están llenos de pósters y fotos con mensajes y firmas de los grupos de montañeros que han pasado por aquí, entre los que no faltan los españoles, con Juanito Oyarzabal y compañía a la cabeza.
El hotel se encuentra a las afueras de Skardú, es muy confortable y tiene unos preciosos jardines con césped abiertos al río Indo y a los cerros que circundan este valle, dejándose ver asimismo los restos del antiguo fuerte de la ciudad. Delicioso lugar para una buena ducha, una buena comida y una agradable estancia tras los duros días que acabamos de pasar. Lástima no poder estar algún tiempo más aquí para leer un rato y saborear este sosiego, pero la reserva del avión para regresar a Islamabad es para mañana por la mañana, así que intento disfrutar de todos estos lujos aunque sea de forma comprimida.
Aprovecho la tarde para comprar una alfombra muy bonita en la tienda de artesanía que hay en el hotel. Las alfombras son uno de los productos artesanos más interesantes de este país, y se pueden comprar con una muy buena relación calidad precio, con lana de Cachemira o con lana normal de esta tierra. No podemos olvidar que estamos en el corazón de una de las grandes rutas comerciales de la historia: la ruta de la seda. También es este último un producto muy interesante de comprar y que se vende por todas partes en tiendas especializadas.
Finalizamos el día con una cena en casa de Musa, nuestro guía. Vive en un pequeño pueblo llamado Suretka, a unos 10 km al sur de Skardú, en un bonito valle río arriba del mismo nombre. Tras dejar a nuestra vera un lago de aguas verde oscuro con una isla boscosa en medio, llegamos al pueblo a la caída de la tarde. El sol está oculto por las nubes y hace frío. Suretka es un buen ejemplo de los poblados rurales de esta zona. Un pequeño puñado de casas, de adobe y también de piedra, con algunas fachadas pintadas de blanco, lo cual no es muy frecuente. Junto al río, pero en un altozano por encima de él. Este altozano, además del pueblo, alberga también los prados donde pasta el ganado vacuno, y el formado por unos ejemplares propios de aquí, mezcla entre el yak y la vaca, llamados dzos. Obviamente, pequeños campos de cultivo. En las cercanías, se ven grandes cantidades de leña ya cortada de los bosques cercanos, que servirán para alimentar el fuego de los hogares en invierno. Como en muchos lugares de este territorio de montaña, no hay luz, ni teléfono, ni agua canalizada.
Nos acostamos con una pequeña preocupación: mañana volaremos a Islamabad desde Skardú. Hay un solo vuelo al día que viene previamente de la capital. Tiene que atravesar estas tremendas cordilleras para aterrizar, pero como el aeropuerto tiene muy pocos medios de ayuda a la navegación, la aproximación a la pista es visual. Esto quiere decir que, si el tiempo es malo, es posible que el avión no pueda entrar. Y si no entra, tampoco sale, con lo que tendríamos que meternos en una guagua que tarda entre 20 y 24 horas en hacer el trayecto que volando dura menos de una, y además, eso nos trastocaría los planes para el resto del viaje.
Afortunadamente amanece bien el día. Algunas nubes en las montañas, pero en el amplio valle de Skardú, que es donde se encuentra la pista, el cielo está despejado. Así que nos dirigimos al aeropuerto para regresar a Islamabad y seguir con la última etapa de nuestro viaje. El aeropuerto es un poco extraño ya que la nueva pista se encuentra a varios kilómetros de la Terminal, en el centro del valle y rodeada de dunas de arena.
Así pues, nos subimos a nuestro Boeing 737 de la PIA (las líneas aéreas de Pakistán) con la ilusión de extasiarnos con la contemplación de estas cordilleras desde un poco más arriba de sus cumbres. Si hay suerte con el tiempo, éste es un vuelo espectacular, pero, lamentablemente, esa suerte no nos acompaña. La mayor parte del macizo montañoso está cubierto de nubes. En algún claro puedo vislumbrar no obstante esa joya escondida. El laberinto de sierras y picos, al principio vestidos íntegramente de blanco, y a medida que volamos hacia el sur, empezando a mostrar su roca oscura. En muchas de las zonas cimeras, se ven los circos glaciares desde los que descienden las lenguas que nos han acompañado en nuestro camino. Redondos, compactos, y de un blanco intenso y precioso. Cuando vamos más hacia el sur, y la nieve y el hielo van desapareciendo, estos circos se convierten en lagunas verdes, que contrastan con la austeridad y severidad de la roca circundante.
Sobresaliendo del mar de nubes, como si de ellas naciera, sobresale la imagen imponente del Nanga Parbat, que ya vimos al llegar a esta tierra. Cuando llegamos más o menos a la mitad del vuelo, y ya nos acercamos a la geografía mucho más llana donde se encuentra situada la capital, vuelvo la vista atrás y, con la última contemplación del coloso, me despido con un pizco de emoción del que ha sido mi hogar en los últimos quince días.
Islamabad nos recibe tal y como la dejamos. Con esos días calurosos de 36ºC, sus noches también cálidas pero agradables, y el cielo prácticamente sin nubes. Nos alojamos en el mismo hotel en que ya estuvimos, donde por cierto tenemos con su personal la única discusión seria que hemos tenido en todo el viaje, porque pretenden cobrarnos un poco más de lo que habíamos acordado. Tras el pollo correspondiente, al final se arregla. Después de comer, algunas compras, cambio de dinero, lavado y arreglo general.
Al día siguiente cumplimos con el último trámite del trekking, en este caso burocrático. Junto con el guía y con Malik, el responsable de la agencia, nos tenemos que personar por la mañana en el Ministerio de Turismo, ellos y los de nuestra expedición que hemos regresado aquí. Se trata de dar las últimas explicaciones al funcionario de turno de cómo fue la cosa, trámite que nos lleva su tiempo.
Después de comer, dedicamos la tarde a descansar y a sacar los billetes de la guagua que al día siguiente nos va a llevar rumbo a Lahore. Previamente hemos comido todos juntos en el último acto con nuestra agencia. El balance de sus servicios no puede ser mejor: profesionalidad, eficiencia, seriedad y una excelente relación calidad precio. Así que si alguien que lea estas líneas quiere hacerse un buen trekking por el norte de Pakistán, desde nuestra experiencia le recomiendo que contrate con la agencia Adventure Travel.
Tempranito tomamos la guagua rumbo a Lahore, que se encuentra a 275 km al sureste de Islamabad, muy cerca ya de la India, y que es la capital de la provincia del Punjab. Esta ciudad ya es más representativa de las grandes aglomeraciones urbanas que se encuentran en esta superpoblada península indostánica y sus alrededores: cinco millones de habitantes.
Lahore es también la capital cultural y artística de este país, y, en este momento, es asimismo uno de los lugares más tranquilos desde el punto de vista de la seguridad. Desde hace más de mil años esta ciudad ha sido una encrucijada en las grandes rutas comerciales entre el subcontinente indio y Asia Central, lo cual está en el origen de su riqueza cultural, pero también de su historia turbulenta, que ha hecho de ella un enclave varias veces destruido y otras tantas reconstruido. La época de mayor esplendor de Lahore se desarrolla cuando es el centro del Imperio Moghul, entre los siglos XVI y XVIII. Gran parte del patrimonio arquitectónico y de los jardines que adornan la urbe, son de esta época.
La primera sorpresa agradable que nos llevamos es el impecable estado de la guagua y el servicio a bordo que nos atiende. Las guaguas que hacen recorridos cortos o urbanos son bastante incómodas y suelen ir atestadas de gente. Pero en los largos recorridos entre grandes ciudades, al menos en éste que nosotros hemos hecho, el servicio es homologable con cualquiera de los mejores de nuestro país, si bien es verdad que hemos escogido la opción más cara, es decir, algo más de cinco euros. A cambio, asientos anchos y cómodos, aire acondicionado, televisión con auriculares individuales con lo que no tienes que soportar el sonido de una programación que no te interese, y catering a bordo servido por una amable y discreta azafata. El catering, lo normal: sándwich, galletas y refrescos. Asimismo, prensa a bordo. Por tanto, las cinco horas que dura el viaje se hacen muy llevaderas.
Segunda sorpresa: la carretera que une Islamabad con Lahore es una autopista perfectamente asfaltada y señalizada con tres carriles en cada sentido y muy poco tráfico. El paisaje es apacible.
Nada más llegar a Lahore vamos al hotel National, bien situado en el centro, no muy limpio pero sí bastante confortable, y además a buen precio, como todo en este país. Para hacerse una idea, paso a enumerar lo que cuestan las cosas o servicios que uno normalmente utiliza. La habitación de un hotel similar al nuestro, triple, con baño, televisión satélite, aire acondicionado, ventilador y nevera, nos sale por unos veinte euros. Una comida en condiciones en uno de los muchos restaurantes decentes que nos encontramos, no llega a los tres euros. Y comer en un hotel de cinco estrellas de las grandes cadenas internacionales, no pasa de los diez euros.
Para moverse por las ciudades lo mejor es hacerlo en taxi. Las guaguas no suelen llevar carteles y es muy difícil con el idioma aclararse de adonde van. Siempre hay que regatear en los taxis, pero un recorrido urbano te puede salir por entre cincuenta y setenta céntimos de euro. En Lahore, te tomas una Coca-Cola en una terraza de la calle por unos quince céntimos de euro. O sea, que por menos de treinta euros al día te puedes recorrer el país como un pachá.
Nada más tomar contacto con esta ciudad, hay algunas cosas que me llaman la atención. En primer lugar, la contaminación brutal. El tráfico es endiablado. Coches no hay demasiados, pero a cambio las calles están todo el día ocupadas por miles y miles de motocarros y de motocicletas de baja cilindrada. Además del ruido continuo, la antigüedad y la falta de puesta a punto de la inmensa mayoría de los vehículos, hace que los gases se posen como un casquete permanente sobre todos nosotros, haciendo el ambiente muy insano, por lo menos durante los días en que permaneceremos aquí, en que el tiempo es muy estable y sin viento. Por cierto, el taxi que nos encontramos aquí es habitualmente un motocarro o rickshaw.
Un segundo aspecto a resaltar es que el paisaje humano varía un poco con respecto al que nos habíamos encontrado hasta ahora. Se puede uno encontrar por las calles a más mujeres, y a un cierto número de hombres vestidos a la manera occidental, posiblemente signo de un lugar más cosmopolita.
Por otra parte, es en Lahore donde vemos la persistencia de uno de los mayores problemas de las poblaciones de los países en vías de desarrollo: la ausencia de saneamiento y de un adecuado servicio de recogida y tratamiento de residuos. Gran parte del alcantarillado discurre a cielo abierto por las calles, con los problemas de olores y salubridad que son fáciles de imaginar. Para los que estamos de paso, se trata simplemente de una cuestión molesta y desagradable, pero pasajera. Para las personas que viven aquí, un problema de primera magnitud que impide una mínima calidad de vida. A esto hay que añadir la basura que se encuentra por todas partes, más visible y sangrante en las zonas céntricas en que el tejido urbano es muy compacto, y hay pocas zonas verdes o espacios abiertos.
Por otra parte, el ambiente humano no lo experimento en absoluto como poco acogedor o amenazante. Los días que estamos aquí paseamos por todas partes, de día y de noche, y en todo momento hemos seguido contando con la amabilidad y cordialidad de este pueblo.
Dedicamos la tarde a pasear por el centro de Lahore. Se ve que estamos en una antigua ciudad, con edificios de piedra de la época de los británicos o reflejo de antiguas glorias pasadas. De todas formas, para contemplar la arquitectura local cuando vas paseando, hay que hacer un esfuerzo, porque la animación callejera y comercial, el bullicio urbano, te envuelven de tal manera que te olvidas de mirar hacia arriba de vez en cuando.
Vamos a estar dos días completos aquí, en Lahore, y la mañana la vamos a dedicar a recorrer la Ciudad Vieja. Está situada a los pies del Fuerte y rodeada toda ella por una muralla de unos nueve metros de alta, franqueable a través de trece grandes puertas.
Esta zona de Lahore fue construida en su mayor parte en la época moghul. En su casi totalidad es un laberinto de calles y callejuelas, bulliciosas las primeras, sorprendentemente tranquilas las segundas, en algunos de cuyos tramos se pueden cruzar dos personas con dificultad, debido a su angostura. El aspecto general ciertamente evoca su pasado esplendor, pero también su actual decadencia. Algunas construcciones conservan bellos azulejos con motivos florales, aquí y allí surgen casas de piedra con celosías en sus ventanas o con balcones de madera labrada, que recuerda a la arquitectura hindú.
Escondida en un rincón de una calleja inverosímil aparece una gran puerta, también labrada, de madera, que da paso a un antiguo palacio que parece recordar con nostalgia y resistiendo aún en pie viejos tiempos gloriosos. De vez en cuando, una pequeña mezquita, apenas perceptible, arropada por las casas en que hay que investigar para encontrar el hueco por el que acceder al templo. Y de cada casa, de cada comercio, de cada recoveco de esta ciudad, nos llegan los rumores de la vida que bulle en su interior, ajena completamente a nuestro deambular.
Pasear por la ciudad vieja, como por cualquier zoco de una población como ésta, es estar atento a esos pequeños fogonazos de vida, que sólo podemos vislumbrar, pero que están ahí para que seamos capaces de emocionarnos con ellos, de incorporarlos de alguna manera a nuestra vida y de esa forma aprendamos a respetar a los demás y a ser tolerantes. Pasamos junto a la Sunehri Masjid, o mezquita dorada. Está cerrada, pero podemos contemplar sus tres cúpulas doradas, en forma de bulbo, que apenas emergen de las casas que la rodean.
Sí entro en la mezquita de Wazir Khan, con largas galerías interiores, una plaza para las abluciones con azulejos en tonos verdes, y un pequeño lugar para la congregación, donde algunos hombres duermen sobre las acogedoras alfombras. También cierto aire decadente, que por momentos se transforma en misterioso.
Terminamos esta mañana visitando una de las joyas arquitectónicas de Lahore, y también del mundo islámico, la mezquita Badshahi. Terminada en 1676 es una de las mayores del mundo. Tiene cuatro minaretes de arenisca roja, tres grandes cúpulas de mármol, y sobre todo un amplio patio con capacidad nada menos que para sesenta mil personas. Damos un tranquilo paseo por este recinto. Gente rezando, familias visitando el templo y admirando su arquitectura, y haciéndose las fotos de rigor que todos los turistas se hacen, nos hacemos, en los sitios que quedan como de postal, y, aquí sí, algún visitante extranjero, con sus pantalones cortos cubiertos grotescamente por un pañuelo, por aquello de los rigores indumentarios que se exigen en los templos. Y algún que otro encuentro fugaz y como siempre amable y cordial con algunas personas que se detienen a intercambiar unas pocas palabras con nosotros.
Nos sentamos un rato en el suelo para hacer tiempo hasta la hora de la comida, y para disfrutar del lujo de no hacer nada y de ver pasar el tiempo y a las personas en un lugar bello y acogedor, y a la vez extraño.
A unos 25 km de Lahore, junto a un pequeño pueblo llamado Wagah, está el único paso abierto por carretera para cruzar entre Pakistán y la India, camino en este último país de Amritsar, la capital de Cachemira en aquél lado. Ya el hecho de que sólo haya un paso en los 2.912 kilómetros de frontera entre ambos países, es sintomático de la tensión en la que viven.
Pero es que además, en este lugar, la tensión se escenifica varias veces al día con un ritual idéntico que se desarrolla en la misma línea. Nosotros asistimos al último de la tarde de hoy, que es domingo, y por tanto con bastante concurrencia de gente. Hay que indicar que, aunque Pakistán es un país islámico, la fiesta semanal no es el viernes sino el domingo. A ambos lados de la raya fronteriza dos puertas metálicas que permanecen abiertas durante el día para permitir el paso de personas y vehículos.
Y comienza el espectáculo. A ambos lados se sitúan militares en traje de gala, o sea, charreteras, grandes gorros y plumas y penachos a go-gó, que representan durante más de media hora un ritual, en mi opinión lamentable, de nacionalismo visceral y agresividad hacia el vecino. Ora caminan con paso marcial y señalando amenazadoramente hacia el otro país, simulando que van a invadirlo, parándose en seco justo en la frontera. Ora retan a los militares del otro lado a que se atrevan a entrar en éste para que disfruten del jarabe de palo que les espera. Otras veces gritan marcialmente, siendo coreados de inmediato por dos o tres centenares de personas que se encuentran a cada lado, y que entonan cánticos y consignas nacionalistas. Al terminar el número, se arrían simultáneamente las banderas, y también a la vez, se cierran las cancelas metálicas dando literalmente un portazo, indicando bien a las claras que no se quiere saber nada del indeseable vecino.
La verdad es que este ritual parece que se ha convertido más en una atracción turística al estilo de los cambios de guardia en los palacios de los reyes europeos que en otra cosa. De hecho, a pesar de los cánticos y la exaltación, no se aprecia tensión en el ambiente, y cuando todo acaba, los jóvenes y las familias regresan tranquilamente, no sin antes tomarse un aperitivo en alguno de los chiringuitos que al efecto están instalados junto a la carretera, y disfrutando por cierto de un atardecer sereno en el paisaje llano, verde y rural que nos rodea. Nos subimos bien apretujados al motocarro que nos devuelve desde este tranquilo atardecer al bullicio, el ruido y la contaminación de Lahore.
Por cierto, que no fue muy sencillo llegar hasta este punto. En Lahore intentamos coger una guagua que se supone que nos iba a traer a la frontera. Nos dirigimos al efecto a una estación de autobuses: una gran explanada, en la que se apilan decenas de vehículos de transporte de todos los tamaños y pelajes, en medio de un follón de gente de mucho cuidado. Las guaguas no llevan escrito el destino, y las que sí, están en urdu, con lo cual no nos enteramos de nada. Coger un vehículo de largo recorrido es relativamente fácil, porque salen de lugares muy localizados, que son bien conocidos de la gente, y hay taquillas en las que te aclaras bien. Pero los pequeños recorridos son más complejos. Las guaguas van abarrotadas, el cobrador vocea los destinos, y el número de éstos es muy variado.
Como podemos, preguntamos que cuál es el bus que nos puede llevar a Wagah, en la frontera con la India. Al final, nos subimos a uno, y tras más de media hora de trayecto, nos damos cuenta de que, como era de esperar, vamos justo en dirección contraria. Inmediatamente los viajeros que nos rodean y que se han dado cuenta de la situación, ponen todo su interés en echarnos una mano, a pesar de la enorme dificultad de entendernos. Hablo de los viajeros, ya que las viajeras son pocas, y, en estas guaguas, van separadas en un compartimento situado en la parte delantera. Tras muchos esfuerzos conseguimos explicarnos y la gente hace lo propio con el cobrador. Éste nos hace pues bajar, nos deja una nota escrita en el billete para que no nos cobre nada la siguiente guagua, y nos deja junto a una parada en que cogemos el vehículo que desde allí nos deja más cerca de la frontera. Así lo hacemos y terminamos el accidentado recorrido en el motocarro que nos devolvería al hotel al final de la tarde.
Una vez más la hospitalidad y la solidaridad de este pueblo que hace lo posible por echarte una mano, y que te permite sentirte relajado en vez de agobiado, y gozar de estas aventurillas que son parte de la sal de todo viaje.
Por la mañana, hacemos una visita detallada al Fuerte, varias veces destruido y reconstruido. Pertenece también a la época moghul, como gran parte de esta antigua ciudad, y como otros monumentos notables de la zona, como el Taj Mahal en la India. El conjunto es una sucesión de palacios, estancias y jardines, donde residían los emperadores.
Es un grato recorrido por un monumento al que el paso del tiempo y la falta de conservación ha convertido en un reflejo se lo que realmente debió de ser. No obstante, vale la pena pasear por él y rememorar, mientras al fondo se escucha el ruido de la gran ciudad, lo que debió de ser la vida de la realeza en tiempos pasados. Me gusta especialmente el Diwan-i-Aam o corte de la Audiencia Pública. Es un precioso balcón que da a una galería cubierta donde el emperador realizaba sus audiencias públicas, recibía a los visitantes oficiales y presidía las paradas militares. Arcos apuntados, arquerías que son filigranas, y espacio fresco abierto a un gran jardín que me proporciona refugio, aunque sólo sea por un rato, del sol que cae a plomo.
Por la tarde, nos asomamos a la zona más nueva, moderna y comercial en sentido actual de la ciudad: el Mall y Gulberg Boulevard. Nos pegamos un palizón a andar de tomo y lomo, ya que aquí, el abigarramiento de la ciudad vieja es sustituido por avenidas amplias, espacios abiertos, y alternancia de zonas residenciales, de oficinas y comerciales. Deambulamos por alguno de los centros comerciales, al estilo en principio de los nuestros, pero que conservan las particularidades gremiales en cuanto a la distribución. Cada sector, teléfonos móviles, ropa, joyería, calzados, tiene juntos todos los comercios que venden ese producto.
Terminamos el día cenando en un buen restaurante local, con una deliciosa y bien especiada comida. No en vano, la gastronomía es uno de los grandes atractivos de esta urbe.
Llega la hora del regreso. Volvemos a Islamabad en tren, en un compartimento de la clase superior. No hay que abandonar este país sin hacer un recorrido sobre algunos de los doce mil setecientos kilómetros de vía férrea que tiene y que cubren bien gran parte del mismo.
De nuevo, agradable sorpresa. Vagón climatizado, picnic para comer, prensa y refrescos. El paisaje desfila a modo de despedida. Contemplo ya con un poquito de nostalgia, los pueblos que se suceden a menudo detrás de la ventanilla, en muchos de los cuales, junto a las casas, hay grandes charcos o lagunitas donde retozan a sus anchas los corpulentos y fuertes búfalos.
Llegamos a la vieja y monumental estación de tren de Rawalpindi, con fachada similar a la de un fuerte de la época británica, y en taxi de nuevo a nuestro hotel-base. Tarde de recogida y últimos paseos. Rica cena, unos buenos helados en un local de la zona pija de Islamabad, que por cierto es el único lugar donde chicas y chicos jóvenes, vestidos a la occidental pasan el rato juntos, y fin del viaje.
La vuelta es similar a la ida. Vuelo de British Airways con cambio de avión en Londres. Sobrevolamos en seguida las impresionantes montañas peladas del Pamir, ya en Afganistán, y sus valles profundos.
En Londres, esta vez el enlace es inmediato, y nos permite volver a disfrutar, fugazmente, de la campiña inglesa en un día tranquilo y con unas pocas gotas de lluvia, antes del reencuentro con el sol y el viento de Fuerteventura, con la satisfacción de tener dentro de mí algo de un pueblo hospitalario y de un paisaje que invita a volver.
Vota |