Vota |
Pakistán es un país y un conglomerado de pueblos que se encuentra ciertamente en el ojo del huracán de la situación conflictiva que hoy vivimos: enfrentamiento con la India por Cachemira, vínculos religiosos y tribales con el fundamentalismo islámico que tiene gran presencia en la vecina Afganistán, en Asia Central y en el mismo Pakistán, dictadura del general Musharraf, contradicciones inmensas dentro del mismo país; por un lado, aliado de los Estados Unidos y beligerante en contra de Al Qaeda, y por otro cuna de militantes de estas organizaciones en las madrasas o escuelas coránicas que se extienden por todo el país. La estructura tribal es en muchas ocasiones más fuerte que el Estado, y solucionar los conflictos entre los diversos grupos utilizando la violencia es moneda corriente.
El objetivo más importante de este viaje es alcanzar el campo base del K2, la segunda montaña más alta del planeta. Eso supone una caminata de 15 días, ida y vuelta, en una región muy concurrida de montañeros, pero muy remota en cuanto a opciones de servicios. Necesariamente hay que llevar guía, cocinero, porteadores y todo el material necesario para acampar y cocinar. Y eso sólo se puede hacer contratando una agencia especializada. Puedes escoger una agencia española, que te organiza el viaje desde casa, o una local.
Nosotros hemos escogido la segunda opción por varias razones. Te sale más barato, ya que la agencia española al final lo que hace es conectar con una local, con lo que eliminas ese intermediario, te ahorras la comisión. Además, de esta forma llevamos organizado lo más estrictamente indispensable, montándonos el resto a nuestro aire.
Por otra parte, no ha sido difícil: buscando en guías de viaje especializadas y en Internet, nos pusimos en contacto con una de ellas, con la que hemos contratado la parte de pateo de este viaje y los traslados al punto de partida y final. Puede haber motivo de cierta desconfianza contratando a distancia, pero las fuentes de información son buenas y sólo hemos tenido que adelantar una mínima cantidad de cien dólares para la reserva de un vuelo interno y el permiso de trekking.
En torno a las nueve de la noche despega de Fuerteventura el avión que nos lleva a Londres para desde allí dar el salto a Pakistán.
Escribo estas líneas en el avión, un poco antes de aterrizar en Londres sobre la una de la madrugada. El vuelo a Islamabad no sale hasta mañana a las cinco de la tarde, por lo que nos disponemos a pasar una estupenda noche en algún rincón del aeropuerto de Gatwick. Así que, extendemos el aislante en el suelo y hasta mañana!
Al día siguiente desayunamos en un McDonald's, y a primera hora nos subimos a la guagua que nos ha de llevar desde Gatwick al aeropuerto de Heathrow al módico precio de 15 libras por persona, o sea, algo más de 20 euros.
El recorrido dura una hora, y nos permite acercarnos, siquiera fugazmente, al paisaje de Inglaterra. Hace un día apacible y soleado y desde la ventanilla nos deleitamos con la campiña: suaves colinas y terreno ondulado marcado por bosquetes entre los que destacan las tierras no arboladas: prados verdes donde pacen las vacas y parcelas ya amarillas donde están recogidas las espigas del cereal recién segado. Entre los árboles acierto a distinguir pinos silvestres, robles y algunos bosques de preciosos abedules. El cielo azul blanquecino deja pasar un sol algo melancólico, que refuerza la sensación de sosiego que este entorno transmite.
Y en seguida a hacer tiempo en el aeropuerto y a esperar a que salga nuestro vuelo. A primera hora de la tarde, mi compañero majorero Antonio y yo, nos encontramos en el aeropuerto con el viejo amigo Alfredo que viene desde Madrid. Juntos tomamos el vuelo nocturno de siete horas y media, con British Airways, a Islamabad. Mientras volamos sobre Rusia, al sur de Moscú, y más en concreto a la altura de Tula, es hora de intentar dormir un poco.
Duermo poco y siento cierta excitación: una pequeña pantalla va reflejando el recorrido que hacemos: el mar de Aral, Taskhent, Bujara, Samarkanda... Son nombres de leyenda y apetecería decirle al avión que bajara un momento y nos concediera unos días al menos en esos lugares de Asia central, llenos de historia y de evocaciones de un pasado fantástico y con un presente conflictivo y difícil: son los nuevos países desgajados de la antigua Unión Soviética.
A las cinco y cuarto de la mañana llegamos a Islamabad. Tenemos que esperar más de una hora en el control de pasaportes, pero es normal. Recogemos las mochilas, que afortunadamente no se han perdido, y nos reciben en el aeropuerto para ir al hotel.
Nos instalamos en el hotel. Islamabad es una pequeña ciudad de menos de 400.000 habitantes, que no responde para nada a la idea preconcebida que uno puede tener de lo que se puede encontrar por estos parajes. En realidad, la capital de este país es un invento relativamente reciente, de los años sesenta, y fue diseñada expresamente para eso, en la línea de otras experiencias semejantes como Brasilia. Trazado rectilíneo, grandes manzanas o cuadras residenciales alrededor cada una de ellas de un mercado o centro comercial donde se concentran todas las tiendas, edificios de a lo sumo dos alturas, excepto en la zona reservada a los hoteles de lujo y los edificios más importantes de la Administración, como el parlamento o la residencia del Presidente, grandes avenidas y muchas zonas verdes.
Me llama especialmente la atención este último aspecto: por todas partes árboles, parques y jardines, hasta el punto de que a veces no sabes si estás en una ciudad o en el campo, porque en muchos casos, los edificios no comienzan al lado de la calle, sino bastantes metros más atrás, con lo que no los ves. Esta dispersión supone que, aunque no haya muchos habitantes, las distancias se hacen muy largas, con lo cual Islamabad no es una ciudad para callejear, sino para desplazarse en vehículo.
Una vez instalados en el hotel, por cierto bastante confortable, nos disponemos a hacer una primera gestión con el fin de inscribirnos como transeúntes en la embajada de España. No parece que vaya a haber ningún problema, pero estamos en una zona muy inestable, y caso de que hubiera algún contratiempo, siempre es bueno que tengamos esa referencia. Lo que parece una gestión sencilla, se convierte pronto en algo más complicado de lo previsto. La ciudad está totalmente tomada por las fuerzas de seguridad, hay soldados y policías por todas partes, en algunas avenidas cada cien metros, y la obsesión por la seguridad es enorme, lo cual es un claro síntoma de la mar de fondo que hay. Si entras a cualquier edificio oficial u hotel importante, el control es exhaustivo, incluyendo la revisión de los bajos del vehículo, y bloques de hormigón en la puerta para evitar los atentados con coches bomba.
Teniendo en cuenta este decorado de fondo, la embajada se encuentra en el llamado enclave diplomático, junto a la mayoría de ellas, y entrar a ese enclave es bastante complicado. No puedes ir en taxi y no hay guaguas. Es un lugar cerrado, rodeado de barreras y policías. Hay que entrar en una pequeña guagua especial, siendo antes cacheado y teniendo que dejar fuera los bolsos en una especie de consigna al efecto. Tras esto, conseguimos llegar y realizo la dichosa inscripción, no sin antes esperar un buen rato a que aparezca el funcionario de turno, que no obstante, nos trata amablemente.
Hay veces en que uno se encuentra en determinadas regiones o zonas y se siente, sobre todo si eres extranjero, en territorio comanche, con una sensación indefinible pero muy real de que hay que estar alerta. Escribo esto al quinto día de nuestra estancia y nada de esto se siente aquí. Tanto de día como de noche se puede uno encontrar tranquilo y la inmensa mayoría de los gestos y actitudes de los paquistaníes con que nos encontramos son amables y amistosos hacia nosotros.
Recuperamos nuestros trastos y cambiamos unos euros, no muchos, a rupias, que es la moneda local. El cambio es muy favorable en el sentido de que nos va a permitir que salga todo muy barato. Y después, intentamos volver a pie a nuestro hotel. Como es natural, calculamos mal la distancia, nos perdemos, y volvemos a la conocida situación de dar vueltas y más vueltas, al mediodía, bajo un sol achicharrante y empeñados en no optar por la solución más sencilla en estos casos que es coger un taxi y decirle a dónde queremos ir. Por supuesto preguntamos a los amables viandantes que nos encontramos, y éstos nos indican cómo se va a dónde han entendido que vamos, que desde luego es un sitio al que no vamos. Hay que tener en cuenta que la mayoría del personal habla urdu y que saben todavía menos inglés que nosotros.
Tras un buen rato damos con el hotel, y no satisfechos con la anterior experiencia, la volvemos a repetir a la hora de buscar un restaurante para comer que venía señalado en una de nuestras guías. Al final, tampoco comemos en el que buscamos, pero al menos es bueno y tiene aire acondicionado, lo cual es de agradecer. Durante los tres días que permanecemos en Islamabad, la meteorología ha sido similar: cielo despejado, sin viento, humedad pero no excesiva y calor, entre 23 y 36 grados.
Aprovechamos la tarde para visitar la mezquita de Shah Faisal, el edificio quizá más destacable y representativo de esta ciudad, que se encuentra en las afueras. Al fin nos decidimos por lo más sensato, que es tomar un taxi. Existe transporte urbano de guaguas y de minivan más pequeñas, pero son más complicadas de utilizar a la hora de averiguar sus recorridos y destinos.
Los taxis son casi todos pequeños Suzukis y además extremadamente baratos. Un recorrido normal sale por unos cuarenta céntimos de euro, y uno más largo en ningún caso llega al euro.
La gran mezquita es un edificio interesante, muy grande (parece que es la mayor de Asia) y algo pretenciosa. De construcción moderna con un edificio central rodeado de cuatro altos minaretes y un complejo de edificios adosado. Sobre fondo de colinas y rodeado de una gran explanada.
Primera experiencia con este pueblo muy gratificante. El templo y sus alrededores está lleno de gente y nos permiten entrar. Somos los únicos occidentales, pero nos reciben con curiosidad y cordialidad. Muchas personas nos saludan muy amablemente, otras nos desean la bienvenida a este país y otras incluso nos piden que nos hagamos juntos una foto.
Pasamos la tarde en la mezquita. Hay que tener en cuenta que, al contrario de lo que ocurre en las iglesias cristianas, muchos templos musulmanes, al igual que los hinduistas, no son sólo lugares de oración y celebración, sino sitios de encuentro, donde la gente y las familias se reúnen, se sientan al fresco y charlan de sus cosas.
Esa noche cenamos con el amigo de la agencia del pateo en un restaurante de la zona acomodada de la ciudad. Terminamos este primer día con muchas ganas de dormir, sobre todo tras dos noches (aeropuerto y vuelo) casi en blanco.
Hoy cambiamos de decoración completamente, e iremos a visitar la vecina ciudad de Rawalpindi. Se encuentra sólo a unos quince kilómetros de Islamabad, ya en la provincia del Punjab, y es el asentamiento que ya existía antes de la construcción de la nueva capital que sustituyó a Karachi en esas funciones.
No es excesivamente grande, ya que no sobrepasa el millón de habitantes, pero responde mucho más al modelo de población de este país. Podríamos decir que, si Islamabad es la burocracia y la presencia patente del estilo de vida occidental, Rawalpindi (o Pindi para abreviar) es el bazar.
Hay industrias en los alrededores, pero Pindi vive para y por el comercio. Los jardines han desaparecido, las calles son más estrechas y abigarradas, abundan las callejuelas, las casas de no más de dos pisos muestran en general un aspecto destartalado provocado por la ausencia de mantenimiento. Muchas de esas calles son el bazar. La parte baja de las casas es el negocio abierto a la calle, uno lindando con el otro, sin espacios de fachada o portales a nuestro estilo- Normalmente el negocio es familiar y la casa en la que se sitúa es la familiar. La disposición de los puestos en estos bazares es, al igual que en los zocos, por gremios. En una calle están los zapateros, más allá los sastres, detrás los carniceros y así podemos seguir enumerando múltiples oficios que aquí todavía se desarrollan artesanalmente: joyeros, ceramistas, fruteros, trabajadores del cuero, vendedores de especias, electrodomésticos, utensilios de cocina, tapiceros, carpinteros...
En cuanto al ambiente urbano y el tráfico, son impactantes. Todo tipo de vehículos ocupan las calles: viejos turismos, taxis destartalados, camiones, guaguas, bicicletas, motocarros, rickshaws (motocarros-taxi), carros tirados por caballos, carros y carritos arrastrados por personas, motos y cualquier cosa que se pueda mover por una calle. Naturalmente, todos pretenden pasar a la vez por el mismo sitio, y los pollos que se montan, sobre todo en los cruces, son de órdago. Por supuesto, como en todas partes, hay normas no escritas que permiten que no se produzca el colapso definitivo, pero no tienen nada que ver con las nuestras. Normalmente, el primero que llega ocupa el mínimo espacio disponible y es el que avanza un poco más, y se anuncia tocando la pita continuamente y pegando un acelerón detrás de otro. Ni que decir tiene que el resultado es un estruendo continuo en la calle y una gran contaminación por humos, por los acelerones y por la vetustez de los vehículos.
Como se puede uno imaginar, cruzar la calle es una aventura que exige más atención que escalar el K2, pero con un poco de práctica, llega a resultar divertido en el caso de que llegues a contarlo. Contra lo que pudiera parecer, no se puede cruzar a toda leche para así intentar evitar que te atropellen. No eres tú el que tiene que esquivar a los artefactos que comparten la calle contigo, sino que son ellos los que lo harán tras un cálculo instantáneo que afortunadamente da resultado. Así que, receta para cruzar una calle en cualquier ciudad de esta superpoblada Asia: poner el pie en la calzada, superar la aprensión, no dudar nunca, porque podría ser fatal, y mantener constante la dirección y el paso, que ha de ser lento y cadencioso. Eso permite a los artefactos y a sus conductores hacer el cálculo a distancia y decidir por dónde te van a esquivar. Aunque parezca que no, da resultado.
Dedicamos el resto del día a la inmersión en este gran bazar, y a la caída de la tarde regresamos a nuestro provisional hogar en una tranquila zona de Islamabad. Nuestro anfitrión nos lleva de nuevo a la zona pija de la ciudad, a cenar a un restaurante afgano que por supuesto se llama Kabul y está especializado en asaderos o barbacoas.
Hoy toca una visita a un bazar cercano. Al final del día Malik se empeña en sacarnos a cenar, esta vez sí al Marriott. Como todos los hoteles de lujo del mundo, con un toque oriental por la indumentaria del personal, parcialmente de estilo Paquistaní, la decoración y la comida. Por lo demás, elegancia, buenos modales, gestos calculados y a la vez espontáneos....
Y hablando de calle, no he dicho nada todavía del paisaje humano que en ellas se encuentra. Creo que es mejor describir el paisaje de Rawalpindi y de los otros pueblos que hemos visto, porque Islamabad es como un Pakistán aparte. Lo primero que llama la atención es que prácticamente no se ven mujeres. He visitado unos cuantos países más de confesión musulmana, pero en ninguno este fenómeno ha llegado al extremo de aquí. Las pocas mujeres que ves de vez en cuando, van vestidas siempre de largo y siempre con la cabeza cubierta. Algunas, pocas, llevan el gurka, ese traje que sólo deja una rejilla para ver. Otras, más abundantes, llevan la cara tapada, normalmente con velo y embozo negro, dejando al descubierto solamente los ojos. El resto, quizá una leve mayoría, sí lleva la cara descubierta, con trajes en general de colores oscuros y discretos. Las únicas mujeres vestidas con telas parecidas a los saris indios, con vivos colores, sin velo, y que resaltan enormemente su belleza, las he encontrado naturalmente en el Marriott, entre la clase dirigente, que siempre está más liberada de prejuicios, y que puede vivir sin ellos incluso en las sociedades más cerradas.
Lo segundo que me llama también la atención es la uniformidad en el vestido de los hombres. Muy pocos visten a la manera occidental, en su totalidad en las grandes ciudades. El traje universal es un pantalón ancho y una especie de camisa-túnica que está abierta sólo en la parte de arriba, normalmente con cuello y que llega más o menos hasta la rodilla, con dos aberturas a ambos lados que suben aproximadamente hasta la cintura. Y normalmente, sandalias de cuero. El color predominante es el blanco o el crema, aunque se ven también de otros. Por último, hay una gran variedad de tocados que me parece que tiene mucho que ver en ocasiones con el grupo étnico al que pertenecen y en otras con la edad. En cuanto al rostro, una gran mayoría llevan bigote, y muchos barba. Pelo negro, y algunos pelirrojos.
Hoy nos ponemos en marcha por carretera, iniciando un periplo que nos llevará al comienzo de nuestra caminata hasta el campo base del K2. Ya estamos pues en manos de la agencia que contratamos para estos servicios y que incluye todo lo necesario para llevar a buen fin esa empresa: transporte, alojamiento, guía, cocineros y porteadores. Si no es con esa infraestructura sería imposible llevarla a cabo. Hay que tener en cuenta que son doce días de caminata, 144 kilómetros de recorrido, y 2.300 metros de desnivel desde el punto más bajo al más alto. Dificultad añadida es que todo el pateo se desarrolla en altura y en alta montaña, con los problemas de aclimatación y salud que eso puede levar. El punto de partida está situado a 3.000 metros sobre el nivel del mar y el más alto del recorrido a 5.135 metros.
Salimos de Islamabad, y poco a poco nos vamos introduciendo en un mundo de montaña que no nos va a abandonar en muchos días. En total somos un grupo de diez clientes: tres españoles, tres británicos, dos alemanes, un eslovaco y un ruso. Todos ellos viajan solos de forma independiente, y sus edades son de lo más variopinto, desde poco más de veinte años hasta algo más de sesenta. Curiosamente, tampoco ninguna mujer ha contratado esta caminata en nuestra salida. Supongo que lo que hemos comentado antes influye en esta circunstancia.
La primera parte del viaje, hacia el norte siempre, discurre por zonas de montañas no muy elevadas, con el verde como color preponderante. Se alternan zonas de bosque con otras de prados dedicados al ganado, sobre todo vacuno, o campos de cultivo, en los que abunda el millo y algún cereal, preferentemente trigo.
Al principio el tráfico es intenso y abundan las poblaciones. Pero a medida que vamos subiendo, las montañas se van empinando, y el paisaje se vuelve más agreste. Desde poco después de salir, estamos circulando por una carretera mítica: es la Karakoram Highway (KKH) que atraviesa el final de la cordillera del Himalaya y la del Karakoram hasta llegar a la ciudad de Kashgar en la provincia china de Xingiang, a través del Kunjerab Pass, un collado situado a 4.730 metros de altitud, y que se encuentra en la frontera chino pakistaní. En territorio de Pakistán son ochocientos kilómetros, más sencillos al principio y que siguen después los cursos de los ríos Indo primero y Hunza después.
Recorrido tranquilo y, a mitad del viaje, nos encontramos de pronto con el río Indo. Accedemos a él desde la parte alta del monte, teniendo una visión fantástica del mismo. Discurre encajonado entre montañas que aquí ya se mueven entre los tres y cuatro mil metros y que caen impresionantes y verticales sobre el pequeño valle del río, que discurre majestuoso por el fondo. Su color, como casi todos los de esta tierra, es difícil de definir. Es una mezcla entre verde muy tenue y gris ceniza. En este momento estamos al final del verano y por tanto fluye con un caudal más bajo, dejando ver en sus riberas multitud de playas de tierra muy fina y color ceniza claro.
Todas estas aguas bajan turbias, turbulentas, arrastrando sedimentos y piedras en su recorrido. La verdad es que el Indo fascina, pero al mismo tiempo impone, impresiona, y al menos a mí me produce una sensación de miedo, de naturaleza salvaje que no va siendo fácil encontrar en nuestro mundo desarrollado y transformado. El río transcurre a nuestro lado, a veces manso, en amplias ensenadas, a veces, cuando las montañas se aprietan, ruge furioso formando rápidos, remolinos y con un sonido que se sobrepone al del motor del coche y sobrecoge.
Digo que transcurre a nuestro lado, pero no siempre. La carretera, de pronto, se empina buscando como hacer un hueco en la montaña que cae a plomo sobre el río. Lo encuentra discurriendo a veces en la pura roca, estrecha, sin barreras ni quitamiedos, con el río varios cientos de metros más abajo, al que a veces es preferible no mirar para que no se te pongan los pelos como escarpias.
La KKH es una carretera desde luego no apta para miedosos. No siempre caben dos vehículos, sobre todo teniendo en cuenta que circulan muchos camiones, y al cruzarse, el que va por el lado del abismo se acerca a unos pocos centímetros del fin y hace que uno ruegue porque no ceda. En teoría, la KKH está asfaltada, pero los numerosos desprendimientos y corrimientos de tierra hacen que a veces esté muy deteriorada, lo que la hace todavía más peligrosa. Y hay que tener en cuenta que estamos en época seca. No quiero ni pensar lo que debe de ser circular por estas carreteras en tiempo de lluvia o de nieve.
Antes de acabar la jornada se hace de noche, y ya entrada la misma llegamos a Chilas, una ciudad con un buen hotel y magníficas vistas al río, donde hacemos noche antes de continuar nuestro camino.
Nos despertamos tempranito y nos apostamos a continuar nuestro camino hasta Skardú. Otro día completo de carretera por paisaje encajonado entre montañas y cada vez más majestuoso y espectacular. Atrás hemos dejado la provincia de Punjab, y hemos atravesado parte de la provincia Fronteriza del Noroeste. Nos encontramos ya en el territorio denominado Áreas del Norte, que junto con el de Azad Jammu y Cachemira no son provincias, son territorios con menor autonomía y con gran control del gobierno central. Estamos en Cachemira, la región disputada con la India, con una superficie aproximada de 83.000 km2.
Nada más salir de Chilas, hacemos una muy breve parada junto a la carretera para contemplar unas antiguas pinturas y grabados en la roca: estupas, budas y otros tipos de simbología, nos recuerdan pasados tiempos de presencia del budismo.
La carretera continúa ahora hacia el este, siguiendo el curso del Indo, que ya aquí se convierte en la frontera entre las dos grandes cordilleras que determinan la orografía de la parte oriental de estas Áreas del Norte: hacia el este, a nuestra derecha, surgen las últimas y fastuosas estribaciones del Himalaya y a nuestra izquierda, es decir, hacia el norte y el oeste, el Karakoram. El tiempo sigue espléndido, y nos va a permitir disfrutar de la visión de dos platos fuertes en el día de hoy; de dos montañas que son un mito entre escaladores y amantes de la naturaleza sin más: el Rakaposhi (7.788m) y el Nanga Parbat (8.125m). En seguida, un encuentro majestuoso: el Indo vuelve a girar hacia el este, para buscar el nacimiento en el Tibet, más allá de las dos grandes cordilleras que atraviesa. Por el norte se le une el río Hunza, que da nombre a su valle, quizá y por las referencias que tengo, uno de los más bellos del mundo y un oasis de fertilidad en medio de estos gigantes de piedra. Por ahí sigue la KKH camino de China y que en esta ocasión abandonaremos para seguir acompañando al Indo.
El monte Rakaposhi se yergue hacia el norte, sobre el valle del Hunza. El Nanga Parbat es la punta de lanza del Himalaya, que no puede terminar con mayor esplendor. Casi lo podemos tocar junto a la carretera. En una zona en que el Indo se ensancha y se abre a un pequeño valle en que la luminosidad se hace más intensa y los colores naturales se acentúan: el gris del río, el azul del cielo, el oscuro de los montes, al fondo se nos muestra la cordillera del Rakaposhi y la montaña que le da nombre. Singularidad de esta montaña: tiene la mayor caída o desnivel continuo del planeta, desde lo alto hasta el valle de Hunza: más de seis mil metros. En seguida nos despedimos de ese valle y esa montaña.
Por su parte, el Nanga Parbat es muy distinto. Se nos ha asomado un poquito de vez en cuando. Pero nada más abandonar la carretera KKH, tenemos un panorama perfecto: es una gran montaña de la que destacan como dos grandes cimas amesetadas, una de las cuales es la principal, separadas por un collado no muy pronunciado visto desde aquí. Emociona un poco ver tan de cerca y tan bello este monte.
La carretera sigue encajonada en un cañón sin fin cruzando de vez en cuando de un lado a otro del río. Las montañas van tomando un color más oscuro. Karakoram, en turco, significa piedra negra. En esta zona, la mayoría de los puentes son colgantes. Es decir, una serie de cables de acero, que se agarran a estructuras de hormigón situadas en las orillas que sujetan el piso formado por tablas de madera de aspecto bastante frágil, y que se balancea cuando pasas con el vehículo. Solamente puede circular uno por el puente, de manera que cada coche, camión o guagua debe de esperar a que termine de cruzar el que le precede. Es curioso y bastante impresionante atravesar estos livianos puentes con el río normalmente rugiendo entre remolinos a nuestros pies, mejor dicho, a nuestras ruedas.
El tráfico de todas maneras no es muy intenso. Cuando paramos a comer, tenemos oportunidad de ver de cerca y de introducirnos en la cabina de uno de los múltiples camiones que circulan por las carreteras de este país. No suelen llevar remolque, ya que con él no podrían circular por estos caminos estrechos y sinuosos. Pero los camiones en Pakistán no son como en todas partes: por el contrario, ponen una nota de color y de creatividad, absolutamente kistch por otra parte. En origen el camión es normal, pero su propietario precede a vestirlo. Primero envuelve la cabina en otra cabina superpuesta de madera, pintada y decorada con múltiples motivos, normalmente florales y geométricos, abriéndose esta sobrecabina hacia delante, por encima de los cristales como si fuera una inmensa visera. Lo mismo hacen con la parte delantera de la cabina en la zona del radiador. Por todas partes cuelgan cadenitas, campanillas, flores de plástico. Y dentro de la cabina es lo mismo: tienen un ambiente irreal. Forrada de tela como de terciopelo, con corazones, fotos de artistas, flores, creando un recinto extraño al tiempo que acogedor. Algunas guaguas van decoradas de la misma manera.
A primera hora de la tarde llegamos a los alrededores de Sakardú, la capital de Área del Norte y de la región de Baltistan en que nos vamos a mover a partir de ahora. Tras horas de desfiladeros y valles angostos, de súbito las montañas parecen apartarse a ambos lados para dar paso a un valle amplio que tiene casi cuarenta kilómetros de largo y diez de ancho, y un aspecto algo irreal, alfombrado por dunas de arena grisácea. Estamos a 2.290 metros sobre el nivel del mar, y sin embargo el aspecto del valle, de su centro, es desértico. Es verdad que en los márgenes y laderas hay vegetación y algunos bosques, pero no llueve mucho ni en éste ni en otros valles de la zona. Tenemos al sur el Himalaya y al norte el Karakoram. Las lluvias en esta zona se producen fundamentalmente por los monzones que entran en la península indostánica desde el sur. Antes de llegar aquí se encuentran con la formidable barrera del Himalaya que las corta el paso. En lo alto de las montañas se agarran las nubes y llueve y nieva, pero llegan con mucha dificultad al fondo de los valles.
En seguida nos desviamos algunos kilómetros para llegar a Kachura, entre bosques y algún lago, donde pasaremos dos noches en el camping que aquí tiene situado, con buenas instalaciones, la agencia con la que hemos contratado. Vistas sobre el valle y las montañas que se cierran verticales e imponentes ya cerca de nosotros, y vistas sobre un lago rodeado de casas de aspecto chino que son un hotel. Bueno, un horror y horterada de hotel.
Arreglamos antes de dormir los últimos asuntos que quedan pendientes con Malik, como completar el equipo de alta montaña que llevamos alguno de nosotros y que no pasa el examen al que es sometido. Aquí no es barato alquilar equipo de montaña. De todas maneras es una tranquilidad e incluso puede ser una buena alternativa si uno no quiere hacer una gran inversión en ropa en el caso de que no frecuente habitualmente sitios de mucho frío. Nuestra primera idea es que Malik nos está asustando un poco con el frío, para hacer negocio, pero más adelante comprobaremos que, sobre todo cuando estábamos en lo más alto, le dimos buen uso al material.
Nos disponemos al final a pasar la noche en la caseta que será nuestra casa en los próximos días. Es alta, amplia y cómoda, ya que entre la tienda de campaña y los avances cabemos muy bien nosotros y nuestros equipajes. Mañana nos quedaremos aquí, para las últimas compras e ir acostumbrándonos a la altura.
Este día lo dedicamos a dar una vuelta en Skardú. Es la capital del Baltistan, zona conocida como Pequeño Tibet, donde en algunos lugares todavía se habla el tibetano clásico, y que permaneció budista hasta el año 1500. Esta región no termina aquí, y los baltís también viven en la Cachemira india, al otro lado de la línea de control, en la actual región de Ladakh. Los baltís, pequeños de estatura, son una mezcla entre tibetanos y mongoles, y habitan sobre todo en las zonas rurales de la región.
Skardú es también el punto de partida de todas las expediciones de escalada y trekking que se desarrollan en este extremo nororiental del país. Dispone de todos los servicios y del único aeropuerto de la zona.
Así pues, estamos en el corazón del Karakoram. A título de ejemplo, aquí encontramos más de 160 cimas que superan los siete mil metros de altura, cinco de las cuales superan los ocho mil metros, y por los valles, en las profundidades de las cordilleras, discurre asimismo una importante red fluvial, como el Chitral, el Hunza o el Shiok, confluyendo todos en el río Indo.
En este escenario se va a desarrollar nuestra caminata, en su mayor parte en terreno protegido comprendido en el Parque Nacional del Karakoram Central, que comprende los glaciares Baltoro, Biafo, Hispar y sus tributarios, y la joya de la corona, el K2.
Skardú es un pueblo junto al Indo, pero no en sus orillas, ya que se distribuye a ambos lados de una avenida principal que lo recorre en toda su longitud y en la que se encuentran los bazares y servicios necesarios, excepto por cierto el acceso a Internet. Es posible conectarse en las ciudades de cierta importancia sin mayores problemas y a precio muy asequible, unos 20 céntimos de euro la hora, pero aquí todavía no ha llegado el invento. En este pueblo se puede encontrar todo tipo de material de montaña, normalmente de segunda mano.
Como nuestros móviles no tienen cobertura en esta ciudad, aprovechamos para hacer alguna llamada a casa desde un locutorio. Por todas partes los hay, y las llamadas internacionales resultan también muy baratas.
Después de comer damos una vuelta más por el pueblo, en el que destacamos un amplio campo para jugar al polo, parte de la herencia británica en este país junto con el críquet, un pequeño fuerte en la roca, del siglo XVII y una pequeña mezquita con cúpula y minaretes de colores. A media tarde regresamos al camping, ya con ganas de iniciar la aventura.
Muy tempranito nos levantamos y nos dirigimos al motel K2. Allí nos despedimos del jefe de la agencia, Malik, y nos encontramos con las personas que van a hacer posible el recorrido. El guía Musa, al que ya conocimos en Islamabad, es a partir de ahora el responsable de la expedición y la persona que tiene la capacidad de decisión, tanto sobre los viajeros como sobre los trabajadores. Como todos los que ejercen este oficio está acreditado como guía oficial por el gobierno de Pakistán, lo cual garantiza la preparación suficiente para llevar a buen puerto la tarea. Saludamos a los cocineros, que son tres. El principal, que a su vez es el segundo de a abordo, y otros dos ayudantes. Después saludamos y nos encontramos también con los 26 porteadores. Tono amable y cordial.
En seguida nos distribuimos en los Toyotas. Los diez extranjeros, nos acoplamos mal que bien, más mal que bien, en los dos primeros. Otros dos llevarán respectivamente el equipaje y a todo el personal, que cabe en un solo Toyota gracias a que, en vez de ir sentados como nosotros, van todos de pie en la caja de la camioneta. Muchos de los porteadores nos acompañarán hasta el final, pero algunos de ellos regresarán escalonadamente a medida que se vayan consumiendo las provisiones.
Nos ponemos en marcha, ya que nos esperan 100 km hasta el comienzo del trekking en el pueblo de Askoli, los primeros veinte más o menos todavía asfaltados, y el resto por pista de tierra. Unas cinco o seis horas de traqueteo.
Al salir de Skardú, abandonamos a nuestro ya viejo compañero, el Indo, lo cruzamos por uno de los puentes más largos que nos encontraremos, y giramos hacia el norte, buscando el cauce del río Shigar, que seguiremos. Antes de encontrarlo, atravesamos una amplia y reseca meseta, con aspecto desolado y deshabitado. La primera parte del valle del río Shigar, está formada también por una amplia meseta, de unos cuatro o cinco kilómetros de ancho. El río discurre a nuestra izquierda, pero no lo vemos porque la meseta está más alta. Cada pocos kilómetros pasamos por poblados con modestas casas de adobe, entre las que, de vez en cuando, llama la atención la presencia de chalés que podríamos decir, para entendernos, que son como los nuestros, supongo que de la gente importante de la zona, que en todas partes existe.
Con mucha frecuencia nos cruzamos en la pista con niños de todas las edades que van y vienen de las escuelas, que abundan a lo largo de la carretera. En zonas remotas y pobres como ésta siempre es estimulante y esperanzador ver como los niños, además de otros quehaceres como cuidar el ganado, acuden a esos motores del desarrollo y de la cultura que son las escuelas. Los chicos llevan un uniforme sencillo de camisa azul y pantalón oscuro. El de las niñas me llama la atención. Todas, hasta las más pequeñas, van vestidas con una túnica azul celeste y un velo blanco que les cubre la cabeza, y cae por los hombros y la espalda..
La imagen es bastante bucólica, pero por primera vez desde que estamos aquí veo en este recorrido algo que es muy frecuente en muchos países en vías de desarrollo y que me produce malestar y disgusto. Por esta pista pasan bastantes extranjeros, todos los montañeros que se dirigen al corazón del Karakoram. Los críos lo saben, y a nuestro paso nos saludan practicando, sin saberlo siquiera, algo tan penoso como la mendicidad. Esto quiere decir que algunos idiotas que viajan se quedan tan contentos dándoles chucherías y algunas monedas a los chavales, pensando seguramente en lo buenos que son y en como ayudan a estos pobres niñitos. Con estas actitudes se falsea la posible relación más enriquecedora que puede darse en los viajes entre personas diferentes, y se favorece que nos vean a los viajeros como una especie de cajeros automáticos ambulantes que hay que exprimir todo lo posible. Si uno quiere echar una mano a gente que vive en peores condiciones que nosotros, siempre se puede colaborar con organizaciones, escuelas o entidades que trabajan por el desarrollo de estos pueblos, pero no socavando la dignidad de los mismos y convirtiendo a sus hijos en pequeños mendigos.
Más o menos a mitad de camino, el panorama vuelve a cambiar ya definitivamente. El valle se estrecha y encajona, y volvemos a circular pegados a otro río turbulento, el mencionado Shigar y el Braldo cuya ribera tomamos cuando dejamos de caminar hacia el norte y nos dirigimos hacia el este.
Todavía encontramos algunos pueblos a ambos lados del río. Cada vez menos y cada vez más pequeños. Son como pequeños oasis verdes, a veces con cultivos en terrazas que trepan hasta alturas inverosímiles, y en los que abundan el millo y el trigo, abonados con estiércol de animales y personas. Poco arbolado. Estamos rondando los tres mil metros de altitud y sólo se distinguen pequeñas masas boscosas muy de vez en cuando y aprovechando grietas en las laderas, abrigadas y húmedas. En esta zona, el límite de los árboles está a unos 3.300 metros de altitud.
A primera hora de la tarde, llegamos a Askoli. Desde aquí ya no hay pistas ni pueden continuar los vehículos río arriba. Es el final de los motores y el comienzo de la caminata. Este pueblo está situado en una zona un poco más amplia del valle del Braldo. Se encuentra a unos treinta minutos andando, ya que no acampamos en él aunque disponga de zona de acampada, sino en la parte baja, muy cerca del río, en una pequeña explanada.
Instalamos las tiendas de campaña y dedicamos el resto de la tarde a dar una vuelta por los alrededores. Cruzamos el río para echar un vistazo a un pequeño pueblo que está en lo alto, que se llama Kurpe, para de paso calentar y estirar las piernas. Como de costumbre, hay que cruzar por un puente colgante, pero a éste le faltan bastantes traviesas, sobre todo en los extremos, y donde faltan no te puedes agarrar al cable porque todavía está muy alto para que lleguen las manos. Naturalmente se mueve como un demonio.
Unos 150 metros ladera arriba está el pueblo. Parece que no hay nadie, pero en seguida se nos acercan varias personas que nos saludan cordialmente y aprovechan para hacernos la radiografía de rigor. Esta es otra de las características que nos une a todos los humanos, sin distinción de razas, culturas ni religiones: en todos los pueblos pequeños se practica ese deporte que se llama cotilleo.
Termino la jornada visitando el pueblo de Askoli, que me recuerda un poco a los asturianos. Casas, aquí muchas de piedra, con estancias para las personas y graneros. Huyo precipitadamente del lugar ante la avalancha de niños pidiendo rupias y en el camino me invitan a comer unos guisantes directamente desde la mata en el campo en que están cultivados. Accedo con gusto y regreso al campamento.
Por cierto, algunas mujeres en los campos que rodean el pueblo. Cara descubierta y trajes de colores vivos, azul y rojo, y cabeza cubierta pero levemente.
Vota |