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Al contrario de lo que se cree Omán es un país seguro y moderno, de gente amable y abierta. A pesar de ello es todavía un país conservador donde la gente viste de forma tradicional y donde el islam rige muchos aspectos de su vida diaria. Es un país donde los monumentos y las grandes construcciones escasean, pero el petróleo y un sultán de ideas avanzadas estan transformándolo en un gran destino turístico. Donde se puede disfrutar de tranquilas playas tropicales durante todo el año, paseos por el desierto o la costa de Simbad, delfines y tortugas verdes en sus playas, o de sus numerosos wadis, ríos secos que renacen en el desierto durante las épocas de fuertes lluvias convirtiendo la zona en un frondoso vergel.
En las zonas costeras, la gente ha estado expuesta a otras culturas durante siglos debido al comercio marítimo. Así que, a diferencia de sus países vecinos, otras religiones y formas de vida son toleradas. El alcohol es asequible para los no musulmanes en hoteles, y es corriente ver mujeres occidentales en bikini en las playas. De todas formas, los visitantes deben mantener en mente que lo que es aceptable para una playa (en muchos casos privada) o en un hotel, no lo es necesariamente en la calle. En público, las mujeres deben cubrirse hombros y brazos por encima del codo, las faldas no deben enseñar las rodillas, y los hombres en pantalones cortos muchos omaníes aun los consideran ofensivos. En las zonas del interior son mucho más conservadores, y formas de vestir aceptables en la costa aquí no son apropiadas. La norma básica es que no se debe enseñar mucha piel.
Y eso que Omán es un país mucho más liberal con las mujeres que otros países árabes, aquí pueden trabajar, conducir, salir a la calle solas, e incluso ser ministras (el Ministro de Turismo es una mujer). No son los islamistas más estrictos, y no existe en Omán el extremismo religioso que hay en otros países de la zona, pero nunca esta de más ser respetuoso con las costumbres locales.
En cuanto a Dubai, es un destino turístico de lujo cada día más solicitado por viajeros de todo el mundo. Una ciudad en constante crecimiento que, gracias a una mente abierta, quiere dar a conocer al resto del mundo la cultura árabe y ofrecer las mejores diversiones para todas las edades. El stopover perfecto para toda la familia: atracciones, parques temáticos, lujo, compras, playa, desierto, golf...
En resumen, Omán y Dubai son destinos para crecer culturalmente, para abrir nuestras mentes, para aprender a ser más tolerantes, para derribar mitos (como el de sus altos precios), y para dejar la VISA tiritando.
En la web Abierto por vacaciones, de los autores de este relato, encontraréis el texto y fotos originales de este y otros viajes.
Del 4 a 17 enero de 2010.
Las condiciones de seguridad en ambos países son bastante buenas, especialmente en Omán, donde la sensación de seguridad es total. En Omán es frecuente que la gente deje el coche con las llaves puestas y el motor arrancado mientras entra a una tienda.
No hay ninguna vacuna obligatoria y ni siquiera recomendable. Las condiciones sanitarias en ambos países son buenas. Aunque especialmente en verano es conveniente extremar las precauciones para evitar insolaciones y deshidratación.
Volamos con Swiss Airlines via Zurich. Trato excelente, asientos amplios y cómodos, y reparto de chocolatinas. Escala de 45 min en Dubai, donde ni tan siquiera bajamos del avión. Al despegar el piloto nos anuncia "the beautiful tower on your right", el recién estrenado Burj Dubai. Todos intentamos verla haciendo oídos sordos de la azafata que nos recuerda que estamos despegando.
Aterrizamos en el Muscat International Airport sobre la hora prevista. La gestión del visado es bastante rápida. Seis rials pagaderos en dólares o euros (conversión algo arbitraria), pero no con tarjeta de crédito como dice la guía. Un consejo, si pensáis consumir alcohol durante vuestra estancia en Omán, sobre todo algo más fuerte que cerveza, mejor que lo compréis en el duty free del aeropuerto porque luego os va a resultar prácticamente imposible de encontrar, o lo pagaréis a precios prohibitivos en algún hotel para turistas.

Al salir de la terminal hay una oficina de taxis de prepago, 8 rials hasta Muttrah, 32 km, 25 minutos. La autopista está impecable, el coche es amplísimo, el chofer lleva turbante, y estamos a unos agradables 20º de temperatura en el mes de enero.
Muscat es una sucesión de pueblos y barrios que se prolonga durante 50 km de costa. Sin adentrarse nunca más de 3-4 km hacia el interior, forman un estrecho collar entre el mar y una rocosa barrera de pequeñas montañas. A pesar de sus rotondas y amplias avenidas, la ciudad respira un aire tradicional, hay pocos edificios altos, y muchos tienen cúpulas doradas o arabescos en las ventanas. Realmente no hay mucho que ver en Muscat. Está el Sultan Palace (Al-Alam Palace), un par de razonablemente atractivas mezquitas, (Beit Al-Fransi y Beit al-Zawawi), las antiguas embajadas francesa y británica que albergan museos, un pequeño souq, y dos fortalezas portuguesas del siglo XVI bien conservadas.
Muttrah Hotel, 25 rials. Habitación doble, enorme, limpia y luminosa, aunque sin vistas. Baño completo, mampara, jabón, gel, champú, body milk, papel higiénico (estamos en un país árabe), y toallas. Hay mueble bar y aire acondicionado. Ubicado en una zona silenciosa y tranquila. En la planta baja hay un restaurante hindú, donde ofrecen desayuno buffet libre, 3 rials por persona (huevos, patatas, tostadas, mantequilla, café, te, mermelada, un poco de todo). Dispone de un extenso parking, y ofrece conexión a Internet (1h/5h/24H cuesta 1/3/10 rials). Se admiten tarjetas de crédito.
Al día siguiente, por la mañana, empezamos por visitar el viejo souq (mercado), a diez minutos del hotel y justo detrás de la corniche. En este pequeño laberinto de estrechas callejuelas puede encontrarse casi de todo: incienso, piezas de oro de 24 quilates, antigüedades, vajillas de porcelana y vasos de plástico, así como multitud de sastres y casas de cambio. Es un buen lugar donde comprar souvenirs: khanjars (cuchillos curvos tradicionales), cafeteras, joyería beduina o ropa tradicional omaní. Hay poco movimiento, su momento de apogeo es al atardecer. Los precios son negociables, y los tenderos aceptan un "no gracias" sin mayores problemas. Atravesando el souq llegamos a la corniche. Algunos dhows estan varados frente al paseo.
A mano izquierda está el gold souq (mercado del oro), las blancas fachadas de las antiguas casas de mercaderes, alguna mezquita, y el mercado de pescado frente al hotel Marina. Dirección a Old Muscat pasamos frente al Muttrah Fort, construido por los portugueses en 1580. Aunque cerrado al público, es posible subir hasta una torre de vigilancia desde la que se contempla el puerto y la bahía. Siguiendo el paseo marítimo llegamos al goldfish monument, uno de estos monumentos infantiles que tanto abundan en las calles de Muscat. Delfines, espadas, cántaros de agua, quemadores de incienso y otras rarezas de diseños pueriles decoran avenidas y rotondas en todo el país.

A las 14:00 comemos en el Muscat light restaurant & coffee shop. Un zumo de naranja, y de limón con menta, curry de pollo, pescado binjari, te y café. 5,20 rials. El arabic coffee lo sirven con dátiles. Comida normal, pero en la terraza a la sombrita se está bien, y la verdad es que hay muy poco donde elegir. En la zona apenas se ven restaurantes, tan solo lavanderías, peluquerías y farmacias.
En Old Muscat, el Muscat histórico, destaca sobre todo el Palacio del Sultán (Al-Alam), un edificio puramente ceremonial, ya que el sultán reside en otro palacio cerca de Seeb, lejos de los ojos del público. Se encuentra en una pequeña ensenada flanqueado por dos fuertes portugueses del siglo XVI, Jalali (antigua prisión hasta 1970) y Merani Fort. El acceso al palacio y las fortalezas esta vetado al público. Cerca están los museos de Bait Al Zubair (coleccion privada de arte y utensilios tradicionales) y Bait Fransa (donde se da cuenta de las relaciones Omaní-Francesas desde el siglo XVIII).
Taxi hasta Ruwi por 4 rials (2 desde Sultán Palace a Mutrah, y 2 más desde Mutrah a Ruwi). Ruwi, el barrio hindú, es el centro financiero y el lugar donde se concentran los edificios más altos del país. Las calles rebosan movimiento, y hay una mayor variedad de negocios y restaurantes. También esta aquí la bus station (ver horarios). Billete a Dubai (5,5 rials) con ONTC.
Taxi a Qurum (6 rials), un area residencial rodeada de grandes centros comerciales. Parece una buena zona para un dia de playa sin salir de la ciudad, pero los lunes por la noche hay poco ambiente. El centro comercial más grande es Sabco Centre. Aire acondicionado a tope, y tiendas por todas partes: salones de belleza, spas, ropa moderna y tradicional, deportes, joyerías, pastelerías, restaurantes... A las 19:30 cenamos en el Automatic restaurant, Al-Qurum rd, detrás de Sabco. Restaurante libanés bien llevado por libaneses. Humus, falafel, samosa de espinacas, 2 ayran y crema caramelo, por 7 rials. Taxi a Muttrah 5 rials. En un supermercado a 200 metros del hotel compramos nuestro desayuno de mañana: agua 1 1/2 lt, chocolatinas, pan con pasas, yoghurt y batido de chocolate, 910 baizas.
A la mañana del día siguiente vamos al Omán Dive Center. Tardamos unos 20 minutos en taxi, 4 rials. Realizan salidas diarias para snorkel y buceo a las 8:00 y a mediodía; y avistamiento de delfines sólo a las 8:00. El Dolphins trip de hoy esta lleno, así que solo haremos snorkel (16 rials/pp). Pedimos trajes de neopreno, es invierno y la temperatura del agua ronda los 20º. Dejamos la ropa en una taquilla (candado 2 rials de depósito). Alcanzamos la barca andando, el agua es tan poco profunda que ni viene a recogernos. Tras media hora dando unos botes de cojones, fondeamos junto a una bolla donde se lanzan al agua los submarinistas. A los que hacemos snorkel nos acercan un poco más a la orilla.
Apenas hay coral, pero hay bastantes peces. Pequeños peces tropicales de colores, tortugas, mantas rayadas y sepias. Estamos alrededor de una hora antes de movernos a otro punto de inmersión. La mar movida que hacia cuando salimos se ha convertido en autentica mala mar. Estamos una hora más y nos volvemos. El mar esta realmente encabritado. El viaje de vuelta es una sucesión de saltos y fuertes sacudidas, y el agua entrando a raudales en la barca. Ya en el resort, nos duchamos, cambiamos y comemos alli mismo. Spaguetti boloñesa, ensalada de tomate, dos refrescos y dos tés, 9,3 rials. En la fantástica playa privada del hotel nos relajamos y bronceamos un poco antes de volver a Muttrah.
El taxista se pierde de vuelta a Muttrah, 5 rials. La mayoría son un desastre, que no conocen más que las rotondas y cuatro avenidas grandes, seguramente acostumbrados a que el pasaje les guíe entre las calles secundarias. Pero cuando esto no es así, como es nuestro caso o el de cualquier turista, pueden tirarse horas para encontrar uno de los escasos hoteles de la ciudad.

Por la tarde el souq esta algo más animado que por la mañana, pero tampoco perdemos mucho tiempo en él, parece muy turístico y de momento no queremos comprar nada. Paseando por la corniche llegamos al Hotel Marina (35 rials hab. doble) al final del paseo, frente al fish market. Cenamos en el restaurante hindú que tienen en la terraza, el Al Bamboo (12.4 rials). Buena comida aunque muy picante y especiada. Las vistas del paseo y el puerto son fantásticas: corniche, castillo y quemador de incienso todo en uno e iluminado.
En el camino de vuelta nos perdemos y nos metemos en un barrio de calles estrechas y sin asfaltar del que amablemente nos sacan dos chicas, no sin antes ofrecernos agua y cualquier cosa que necesitemos en la puerta de su casa. De hecho su madre nos acompaña con ellas hasta que abandonamos el barrio. En el hotel nos conectamos a internet para contar novedades.
El recepcionista del hotel nos pone en contacto con un amigo suyo para alquilar un coche (Golden Crown Rent a Car. Móvil: 95182074. Tef.: 24831097). Alquilamos un Toyota Tiida con cambio automático, seguro a todo riesgo y menos de un año de antigüedad. Acordamos 13 rials diarios, 50 rials de depósito y un máximo de 200 km diarios. Como mínimo una tercera parte de lo que pagarías en España, y con el litro de gasolina a 12 baizas el litro (unos 23 céntimos de euro).

Para ir a Nizwa el truco está en coger As Sultan Qaboos St y no dejarla hasta la rotonda de Burj As Sahwah (unos 40 km), donde se convierte en la carretera de dos carriles nº 15. Primera parada: Fanja. El pueblo es famoso por una inusual torre ovalada construida con piedra de la zona, ubicada en lo alto de una colina. La buscamos sin éxito en su desértico barrio antiguo. También conocido por su alfarería, en la entrada del pueblo hay multitud de cacharros expuestos, junto a puestos de fruta y verdura, donde compramos algunas provisiones para el camino.
Seguimos hasta BidBid, aquí si que encontramos el castillo. Siguiendo la carretera principal que atraviesa el pueblo girar a mano izquierda en la calle principal, que desciende hasta el wadi, donde rodeado de palmeras y un falaj todavía en uso se encuentra el castillo. Fue el primero en Omán restaurado usando métodos tradicionales y materiales originales (barro, yeso y paja). Damos una vuelta a su alrededor, sacamos unas fotos, y nos vamos a tomar un par de tés (200 baizas). A la salida del pueblo paramos en un coffee shop a comprar agua y aprovechamos para tomar dos deliciosos sándwichs en pan de pita (800 baizas).
A 40 km se encuentra Izki, y a 10 km circulando por carretera de un solo carril, Birkat al Mawz ("piscina de bananas"). Ubicado a la entrada de Wadi al-Muaydin, en el borde sur de Jebel Akhdar, es el hogar de un fuerte restaurado llamado Bait al Redidah.

A 25 km de allí, rodeada de montañas, se encuentra Nizwa. Una pequeña y animada ciudad, que fue capital de Omán durante los siglos VI y VII. En tiempos había sido un importante centro comercial, al hallarse en un punto estratégico en la ruta de caravanas entre Muscat y Doha; así como feudo del conservadurismo religioso, siendo su Gran Mezquita un importante centro de enseñanza islámica. Por su ubicación es el lugar ideal desde donde organizar excursiones a las cercanas Bahla, Jabrin y las Jebel Shams.
Nos instalamos en Majan Guest House, 30 rials. Habitación doble de unos 20 m², cama grande, tres sofás, armario, escritorio, aire acondicionado, nevera y televisión. Baño completo con agua caliente. Desayuno incluido (tostadas, mermelada, miel, zumo, huevos, te y café). Dispone de parking. Aunque a 8 km del centro (5 min en coche), tiene una muy buena relación calidad/precio.
El centro de Nizwa se encuentra en la pequeña zona comercial que se encuentra frente al castillo y la mezquita. Tiendas, restaurantes, pastelerías y puestos callejeros lo animan mucho por las noches. Frente al souq hay habilitadas amplias zonas de aparcamiento a ambos lados de la carretera.
El Bin Atique Restaurant es uno de los pocos restaurantes de comida tradicional omaní que encontrarás en tu viaje a Omán. Distribuido en pequeñas habitaciones privadas de unos 9 m² donde se entra descalzo. No hay sillas ni mesas, se come sentado en el suelo sobre la alfombra, apoyando la espalda en unos duros y pesados cojines. Hummus (chick peas dip with bread), thereedh samakh (omani bread with fish curry), arus abiyadh ma marak malah nargeel (salted wet fish in coconut curry with rice), salatah makhzooz (special green salad), dos lime mint juice, café omani y dátiles, 7,3 rials. Todo buenísimo. Situado en una calle frente a la mezquita inmediatamente después del aparcamiento.

Su ascensión es la parte más interesante de la visita, donde ayudados por modernos efectos sonoros y visuales, nos demuestran cuán difícil era salir ileso del aceite y agua hirviendo que vertían a través de pequeños pozos que se abrían directamente sobre las puertas. Cuatro cañones permanecen sobre ella, de los 24 que una vez sirvieron como principal potencia de fuego del fuerte.
Desde el castillo se tienen unas fantásticas vistas de Masjit Sultan Qaboos, la mezquita, probablemente la imagen más conocida de Nizwa. Construida por Abdulla bin Mohammed, tiene una llamativa cúpula dorada y azul. Esta vetado el paso a no musulmanes. Al ser viernes y por tanto día de oración, cuando salimos de visitar el castillo todos los puestos del mercado están cerrando. Decidimos dejar el souq para mañana.
La antigua ciudad de Tanuf resultó derruida durante la guerra civil de los años 50, bombardeada por los británicos a petición del entonces Sultán, y abandonada en la década de los 60. Aun puede verse junto a la mezquita el falaj que la atravesaba. Tras las ruinas un camino asfaltado lleva hasta el wadi, donde aparcamos a la sombra de un árbol. Comemos fruta y unos tomates con aceite y sal. A través de una pequeña garganta y con cuidado, pues el camino está muy empedrado, puede atravesarse el wadi hasta el otro lado, donde es visible parte del falaj y la presa. Toda la zona está llena de familias omaníes haciendo camping, que nos saludan o salen a nuestro encuentro invitándonos a tomar a té.
Volvemos a tomar la carretera general hasta Al Hamra, una ciudad construida sobre la ladera de una montaña, donde se encuentran algunas de las casas más antiguas de Omán. Antes de entrar paramos a comer en la gasolinera, en el Nasser Hamid Subia Al-Siyabi Trad. Pollo con arroz, dos fantas, ensalada, té y café, 2.8 rials.
La Bradt Travel Guide describe unas fantásticas casas de barro que nos dejaran atónitos y que parecen la octava maravilla del mundo. Es cierto que en el barrio antiguo muchas son casas de dos pisos construidas con barro y paja, coronadas con techos hechos de hoja de palmera, que conviven con antenas parabólicas y aparatos de aire acondicionado empotrados en las frágiles paredes. Pero en su mayoría están abandonadas y en un pésimo estado de conservación. Lo más espectacular, sin duda, son las vistas desde lo alto de la carretera de Al Hamra, junto al wadi que llena todo el valle.
Mapa en mano intentamos ir a ver el Wadi Ghul (14 km), pero nos perdemos y no lo encontramos.

Paseamos por el souq que hay tras la carretera, frente al fuerte, durante un rato y compramos algunas cosillas en un super para mañana. Pan de molde, quesitos, patatas fritas y un muffin, 1 rial.

La ciudad posee uno de los zocos más importantes del país. Se vende desde carne, pescado, frutas y verduras a especias, dátiles, oro y plata. Nizwa es conocido por su joyería de plata, y por sus khanjar (cuchillo curvo tradicional) de distintivos estilos y patrones. Los viernes por la mañana a primera hora, hay un mercado de ganado vivo, donde se venden vacas, cabras y ovejas.
Tras desayunar vamos al date souq con la esperanza de comprar algunos dátiles. Se trata de un almacén de techos enormes y ventiladores de aspas con cientos de sacos apilados. Debe de ser festivo porque no hay casi nadie en ninguno de los souqs. Los de, pescado, carne, cabras y dátiles están desiertos, en el de frutas y verduras están a medio gas o menos. Compramos cuatro tomates (100 baizas) y dos pepinos (100 baizas).
Desde Nizwa salimos dirección Ibra, pasando por Izki (28 km), Sinaw (76 km), Al Mudaybl (18 km), y 64 km más hasta Ibra. Es una vuelta de cojones, pero hay pocas opciones. Se ven camellos, algunos burros, y multitud de acacias en los márgenes de las carreteras; y en los pueblos que atravesamos algunas mujeres llevan mascara en lugar de velo.

Tras cinco segundos de indecisión ponemos la directa rumbo a Al Mudaybi, conocido por sus carreras de camellos. No es mucho mejor que Sinaw, pero tiene un pequeño barrio viejo de casas de barro junto a un frondoso wadi, por el que estiramos un rato las piernas. Tres niñas de unos seis años nos siguen durante un rato entre risas y palabras en árabe. Por aquí abajo despertamos más curiosidad que en la costa o Nizwa. Por un rial tomamos un par de hamburguesas y unos refrescos en un coffee shop.
Una vez más subimos al coche y conducimos hasta Ibra, una de las ciudades más antiguas de Omán, y debido a su privilegiada situación en la antigua ruta de caravanas desde el interior hacia el puerto de Sur, fue un importante centro comercial y religioso. Su principal interés turístico hoy es, además de torres de vigilancia y un falaj, un curioso mercado que se celebra los miércoles donde tanto compradores como vendedores son exclusivamente mujeres. Para nosotros fue solo un punto de paso.
A unos 30 km se encuentra el Al Qabil Resthouse, donde nos informamos sobre como ir a Al Areesh Desert Camp, ya que ambos son gestionados por Desert Discovery Tours. El hotel, a un lado de la carretera, tiene muy buena pinta. Las habitaciones están organizadas alrededor de un bonito jardín regado por una fuente de agua en cascada. Desde el hotel avisan de que salimos hacia el campamento para que alguien nos vaya a buscar, pues hay un punto donde el coche no puede avanzar más al empezar ya el desierto de dunas. Dejamos el coche en medio de la nada (arena y dunas), y nos subimos a una furgoneta descubierta que ya nos estaba esperando. Tardamos cinco minutos en llegar.

Es hogar de unos 3.000 beduinos provenientes de varias tribus, entre ellas janabah, mawalik, hikman, amr y wahiba. Además, aunque nosotros no fuimos testigos de ello, dicen que habitan aquí 180 especies de plantas, 200 de mamíferos, aves, reptiles e incluso anfibios. En los campamentos de la zona podrás disfrutar, aunque sólo sea un poco, de una forma de vida tradicional que esta desapareciendo, la beduina. Es un buen lugar para hablar con mujeres ya que su papel dentro del estilo de vida beduino es bastante más relajado. Sobre la abeyya negra visten túnicas de llamativos colores y llevan la cara cubierta por unas máscaras de pico parcialmente ocultas por finas prendas de gasa.
El Al Areesh Desert Camp. 25 rials por persona, incluye desayuno y cena, además barra libre de té, café y dátiles durante todo el día. Consta de una cincuentena de cabañas cubiertas con hojas de palma distribuidas alrededor de un enorme comedor que dispone de una relajante área con cojines y alfombras, y una terraza perfectamente orientada para ver la puesta del sol. Nuestra cabaña dispone de dos habitaciones con tres camas individuales y una doble, y un anexo con baño completo. No hay agua caliente ni toallas. Austera y simple, cuenta con un enchufe y un par de mantas para combatir las frías noches. Organizan excursiones en jeep por el desierto (1h/3h 10/30 rials por vehículo) y salidas en camello (10 rials 1h). También existe la opción de contratar un guía si lleváis vuestro propio vehículo. Cena incluida: bufet libre bueno y generoso (ensalada, dahl, humus, smashed patatas, pita, arroz, verduras, carne, pollo, patatas fritas y refrescos). Tienen cerveza (2 rials). ¿Que más se puede pedir?
Una excursión en jeep (10 rials) nos adentra en el desierto. Subiendo y bajando dunas, algunas desde el asiento de copiloto se ven realmente grandes cuando el morro enfila hacia abajo. Paseamos sobre la loma de una duna. La arena es finísima. Cualquier movimiento brusco o intento de correr hunde un palmo los tobillos. Ningún atisbo de vida más que algunos camellos a lo lejos. El jeep nos deja en una duna tras el campamento, desde donde contemplamos una espectacular la puesta de sol.

El conductor se queja de que la carretera, que ya casi han acabado para unos beduinos que viven enfrente suyo, arruinará el negocio, pues la gente dejará de relacionarlo con aventura y desierto al llegar el asfalto hasta las puertas del campsite. «Tendremos que mover el campamento diez kilómetros hacia el interior. El problema de Omán es que hay carreteras por todas partes», dice. Omán, de la mano del petróleo y el sultán Qaboos esta avanzando hacia la modernidad, y por supuesto, no siempre al gusto de todos.
Pasamos por Al Minitirib, sin visitar el Bidiyah Castle, y seguimos dirección Wadi Bani Khalid. Hay 24 km hasta el desvío (perfectamente señalizado), 26 km de espectaculares vistas de montañas, aldeas y palmerales hasta el inicio del wadi, y 7 km más hasta el final del cauce, donde aparcamos el coche.

Es un lugar paradisíaco, más aún si lo ubicas en medio del desértico Omán. Ideal para un día de picnic. Unos estudiantes nos acompañan hasta la cueva (fácil de encontrar por libre), y uno de ellos me guía en su interior. Rosa no quiere entrar. Apenas tiene un metro de altura y hay que entrar acuclillado durante un par de minutos. Al final encontramos el reguero de agua que más tarde se convierte en wadi y que alimenta el falaj. 6 rials de propina. Comemos allí, junto a una pequeña cascada, y nos estamos hasta casi las dos del mediodía. Al inicio del wadi, previo a los 26 km de curvas que nos separan del cruce, hay un pequeño pueblo (Badaa creo que se llama) donde paramos a tomar un té.

Conducimos 22 km más hasta las ciudades gemelas de Jalan Bani Bu Hassan y Jalan Bani Bu Ali. Las guías las describen con fuertes y espléndidas casas fortificadas en la primera, y un fuerte del siglo XI y una mezquita de 200 años en la segunda. Apremiados por la hora, ya a punto de anochecer, vimos un barrio de casas fortificadas tras atravesar un enorme palmeral, y un par de llamativas mezquitas de doble minarete.
Habiendo anochecido ya, ponemos rumbo a Sur (60 km desde Al Kamil). Desde que hemos dejado el wadi, aunque su presencia en la calle siempre es muy escasa, hemos notado que las mujeres van más tapadas, en muchos casos una fina gasa de color negro les cubre por completo la cara; y ha crecido de manera exponencial la población de raza negra.
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