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Teníamos que haber visitado la iglesia de Medhane Alem Kesho ayer, pero como llegamos a Mekele con cuatro horas de retraso, acordamos con Yohannes pagarles 10 euros extra, levantarnos muy temprano y visitar hoy esta iglesia, perteneciente al grupo denominado takatisfi, que yo no quería perderme de ninguna forma.
Tal como acordado, nos levantamos muy pronto y conducimos durante 45 km hacia el norte, con paisajes maravillosos, para visitar esta iglesia de Medhane Alem Kesho, de fácil acceso. La iglesia es preciosa. Los sacerdotes, por ser muy pronto, están diciendo los oficios, que nos entusiasman. Después, nos muestran las cruces grabadas en los techos con la ayuda de antorchas.
Volvemos a Wukro, desayunamos y nos disponemos a pasar el día en la región de Gheralta para ver el grupo de iglesias conocidas con ese nombre. Gheralta es una región de una belleza extrema, de montañas rojas espectaculares y con un paisaje sobrecogedor.
Conducimos 15 km al oeste y visitamos la iglesia, de facilísimo acceso, de Abraha Atsbeha. Nos gusta mucho, sobre todo sus pinturas, que está restaurando un equipo italiano. Desde Abraha Atsbeha se puede visitar la iglesia de Yohannes Maequddi, creo que con frescos preciosos en muy buen estado de conservación. Pero hay que subir cuarenta minutos para llegar a ella y no tenemos tiempo de visitarla. Posteriormente, leo a propósito de esta iglesia, lo que contó David Buxton: This church of St. John, is the most interesting I have seen and is memorable, too, for its means of access which is narrow clef between bulging walls of bare, glaring sandstone (Esta iglesia de San Juan es la más interesante que he visto y además es digna de recordar por su vía de acceso, que es una estrecha grieta entre paredes abultadas de desnuda y deslumbrante arenisca). Desde Abraha Atsbeha, también se puede visitar la iglesia de Debre Sión. Creo que las pinturas están en muy mal estado y hay que subir por un camino empinado cincuenta minutos. No la visitamos.
Conducimos 5 km más y llegamos al punto donde hay que iniciar el ascenso para visitar la iglesia de Maryam Korkor, una de las iglesias fundamentales de Tigray. Empezamos la subida de una hora. Estamos por encima de los 2.000 metros de altitud, hace calor y la primera parte del ascenso es muy empinada, por un terreno de rocas y piedras enormes, a través de un desfiladero estrechísimo entre dos paredes verticales infinitas, que apenas dejan penetrar la luz. Salimos a un paraje abierto en lo alto, pero el esfuerzo para mí ha sido grande y siento que voy a perder el conocimiento. Me paro, Yohannes sabe cómo actuar en estos casos, y después de un rato, proseguimos. Los sacerdotes nos esperan. La iglesia es preciosa, situada en aquellos parajes inmensos y vírgenes, de manera que el esfuerzo merece absolutamente la pena. Justo detrás, caminando cinco minutos, está la joyita de la iglesia de Daniel Korkor, lugar íntimo y preciosísimo.
Hay que volver a descender. Comemos algo en silencio, gozando de la magia de este momento. Pero el punto culminante del viaje, de mi viaje a Etiopía, nos espera a 6 km de aquí, en la iglesia de Abuna Yemata Guh. Nos dirigimos hacia allí. Son las 4 de la tarde cuando llegamos a las inmediaciones de la iglesia. Un grupo de gente está haciendo un camino. Los sacerdotes están avisados, pero no están. Yohannes manda a una chica a buscarlos. Caminamos unos quince minutos por un sendero no demasiado difícil. Llegamos a los pies de la roca de las montañas de Guh. Los sacerdotes han llegado ya.
Tenemos que escalar la pared de la montaña. Nos quitamos los zapatos y los calcetines, porque hay que meter los talones en los agujeros de la pared, que a lo largo de los siglos han ido moldeando los sacerdotes al subir a la iglesia. Intento subir, pero la distancia entre estos huecos es enorme. Mis piernas son demasiado cortas. Además, hay que agarrarse con las manos a las cavidades de la pared, pero yo no tengo fuerza suficiente en los brazos para el impulso. Mi compañera sube. Yohannes intenta ayudarme a subir, pero yo no puedo soltar las manos, como me indica, me da pánico. Un sacerdote quiere ayudarme, pero Yohannes le grita que no. Yohannes consigue que me suelte de la roca y me baja. Él empieza a subir. Yo le suplico que me deje intentarlo otra vez y dice que luego volverá a por mí, pero sé que no lo hará. Me da mucha pena quedarme abajo. Gebregiorgis quiere quedarse conmigo, pero yo me niego y también sube. Entonces, el sacerdote que quiso ayudarme antes, me hace señas si quiero subir. Le digo que sí y con su ayuda desde arriba y la de un niño de unos once años sosteniéndome desde abajo, consigo escalar la primera parte, lo realmente imposible para mí. Después, la subida es difícil, pero no imposible. Cuando me ve mi compañera, que está descansando en un llano, me dice que Yohannes le ha dicho que yo no subía y que ella le había dicho: "Tú no la conoces".
Seguimos subiendo. Llegamos arriba. Tenemos que rodear la montaña con la espalda pegada a la roca. Nos dicen que no miremos abajo, pero yo miro, no tengo vértigo. Estamos a una altura terrible y abajo se extiende un circo de inmensas montañas rojas, de una belleza difícil de superar en nuestro planeta. Llegamos a una puertecita. Nos agachamos y entramos en la iglesita alfombrada de hierba. Nos indican los sacerdotes que nos sentemos. Yo pienso que lo hacen para que descansemos después de la tensión tremenda vivida, pero al sentarme en el suelo y levantar la vista, comprendo el sentido de su indicación y siento una emoción intensa, al ver en el techo, en círculo, una pintura delicada del siglo XV, en tonos verdes y marrones, de nueve de los doce apóstoles. Las paredes también están llenas de pinturas hermosas, que representan escenas de la vida de Abuna Yemata. Los sacerdotes nos dejan coger sus libros antiquísimos de oración.
La bajada, con la ayuda de dos sacerdotes, no es más fácil, pero si más llevadera. Ya sé lo que me espera.
Más tarde leo el relato de Ivy Pearce, una de las pocas occidentales que primero visitaron este lugar: I climbed up some pretty stiff stuff and then came face with only footholds and handgrips at irregular intervals. This climb I could not manage as my arms were not long enough to reach the next handgrip to let my foot go to find the next foot grip to let my foot go to grasp firmly with my small hands. I didn't want to take risks, so gave it up and sat on a small ledge below (Subí algo bastante difícil y entonces me encontré con sólo unos huecos para apoyar el pie y agarrarme con las manos a intervalos irregulares. Esta subida yo no podía llevarla a cabo, dado que mis brazos no eran lo bastante largos para alcanzar el siguiente hueco y agarrarme con la mano, de manera que pudiera dejar mi pie libre para encontrar el siguiente hueco donde colocar mi pie y poder agarrarme firmemente con mis pequeñas manos. No quería correr riesgos, de manera que lo dejé y me senté en un pequeño saliente debajo). Por su parte, Ruth Plant describió la iglesia como ...the most unusual church in the most unusual place, that place being majestic and awesome (...la iglesia más inusual en el lugar más inusual, siendo este lugar majestuoso e impresionante).
Preguntamos a los sacerdotes por qué no hacían alguna cavidad más para que fuera más fácil el ascenso, y nos responden que las que hay las ha hecho Dios y que ellos no pueden tocar lo que él ha hecho.
22 km hacia el sur, desde donde nos encontramos, se puede visitar la iglesia de Abuna Gebre Mikael. Creo que sus pinturas son maravillosas. El acceso es también dificilísimo, por eso es la menos visitada. No la vemos, porque no tenemos tiempo. De haber tenido información suficiente antes de partir, nos habríamos quedado un día más en Tigray para visitar esta iglesia y la de Yohannes Maequddi. Más hacia el sur, a 15 km del pueblo de Abi Addi, se puede visitar la iglesia de Gebriel Wukien, que creo es preciosa, y la iglesia de Abba Yohannes, pertenecientes ambas al grupo de iglesias denominado tembien. Me había dicho el director de la Oficina de Turismo de Mekele que no había carretera para acceder desde el lado en que nos encontramos a esas iglesias, pero Yohannes nos dice que sí la hay y que, además, se pueden visitar en esa zona monasterios preciosos.
Las iglesias de Tigray dejan en mí un recuerdo imborrable. Mi consejo es que se pase el mayor tiempo posible por estas iglesias, porque son únicas y el lugar también. A pesar de lo interesante que es el sur, yo no le dedicaría más de una semana y dedicaría tres o cuatro días a Tigray.
Volvemos a dormir a Wukro. Unos kilómetros antes de llegar, cuando está anocheciendo, nos encontramos con una caravana pequeña de unos treinta camellos, unos burros con la carga y algunos hombres, que han venido desde las minas de sal del desierto de Danakil a vender su sal a Gheralta, y ahora vuelven de nuevo al desierto, a nueve días de aquí. Salimos del coche para verlos. Cómo me hubiera gustado irme con ellos, vivir nueve días con ellos. La imagen y el deseo han quedado en mi corazón, tal vez algún día lo intente. Tal vez algún día vuelva a Tigray, sin límite de tiempo, y vaya con los hombres de los camellos a su desierto.
Nosotras no vamos al desierto de Danakil. Yo no tenía suficiente información al respecto. Yohannes nos dice que es algo fuera de este mundo (Yohannes, creo, no se entusiasma fácilmente). Se trata de hacer una extensión de una semana desde Wukro. Yohannes acaba de organizar esta expedición para cinco franceses, a los que ha acompañado. También el guía Bereket, citado anteriormente, organiza excursiones al desierto de Danakil.
Wilfred Thesiger describe su viaje por el Danakil en el capítulo primero de Arenas de Arabia (Ed. Península). Dentro de la literatura de viajes, éste libro es uno de los más extraordinarios que jamás se hayan escrito. En él, Thesiger describe sus viajes, entre 1946 y 1950, por el Territorio Vacío, la vasta zona desértica que se extiende en el remoto sur de Arabia. He tenido la inmensa suerte de leer este libro hace dos años, gracias a la recomendación de una interesantísima compañera de trabajo.
A las 7 de la mañana cogemos el autobús hacia el norte para visitar Axum. Los paisajes son magníficos. De camino a Axum, se encuentra el monasterio de Debre Damo, que creo es maravilloso, pero las mujeres no pueden visitarlo.
Llegamos a Axum a medio día. Dedicamos la tarde a visitar la ciudad. Es difícil aconsejar o desaconsejar visitar Axum. Es la capital del antiguo imperio axumita. Queda muy poco de lo que fue. Dicen que casi todo está, aún, sepultado. Si se tiene poco tiempo y, salvo si se es un especialista o se tiene un interés muy especial, quizás, se pueda dejar de ir a Axum.
Yo recordaré a Axum por otros motivos, aunque siempre recordaré cuando, al ver el campo de obeliscos, me imaginé lo que aquello pudo ser. Recordaré Axum porque allí conocimos a dos críos, Abrham y Temesgen, que serán nuestra sombra durante dos días, y a uno de ellos, Abrham, le salvamos de morir de una infección generalizada al llevarle al hospital y responsabilizarnos de él. Se trata de un niño de unos diez años, huérfano de padre y cuya madre vive de la caridad de la iglesia. Habla un inglés estupendo, con acento americano, de tratar con los turistas que llegan a Axum. Va a la escuela y es muy vivo. Tiene una infección terrible, pero no puede ir al hospital porque su madre no tiene seguro médico. Entonces, decidimos llevarle al hospital público, pues yo insisto en que hay que ir a ese hospital y no a un dispensario cualquiera, porque su estado es muy grave. Al llegar al hospital, le explicamos al médico, que también habla inglés, la situación y le decimos que nosotras corremos con todos los gastos. Pero el médico nos dice, que puesto que nosotras estamos dispuestas a hacer esto, el hospital tampoco le va a cobrar por atenderle y que lo que podemos hacer es comprarle en la farmacia del hospital los medicamentos del tratamiento. Estos nos cuestan 6 euros.
De Axum recordaré también la iglesia de Abatu Ensessa, sus murales y su encantador baptisterio. La iglesia antigua de Santa Maria de Sión no pueden visitarla las mujeres y la nueva no tiene interés. En un edificio contiguo a la iglesia antigua, se supone que está el Arca de la Alianza, que nadie puede ver, excepto un guardián especialmente elegido.
En caso de que no se visite Axum, recomiendo que después de visitar las iglesias de Tigray, se vuelva a Mekele para coger el vuelo a Lalibela. Una vez hecha la visita de Lalibela, conviene volar de allí a Gondar, con la posibilidad de hacer una extensión desde esta ciudad al Parque Nacional de las Montañas Simien. Después, lo más práctico es coger un autobús desde Gondar a Bahar Dar con el fin de visitar los monasterios del Lago Tana, para finalmente, volar de Bahar Dar a Addis Abeba.
Nos levantamos al alba para asistir a una ceremonia religiosa en la iglesia nueva de Santa María de Sión. Será un anticipo de lo que luego veremos, en su plenitud, en Lalibela.
Seguimos visitando Axum. Comemos con los dos críos. A las 3 de la tarde cogemos el autobús para Shire. El trayecto es de dos horas. Nuestro objetivo es ir hasta Debark para hacer trekking en el Parque Nacional de las Montañas Simien, pero no hay autobuses directos de Axum a Debark y cuando llegamos a Shire ya es muy tarde para conectar con el autobús de Debarck, por lo que tenemos que dormir en Shire.
En mitad del camino el autobús se estropea. Oscurece, no tienen lámpara, les dejo mi linterna. No se sabe cómo lo hacen, pero lo arreglan. Me sorprende, que pasan al lado nuestro varios hombres de algún pueblo cercano, pero apuran el paso y no preguntan ni miran a ver qué nos pasa. Dormimos en Shire, en el hotel África, un horror. No se si habrá otro mejor.
A las 6 de la mañana cogemos un autobús para Debark. Tiene que durar tres o cuatro horas, pero dura siete. Se estropea, pero como el día anterior lo arreglan, no se sabe cómo. Durante todo el recorrido, el paisaje es bellísimo, con montañas espectaculares. Circulamos por una carretera no asfaltada llena de curvas, donde mirar hacia abajo te produce terror con el tipo de autobús que llevamos. Los pueblos en los que paramos para desayunar y arreglar el autobús tienen una arquitectura fascinante.
Llegamos a Debark. Queremos ir al Parque Nacional de las Montañas Simien a pasar la noche, pero no sabemos muy bien cómo hacerlo. Pensamos que la oficina de información del parque está a la entrada del mismo y les pedimos a unos camioneros que nos lleven. Nuestra sorpresa es que nos llevan al final de la calle en la que nos encontramos, que es donde está la oficina de información. Después, sabremos que la entrada al parque está a unos 20 km de esta oficina. Por llevarnos al final de la calle nos han pedido y exigido pagar previamente 8 euros. Cuando nos damos cuenta de esto, se lo decimos al jefe de la oficina y nos devuelven el dinero. En la oficina nos arreglan, no sin dificultad, nuestra estancia en el parque.
Luego sabremos que la gente, normalmente, reserva por adelantado un paquete para pasar dos o tres días en el parque, ya sea desde Debark o desde Gondar, que sale muy bien de precio, por lo que nos dicen (me han recomendado en Gondar, verano 2007, la agencia Explore Abyssinia Travel, tel. 252 058 111 8965). Pero cuando llegamos nosotras es tarde y no se puede arreglar ningún paquete para hoy. Decidimos coger el único 4x4 disponible, que nos cobra una fortuna, 80 euros, por llevarnos a 23 km al primer campamento del parque. No hay otra opción para hoy, si queremos dormir en el Parque Nacional. Se vienen con nosotras, obligatoriamente, un guía y un scout armado. El todo nos sale muy caro.
Pasamos la noche en el campamento de Sankaber. Es el día de Nochevieja. Un grupo de franceses lo celebra por todo lo alto. Nosotras cocinamos arroz y atún. La noche está friísima.
Hacemos una marcha de cinco horas desde el campamento de Sankaber al campamento de Geech. Las mulas han partido con nuestras cosas. Las primeras tres horas, la marcha es muy bella. Vemos muchos gelada baboons, que son monos con el vientre rojo. Hacemos un picnic a la orilla del río Jimbar. Pero, las últimas dos horas de marcha son terribles, por un páramo erosionado, con un sol aterrador. Llegamos al campamento de Geech. Estamos sudorosas y muy cansadas. Tomamos una ducha, aunque el agua está helada. Yo tiemblo de frío. Mi catarro va a peor.
En el campamento, conocemos a la primera española de nuestro viaje, que vive en Madrid, y que está con su pareja, un inglés. Al atardecer hacemos una marcha preciosa de dos horas, ida y vuelta, al monte Cadi. Después, cenamos. El menú es igual que el día anterior.
Queremos retornar a Debark. No tenemos coche. Nos arriesgamos a partir con la esperanza de encontrar en Ambaras, en la pista del parque, algún camión. Alquilamos unas mulas para llevarnos a nosotras y nuestras cosas. Salimos al amanecer y nos dirigimos caminando una hora a la parte más bella del parque, que son los profundos acantilados de Imet Gogo (3.926 metros), con pináculos grandiosos, infinidad de agujas y cañones.
Pensamos que los acantilados de Imet Gogo están al lado del campamento de Geech y no a una hora larga de allí. Por eso, le decimos a nuestro guía que sólo queremos ir en mula después de ver el Imet Gogo. Pero, cuando vemos lo dura que es la marcha, lo lejos que están los acantilados, y que ese páramo cuarteado no tiene ningún interés, nos maldecimos. Cuando queda un cuarto de hora para alcanzar los acantilados, llegan las mulas del pueblo de Geech y nos subimos a ellas aliviadas. Las mulas con nuestras cosas van por otra ruta. Las Montañas Simien, de tonos rojos y malva, aparecen en todo su esplendor desde el Imet Gogo. Todo el parque es de una gran belleza, una de las zonas, quizás, más bellas de la tierra.
La ida al Imet Gogo ha sido muy dura y cuando emprendemos de nuevo el camino sólo deseamos subirnos a las mulas, pero no siempre éstas pueden cargar con nosotras, así que combinamos, según el terreno, el caminar a pie con las mulas. Pasamos ahora, no siguiendo un camino, sino a través del parque, por la ruta que va trazando nuestro scout, Mandafo, por paisajes con una configuración y una vegetación únicas. Tengo la sensación de que muy pocos seres humanos han pasado por aquí antes. Debido a la dureza de la ruta llevamos retraso y no sabemos si alcanzaremos a coger algún camión que, tal vez, pase por Ambaras. Al llegar allí nos encontramos con un 4x4 alquilado por una pareja encantadora de belgas que, después de negociar con su chófer y darle necesariamente nosotras a éste 20 euros, nos llevan con ellos a Debark. Comemos rápido y cogemos el autobús a Gondar.
Por la mañana visitamos la iglesia de Debre Berhan Selassie, del siglo XVII. Absolutamente una maravilla. Las cabezas pintadas de ochenta querubines etíopes alados cubren totalmente el techo. Todos tienen expresiones ligeramente diferentes. No menos impresionante que el techo, son las pinturas de los muros. Una de ellas, es el retrato del Emperador Iyasu I, el fundador de la iglesia, otra es la imagen del Profeta Mahoma, en un camello, guiado por un demonio y otra la representación del infierno.
Seguimos visitando el resto de la ciudad y al final de la tarde volvemos a la iglesia de Debre Berhan Selassie.
Nos levantamos al alba para asistir a los oficios en la iglesia de Debre Berhan Selassie. Nos encantan. No nos cansamos nunca de asistir a los oficios de la liturgia copta. Desayunamos y nos vamos a toda prisa al aeropuerto para coger el vuelo a Lalibela. Lo suyo hubiera sido ir de Gondar en autobús a Bahar Dar y de allí volar a Lalibela, pero debido a las celebraciones de la fiesta de la Navidad en Etiopía, el 7 de enero, hay mucho problema con los vuelos y no podemos hacerlo.
Llegamos a Lalibela, donde nos alojamos cuatro noches en el hotel Jerusalem, que nos ha reservado Wondo, pues los días entorno a la Navidad etíope es muy arriesgado llegar a Lalibela sin reserva de hotel. El Jerusalem no es un hotel lujoso, pero es muy confortable. Las habitaciones son espaciosas y silenciosas, con vistas estupendas dando a las montañas, y el servicio es bueno. El precio es de 50 dólares. También se come muy bien en el restaurante.
Dedicamos la tarde a visitar el recinto de las iglesias excavadas en la roca, que está lleno de peregrinos que han venido de toda Etiopía a celebrar la Navidad o a cumplir alguna promesa. Visitamos siete de las once iglesias del recinto. Es un lugar sagrado y misterioso, donde se celebran diariamente los oficios, lleno de pasadizos para acceder de una iglesia a otra. El interior de las iglesias no es muy llamativo, pues lo impresionante en Lalibela es el conjunto y contemplar a la gente, en sí misma, su devoción.
Dedicamos la mañana a terminar de visitar el recinto de las iglesias. Es bueno volver. Esto es muy grande y requiere tiempo para hacerse con el espacio. Hay más peregrinos hoy, pues están llegando. Me siento en el pórtico de la iglesia de Bet Maryam y me fascina contemplar a los peregrinos, uno a uno, que salen por la puertecita del túnel que conecta la iglesia de Bet Medhane Alem con el gran patio formado por las iglesias de Bet Maryam, Bet Meskel y Bet Danaghel. Cada peregrino es un mundo para mí. Sus rostros, sus ropas, su luz, su ensimismamiento. Es una multitud, muy diversa étnicamente, pero cada uno es tan particular.
Por la tarde, disponemos de un 4x4 con chófer y guía. El coche nos cuesta 70 euros y el guía 15. La contratación de estos servicios, tanto para hoy como para mañana, nos la facilita Mohammed, el director del hotel Jerusalem y amigo de Wondo. Primero visitamos la interesantísima iglesia de Yemrehanna Cristos, a 21 km al oeste de Lalibela. Hay muchos peregrinos en las inmediaciones. Es una etapa de su peregrinaje. La gente del lugar les da comida. Duermen y rezan aquí. Pienso cómo sería la peregrinación a Santiago de Compostela en la Edad Media.
A 5 km de aquí está la iglesia de Arbatu Ensessa. No es interesante. Varios sacerdotes, sentados en el suelo al exterior de la iglesia, van haciendo montoncitos con el dinero que les han dado los peregrinos ricos y que luego se reparten entre si para ayudar a los pobres. Cerca de aquí, visitamos la iglesia de Bilbila Chirkos. Tampoco es interesante. De las tres iglesias que vemos esta tarde, recomiendo visitar solamente la de Yemrehanna Kristos, en taxi, lo que supone un importante ahorro en tiempo y dinero.
Llegamos a Labilea hacia las 6 de la tarde. Invitamos a los belgas, que nos trajeron de Ambaras a Debark, a cenar a nuestro hotel. En su hotel están alojadas dos chicas catalanas, pero una no se encuentra bien y no se vienen a cenar. También se une a nosotros Kalem, nuestro chófer del sur, que está acompañando a un grupo de australianos en Lalibela. La cena es estupenda y muy agradable.
Disponemos del 4x4 para el día. Nos cuesta 80 euros el coche y 25 euros el guía. Nuestra primera parada es a 6 km de Lalibela para visitar la iglesia de Na'akuto La'ab. No es demasiado interesante. Los peregrinos están en la iglesia. Un sacerdote lee un texto en ge'ez, la lengua utilizada por la iglesia copta y otro sacerdote lo va traduciendo al amárico, la lengua oficial de Etiopía.
Proseguimos nuestra ruta durante hora y media y llegamos a la entrada de la iglesia de Geneta Maryam. No la visitamos ahora, ya que nuestro objetivo esta mañana es llegar a la iglesita de Machina Maryam, que está en las montañas.
Nos esperan con dos mulas que han traído de Lalibela, un sacerdote de la iglesia de Bet Amanuel, que hace parte del recinto de las iglesias de Lalibela, y un sobrino suyo adolescente, hijo de otro sacerdote también de Bet Amanuel, pues esta iglesita tiene treinta sacerdotes. Compensa alquilar las mulas, pues, aproximadamente, hacemos en mula un 70% de la subida y un 35% de la bajada.
Empezamos el ascenso. El paisaje es maravilloso. A ratos tenemos que bajar de las mulas, porque es muy peligroso el camino. Delante va mi compañera en la mula guiada por el sacerdote. Mi mula, que va detrás, guiada por el jovencito, es muy inteligente. Cuando el camino que le marca el sacerdote es bueno, lo sigue, pero cuando es difícil o peligroso se aparta y sigue su propio camino. No todas las mulas son iguales. Éstas están mejor educadas y guiadas que nuestras mulas del Parque Nacional de las Montañas Simien. Después de dos horas de ascenso durísimo y de tensión llegamos a Machina Maryam. El esfuerzo merece la pena horrores. Nos espera un sacerdote. Han conseguido avisarlo. El director del hotel nos ha intentado disuadir de ir, por la dificultad del camino y por lo difícil de conectar con el sacerdote, aunque el paisaje, nos dice, sería suficiente para hacer el esfuerzo.
Se trata de una iglesia pequeñita, aislada en lo alto de la montaña dentro de un recinto amurallado y llena de frescos delicados muy primitivos. Es sobrecogedor. Pienso en esos viajeros extranjeros que recorrieron España en el siglo XIX y principios del XX visitando en mula nuestras iglesitas remotas románicas y pienso que tal vez ellos sintieron entonces lo mismo que yo siento ahora. Volvemos a bajar.
Son las 4 de la tarde. Visitamos la interesantísima iglesia de Geneta Maryam con preciosas pinturas del siglo XIII y con veinticuatro pilares, que representan los ancianos del Apocalipsis y los apóstoles. La visita tiene que ser rápida, pues los sacerdotes tienen que cenar para ir a los oficios, no olvidemos que hoy es Nochebuena en Etiopía. No sé si otros días tendrán más tiempo los sacerdotes, por eso aconsejo salir a las 6.30 de la mañana de Lalibela y no a las 8 como hacemos nosotras aconsejadas por el guía.
Llegamos a Lalibela. Cenamos en el hotel y nos vamos al recinto de las iglesias, donde la celebración de los oficios de la Navidad empieza a las 8 de la tarde en el patio formado por las iglesias de Bet Maryam, Bet Meskel y Bet Danaghel. Hay una multitud. Entrar en el patio es una proeza. Pero dar un paso, una vez dentro, resulta imposible. Lo intentamos. Nos ve un obispo de Addis Abeba, que está oficiando, y que hemos conocido dos días antes en el taxi viniendo del aeropuerto. Nos hace señas, y no sé cómo, nos van haciendo hueco y nos encontramos en la parte de delante. Hay cientos y cientos de sacerdotes vestidos de blanco, que cantan, bailan y agitan sus sonajeros de madera y metal. En el centro del patio, un grupo de sacerdotes, con ropajes fabulosos, baila a un ritmo trepidante, por parejas, mientras la multitud canta. En un momento dado, en el frenesí del sonido de los sonajeros, entre bailes y cánticos, los sacerdotes y la multitud alcanzan el paroxismo del fervor y uno siente que algo se va a romper en el espacio. Durante un tiempo breve, en el silencio más absoluto, uno sigue oyendo el temblor sentido. Entonces, un sacerdote con una voz dulce y hermosa entona un himno. Después, todo recomienza. Todo es muy sorprendente. La liturgia copta es riquísima. A las 12 de la noche decidimos ir a descansar un poco al hotel.
Retornamos a las 4 de la mañana a los oficios. Volver a entrar no es cosa fácil. Mi compañera ve a un policía, a quien el día anterior le ha hecho una fotografía, y gracias a él conseguimos llegar de nuevo al patio. La gente, incluidos los sacerdotes, está durmiendo tendida en el suelo. Al amanecer se reanudan los oficios. Empieza la procesión. Los sacerdotes van ascendiendo por el borde de la roca que rodea el patio de las iglesias. La gente canta entusiasmada, mientras los sacerdotes, en lo alto de la roca, se balancean al ritmo de los cánticos. Después, empiezan a descender y a concentrase en el centro del patio. Estéticamente es una preciosidad. Cuando todo termina son las 9 de la mañana.
Tan bonita como la celebración de la Navidad (Leddet), o quizás más, parece ser que es, aquí en Lalibela, la celebración de la Epifanía (Timkal), el 19 de enero. Aunque algunos dicen que el lugar más interesante para la celebración del Timkal es Gondar.
Volvemos al hotel, nos duchamos y desayunamos. Si hubiéramos tenido vuelo para Bahar Dar, nos hubiéramos ido en el avión de las 11:45, pues la visita de Lalibela está terminada, pero como eso no es posible, decidimos darnos un día de relax. Damos una vuelta por el mercado. Después, comemos en el Blue, que nos recomienda en Harar Carlos, el pintor catalán, pues conoce al propietario. Encontramos aquí a la cuarta y última española de nuestro viaje. Vive en Alemania. Viaja sola. Le preguntamos que por qué ha elegido Etiopía y nos dice que conoció en dos lugares diferentes a dos parejas que habían viajado muchísimo y les había preguntado cuál era para ellas el país más interesante de todos los que habían visitado, y las dos le habían contestado que Etiopía. Dedicamos la tarde a pasear tranquilamente por el recinto de las iglesias, ya muy familiar para nosotras. Sigue habiendo peregrinos, pero más bien de Addis Abeba u otras ciudades, que están haciendo el recorrido de las iglesias como nosotras.
Cogemos el vuelo para Bahar Dar a las 11:45. Llegamos al medio día. Nos alojamos en un hotel nuevo, céntrico y muy bueno, el Summerland, cuyo precio es de 38 euros.
Comemos un pescado magnífico en el restaurante del hotel Tana, al borde del lago Tana. Allí, nos encontramos con una pareja estupenda de alemanes, Peter y Delphine, que hemos conocido en la estación de autobuses de Shire y reencontrado después en el hotel de Gondar, y quedamos para visitar juntos, a la mañana siguiente temprano, los monasterios del lago.
El precio de la lancha, que contratamos en el Hotel Tana, es de 60 euros para los cuatro. Contratamos una lancha rápida, que es más cara, porque a toda costa queremos ver el monasterio de Nagar Selassie, que está lejos, y tenemos que coger mañana el vuelo para Addis de las 16:30.
Por la tarde paseamos por el borde del lago y contemplamos a los pelícanos. Cenamos en el restaurante del hotel, pero no muy bien.
Al alba, nos embarcamos con Peter (Delphine tiene gripe y no viene) para visitar los monasterios del lago Tana. Navegamos durante dos horas hacia el monasterio de Nagar Selassie, el más alejado de todos. La iglesia es una maravilla, absolutamente imprescindible. Llena de bellísimo arte, silencio y paz.
Retornamos, navegando una hora, hacia el monasterio de Ura Kidane Meret. La iglesia también es muy bonita, pero no tanto como la anterior. Unos muchachos intentan darnos una especie de recibo y hacernos pagar por entrar en el bosquecito donde está ubicada la iglesia. No pagamos. Se lo comentamos al sacerdote encargado de la iglesia, que habla inglés, pero no se inmuta. Todo esto quita la tranquilidad y la paz.
Finalmente, navegamos para ver la iglesia de Azwa Maryam, pero no merece la pena. En el Lago Tana, si se es mujer, los dos únicos monasterios que merece la pena visitar son Nagar Selassie y Ura Kidane Meret. Peter nos cuenta que se negó, el día anterior, a visitar un monasterio del lago que admite sólo a hombres.
Retornamos a Bahar Dar y nos dirigimos a toda prisa al aeropuerto para coger el vuelo, de una hora de duración, hacia Addis Abeba.
Por la noche, cenamos con Wondo en un restaurante típico con música etíope, donde, salvo una pareja de canadienses, las demás personas parecen etíopes.
Desayunamos en casa de Wondo. Nos deja en la puerta del Museo Nacional, pero es una fiesta musulmana y está cerrado. Dedicamos la mañana a pasear por Addis Abeba, que no le encuentro nada especial y vamos al mercado. Por la tarde, subimos a la iglesia de Entoto Maryam. Hay un oficio. El sacerdote está en la puerta de la iglesia y la gente sentada en el exterior. Queremos ver las pinturas murales, pero no se puede entrar durante los oficios. Nos vamos, pues no tenemos tiempo de esperar. Las vistas desde las montañas de Entoto, donde está situada esta iglesia, son muy bonitas.
Cenamos en un restaurante la última inyera, que a mi compañera le encanta, y nos vamos para el aeropuerto, pues nuestro vuelo para Frankfurt sale a las 23:45 con Ethiopian Airlines. El vuelo es normal, aunque unos africanos, que hablan portugués, y cuyos asientos están detrás de los nuestros, se pasan la noche de juerga. Es la primera vez que veo algo así en un vuelo nocturno.
Llegamos a Frankfurt a las 5:15 de la mañana del día siguiente y salimos con Iberia tres horas después para Madrid, donde aterrizamos a las 10:30.
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