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COSTA RICA

- Cuaderno de viaje a Costa Rica

(2003)
José Antonio García Moreno
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Viatgeaddictes, 23/05/2011
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13 de Septiembre

Nos levantamos como de costumbre, dispuestos a empezar la última etapa Empiezo con muchos bríos, pero poco a poco la debilidad me empieza a pasar factura. Hay que tener en cuenta que llevamos seis jornadas comiendo prácticamente dos veces al día un poco de arroz y/o pasta, con algún trozo de plátano frito que cogimos al principio y leche en polvo cuando nos llega el agua.

El camino se complica en una nueva e interminable sesión de subidas y bajadas. Mi cuerpo empieza a pasarlo muy mal. Tengo un pequeño tirón muscular en el muslo derecho, que me hace ver las estrellas cada vez que tengo que hincar el talón para no resbalar en las bajadas. La sensación de debilidad va en aumento, y en algún momento me empiezo a marear y el agua se vuelve a acabar. Es una experiencia muy fuerte. Toda mi misión y concentración consiste en intentar poner un pie delante de otro, voy como un zombi o un borracho. Saco fuerzas de flaqueza y digo que hasta aquí hemos llegado, que no sigo más, y que si hay que avisar a los servicios de emergencia, se les avisa. Primero agua, y después salir del bosque.

Ante mi estupor, Zenón dice que puede conseguir agua. Me quedo con Jesús, y a los quince minutos viene con las cantimploras llenas. Ve que estoy medio muerto, y hasta que no me planto, no va a por agua. En la espera, le planteo a Jesús que esto no puede ser: pues bien, me dice que el tampoco entiende nada. Que estamos yendo de forma que nos quedan horas de marcha, y que por si él fuera ya estaríamos en el pueblo, que hay una forma de ir mucho más rápida y cómoda, pero que no ha dicho nada porque el jefe es Zenón. Le exijo que me saque de allí por ese camino y que se lo diga a Zenón. Éste acepta desconcertado y seguimos por el buen camino. La hipótesis de Jesús es que Zenón quería llegar más tarde porque en el pueblo se iban a dar cuenta de que no se había cumplido el plan inicial y eso sería como un fracaso para él.

Poco a poco vamos saliendo del bosque virgen y, a la caída de la tarde conseguimos llegar a Coroma. En la pulpería compramos tomate, cebolla, ajo y un pollo para freír. Ah, y una coca-cola como final de la caminata. Ya casi ni me acordaba. Previamente nos damos un buen baño en el río.

Duermo de nuevo en casa de Zenón. Casa, como muchas de esta zona, extremadamente pobre. Es un palafito con varias estancias, de madera, y techo de hojalata (otras lo tienen de paja), con la particularidad de que las estancias están prácticamente vacías. No hay muebles, no hay camas ya que se duerme directamente en el suelo, no hay luz ni baño... Esto es otra Costa Rica sin lugar a dudas. Y hay poblados que están a cuatro días de caminata por los senderos que acabo de describir.

Hay que señalar que estamos en tierra bri bri y cabecar. Mis acompañantes son bri bris. Conservan sus formas de vida y cultivo tradicionales, tienen una lengua propia prehispánica que utilizan habitualmente entre ellos, y habitan en zonas remotas como la que estamos. Hay afortunadamente en ellos una conciencia de que su cultura e identidad hay que mantenerlas, pero a medio plazo si no ya tendrán que resolver el eterno problema entre tradición y modernidad.

Esta caminata ha transcurrido entre las cuencas de los ríos Cohén y Lari, en concreto en los cerros aledaños al río Suinxi, en el territorio de las Reservas Indígenas Bri Bri de Talamanca y Cabecar de Talamanca, en la sierra del mismo nombre, provincia de Limón, en el sureste de Costa Rica.

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14 y 15 de Septiembre

Regreso al campo base de San José por etapas. Últimas dos horas de caminata atravesando los cuatro ríos del principio hasta Amubri. Despedida cortés pero más bien fría de Zenón y Jesús. Espero el primer bus que me llevará al río junto a Suretka.

Nueva espera en Bri Bri, centro de las comunidades indígenas de la Cordillera de Talamanca, y cinco horas de bus hasta San José. Llego al hotel, repaso el correo electrónico, y a descansar.

El día siguiente es de descanso y recuperación en el albergue. Lavado de ropa, algunas compras en la pulpería, que está abierta, buena alimentación y preparación de la siguiente etapa. Ya he reservado el Trinidad Lodge, un hotelito que tiene muy buena pinta en el noreste del país, en la ribera del río San Juan que es frontera con Nicaragua.

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16 de Septiembre

De nuevo a la terminal del Caribe a tomar la guagua que me llevará en algo menos de dos horas a Puerto Viejo de Sarapiquí. Salimos por la ruta que va a Limón y, tras atravesar de nuevo el espléndido bosque nuboso que constituye el Parque Nacional Braulio Carrillo, giramos hacia el norte. El paisaje es sumamente agradable y está muy humanizado. Siempre verde, es una sucesión de fincas no muy grandes con su casa, y dedicadas al cultivo o a pastizales de ganado vacuno.

Llego a Puerto Viejo. Se nota que estamos en la llanura norteña y que hemos dejado atrás los 1.150 metros de altitud de San José, donde estos días hacía bastante fresco. Aquí se vuelve a sentir el calor tropical. Todos estos días seguimos con el clima típico: soleado por las mañanas y lluvias, generalmente fuertes, por las tardes. El pueblo se encuentra a orillas del río Sarapiquí. La misma sensación de vida sencilla y tranquila, mucho comercio, y un aroma de autenticidad que se encuentra en todos los sitios que no están invadidos por el turismo y conservan su identidad. En tiempos, este pueblo fue un importante centro comercial. Siguiendo el Sarapiquí y después el río San Juan, se salía al Océano Atlántico.

Arrancamos como a las 12.30 del mediodía, mientras comienzan las lluvias de la tarde. El bote de transporte público es una pequeña embarcación de madera, cuyos asientos son tablas transversales y con capacidad para dieciocho personas. Suelo plano, para poder navegar con poca y mucho agua. Se llama Torito.

Vamos río abajo hacia la confluencia con el San Juan, encajonados en un pequeño talud. Se ve que lo que antiguamente fue bosque tropical, hoy es una sucesión de fincas bananeras y ganaderas, que en ocasiones incluso han acabado con la vegetación de ribera, llegando hasta la misma.

Estamos acercándonos a la frontera nicaragüense. Dada la enorme diferencia de desarrollo económico de Nicaragua y Costa Rica, la inmigración de los nicas hacia este país es muy grande. Son residentes legales más de 250.000, es decir, el 5% de la población total costarricense, y la inmigración clandestina es muy grande.

Al cabo de unas dos horas, el bote me desembarca en el hotel Cabinas Trinidad. Está situado exactamente en la margen derecha del río Sarapiquí, en la misma esquina en que confluye con el río San Juan. El lugar es realmente de ensueño. Un edificio grande que es vivienda y pulpería. Detrás un comedor en forma de choza redonda. Luego, alineadas frente al río, a unos veinte metros de él, seis cabinas o pequeñas cabañas, con tres camas y baño completo cada una. De frente, un pequeño jardín y la confluencia de los ríos. Pegadito al río un cobertizo que protege del sol y de la lluvia, alberga unas hamacas colgadas de los árboles para tumbarse a contemplar sin más. Todo lo que se ve enfrente es territorio nicaragüense, un bosque lluvioso absolutamente virgen que se extiende por toda la vertiente atlántica de Nicaragua. Río abajo, entraríamos en el lado tico en la Reserva de Fauna Silvestre de Barra del Colorado, que por el sur se une con el Parque Nacional de Tortuguero.

Está en proyecto la creación de un Parque internacional a ambos lados del río llamado Sí a Paz. Sería una iniciativa formidable. Hay que tener en cuenta que, hasta hace pocos años, y debido a la guerra civil entre sandinistas y contras esto era una zona turbulenta. Paradójicamente, ellos contribuyó a su mejor conservación. Como curiosidad, la frontera entre los dos países no pasa por el centro del río como sería lo habitual. Todo el río es nica, y Costa Rica empieza en su propia ribera. A cada lado del río se ven asimismo los puestos de inmigración de ambos países. Es posible desde aquí adentrase en Nicaragua, pero teniendo en cuenta que el transporte por el San Juan es muy irregular.

Me voy a quedar aquí relajado por lo menos dos días completos. El precio de la habitación para uno sólo es de 7.5 euros. La pensión completa no pasa de los 20 euros diarios.

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17 de Septiembre

Duermo acompañado por los gritos de los cercanos monos aulladores. Me levanto y afortunadamente el servicio es bueno, y en lugar del gallopinto, desayuno fruta y unos huevos revueltos. Antes de desayunar, sentado un momento a la puerta de la cabina, un colibrí de color azul metálico y oscuro pasa libando de flor en flor.

Después, doy un paseo de una hora por las riberas y campos de los alrededores, y consigo ver en los árboles a unos cuantos monos carablanca. Me acompaña como guía un joven inmigrante nicaragüense sin papeles que trabaja en el hotel.

A última hora decido no ascender el cerro Chirripó, el más alto de Costa Rica. El tiempo está muy revuelto e inestable, todavía me noto algo cansado, y no me apetece acometer otra empresa que puede ser dura yo solo o acompañado por un guía que siempre es una lotería. Termino con una buena cena a base de gambones un día en el que por cierto no ha llovido.

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18 de Septiembre

Me levanto temprano y tras un buen desayuno a base que queso y fruta, emprendo con el hijo de la dueña una excursión a pie por el bosque lluvioso ribereño del río San Juan. Camino bien acondicionado y cómodo. El bosque es menos denso que el de la Cordillera de Talamanca, ya que se trata de una zona menos húmeda. Avistamos huellas de tapir, y monos carablanca y araña. Veo también una preciosa rana negra y verde intenso. Esta intensidad del color suele anunciar a otros animales que es venenosa y por consiguiente es mejor dejarla en paz.

Tarde tranquila de lectura que termina como casi siempre en tormenta y lluvia.

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19 de Septiembre

Tras un te y unas galletitas, a las cinco de la mañana vuelvo a tomar el bote camino de Puerto Viejo. Recorrido tranquilo, con la neblina que casi siempre se forma al amanecer en los ríos de las zonas tropicales. Al poco rato de llegar enlazo con el primer bus del día que me ha de llevar a San Carlos, también llamado Ciudad Quesada. Son dos horas de trayecto, la primera mitad por terreno llano, y la segunda por un precioso paisaje de colinas que constituyen las estribaciones orientales de la cordillera de Tilarán. Todo el recorrido está bastante poblado, con una continua sucesión de fincas cultivadas, prados y pequeñas o medianas viviendas unifamiliares. El viaje se hace un poco pesado, ya que la guagua para continuamente para recoger gente que va y viene seguramente a trabajar, y multitud de escolares que se distribuyen por las escuelas del recorrido. Por lo que sé no existe el transporte escolar como entre nosotros, lo cual es un gran problema para las familias más humildes, ya que aquí, como en casi todas partes, el coste diario de ese transporte es muy gravoso para las familias.

Llegamos a San Carlos, una muy agradable ciudad situada en un valle entre las colinas, pero de la que no puedo disfrutar porque en media hora sale la siguiente guagua rumbo a mi destino final en Fortuna. Este último tramo discurre entre características y paisajes similares al anterior. Un poco antes de llegar a Fortuna veo, envuelta en nubes, la silueta del volcán Arenal, que está en perpetua actividad desde hace más de veinte años.

Me instalo en el hotel, modesto y céntrico como de costumbre, y tras el chaparrón de todas las tardes, se quitan las nubes bajas y veo el cono perfecto del volcán, echando un poco de humo por el cráter. Fortuna es una ciudad de las que no me gustan: pequeña, pero llena de agencias de turismo y volcada en la visita al volcán y alrededores.

Las autoridades del Parque Nacional de Arenal tienen prohibido subir a la montaña por razones obvias. No hay más remedio que apuntarse a un tour turístico para aproximarse un poco al monte y ver, si es posible, la emisión de rocas incandescentes por la noche. Hacemos un pequeño recorrido a pie por un bosque lluvioso, y terminamos el pateo con una espectacular vista del volcán desde una colina cercana. Ahí, cuando cae la noche, y aunque la cumbre no está del todo despejada, vemos caer por la ladera las rocas iluminadas de rojo. De inmediato nos dirigimos a un nuevo observatorio para tener una mejor visión. Este observatorio está situado junto a una carretera y en una zona llena de luces de hoteles y restaurantes. Es increíble, pero no hay habilitado ningún lugar ni mirador nocturno en que poder gozar en silencio y en la oscuridad del espectáculo de un volcán activo emitiendo lava en la noche. Aún así, vemos caer las rocas por la ladera, lo que hace que, a pesar de todo, merezca la pena.

El fin del tour es un horror: unos baños en unas aguas termales atestadas de gente y decoradas estilo imperio romano. No consigo soportarlo, y afortunadamente me bajo al pueblo con un chófer y consigo librarme de semejante esperpento. Supongo que soy un poco raro o elitista o lo que se quiera, pero a estas alturas de la película, paso de soportar lo que me parecen idioteces, independientemente de que lo sean o no.

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20 de Septiembre

El día en Fortuna amanece lluvioso desde primera hora. Tenía previsto un paseo para ver una catarata que está a unos cinco kilómetros de aquí, pero como tampoco es un plan que me entusiasme, decido marcharme a Tilarán, ya en la provincia noroccidental de Guanacaste, bordeando el lago Arenal. Todo el mundo lo llama lago Arenal, pero en realidad no es propiamente un lago, ya que es artificial. Tiene 88 km2, es el más grande del país y suministra una parte importante de la producción de energía eléctrica.

El paisaje es el habitual en este último tramo: colinas suaves y verdes hasta los mismos bordes del lago. Durante la primera parte del viaje no logro ver nada, ya que la niebla y la lluvia lo impiden, pero poco a poco va abriendo, y la tranquila belleza del lago se va presentando al viajero. Hasta llegar a Tilarán, que es el destino de hoy, bordeamos la casi totalidad del lago, y el entorno es netamente turístico. No hay casi fincas de labor, y sí cada cierto tiempo cabinas, hoteles, lodges y toda la variedad posible de oferta alojativa con los consiguientes complementos de aventura: kayak, aguas bravas, senderos, canopy... Aclaro que el canopy consiste en deslizarse en tirolina a través del bosque.

Aunque en uno de los tramos la carretera está muy mal y lleno de baches, sigo constatando que la red de carreteras costarricense es muy buena para los parámetros latinoamericanos. Y una mención también a la red de autobuses: excelente. Son bastante cómodos, llegan a todas partes, funcionan con puntualidad y además son muy baratos. El recorrido más largo, que puede durar más de cuatro horas, no llega a los seis euros. Y otro dato más a tener en cuenta: los conductores son prudentes, por lo que, además de todo lo anterior, viajar en guagua en Costa Rica es seguro.

En cualquier núcleo de población de un cierto tamaño es posible conectarse a Internet por un euro la hora más o menos. Por otra parte, gratuito o pagando son cada vez más los hoteles que incluyen este servicio a sus clientes. Las comunicaciones interiores las hago por teléfono: reserva de hoteles, contacto con guías, gestiones varias. En todas partes, hasta en las más alejadas, hay teléfonos públicos que funcionan con tarjetas numeradas que se pueden comprar en cualquier parte. Las llamadas internas son extremadamente baratas.

Antes de comer, llego al pueblo al que me dirigía: Tilarán. Muy grata sorpresa. Nada más bajar del bus noto una atmósfera superagradable que me invita a quedarme más de un día. Calles anchas, limpias, situada a 500 metros sobre el nivel del mar, con una brisa que se agradece y un ambiente muy familiar en la calle. Están en fiestas, y entre hoy y mañana hay un raid a caballo alrededor del lago. En toda Costa Rica, pero sobre todo en esta zona noroeste, el caballo se sigue utilizando y es parte de la identidad del pueblo. Se usa y se festeja, al estilo de los rodeos norteamericanos.

Me permito un agradable hotel en el centro del pueblo: jardín interior, galería con vistas a los volcanes Tenorio y Miravalles, habitación con baño privado, agua caliente, ventilador y televisión por cable. Muy limpia. Y todo ello sin tirar la casa por la ventana: tras un regateo me sale por doce euros y medio.

Hablo con un guía y con el responsable de un hotel de la zona para ir al cerro Chirripó y ambos coinciden en que el tiempo no es excesivamente malo, en que el camino se encuentra bien, no tiene pérdida ninguna, y por consiguiente no se necesita guía para subir. Además, puedo contratar un porteador que me dejaría toda la carga más pesada en el refugio que está antes de la cumbre. Esto me anima mucho, y por enésima vez vuelvo a cambiar de opinión y decido subir al cerro.

Por la tarde asisto a la eucaristía en la Catedral de Tilarán. Mucha gente, de todas las edades. Parece claro que a este país no ha llegado la secularización que tenemos en Europa. La gente mantiene un sentimiento religioso muy grande, independientemente de la iglesia a la que pertenezcan. Hay templos por todas partes.

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21 de Septiembre

Me levanto de un excelente humor. A ello contribuye creo esta ciudad, y también el sol radiante que luce por la mañana. Me hubiera gustado quedarme a ver la llegada de los jinetes del raid que empezó ayer, pero tengo que salir temprano a San José para preparar todo para la caminata del Chirripó, y el viaje dura cuatro horas. Me despido con pena de esta ciudad.

En el camino vamos bajando suavemente hacia el oeste, dejando las colinas para llegar a una zona más llana, cercana a la costa del Pacífico, y desde ahí girar al sur para luego subir a la meseta valle donde está San José. El paisaje es parecido: verde y fincas, como hasta ahora. Esta es una zona de bosque seco.

Llego a San José y me empiezo a debatir conmigo mismo si subo o no al famoso cerro Chirripó. Tras horas de duda, tomo la decisión definitiva y es que NO. Llamo y cancelo los compromisos que tenía. Razones: subir era más una cabezonada que otra cosa. No me apetece subir solo en estas condiciones. Aunque los lugareños digan que es fácil, no me fío mucho de ellos teniendo en cuenta las anteriores experiencias. El tiempo sigue siendo muy inestable con continuas lluvias y tormentas. No creo que el sendero, y más en día laborable, esté muy concurrido que digamos. Son casi cuatro mil metros y eso siempre entraña un cierto riesgo, y no parece que haya guía que le apetezca demasiado. En esas condiciones, cualquier contratiempo que se produzca puede ser muy desagradable.

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22 de Septiembre

Me levanto temprano como casi siempre. Voy a dedicar el día en San José a hacer gestiones y visitas varias. Empiezo cambiando dinero en una casa de cambio, que parece que roban menos que en los bancos, y después me persono en las oficinas de las Líneas Aéreas de Costa Rica a reconfirmar el vuelo de vuelta...

Entro en una buena librería del centro a husmear y ver como anda la cosa por aquí. Agrada ver que está muy bien surtida, y que no es la única ni mucho menos en la ciudad. Siempre que viajo a algún lado me gusta profundizar en la cultura de ese pueblo, ya que entiendo que viajar no es sólo ver cosas, sino sobre todo abrirse a nuevos paisajes y nueva gente, tratando de que te enriquezcan, de que amplíen tu horizonte y en definitiva, tratando de conocer más a fondo aquello que se visita. Creo que es la forma de respetarlo y quererlo más, y de que el patrimonio de los diversos pueblos pase de alguna forma a ser parte de ti. En esta misma línea visito una tienda de artesanía que recoge obras de distintos artistas de pueblos indígenas.

Tras un buen rato en esta tienda de artesanía, visita al Museo del Jade. Se trata del único museo que existe del jade precolombino americano que se trabajó desde el año 500 antes de Cristo hasta el 800 después de Cristo, y aún después de que se extinguió el jade en Costa Rica, hasta la llegada de los conquistadores españoles. Disfruto de los colgantes, las esculturas, en fin, del jade hecho belleza. Otro aliciente de este museo es que se encuentra en lo más alto de un edificio desde el que se contempla toda la ciudad de San José, extendida a los pies de las montañas. Unos pocos edificios altos, y lo demás construcciones de no más de dos o tres alturas. Una ciudad agradable.

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23 de Septiembre

Viaje muy pesado de casi cinco horas al Parque Nacional Manuel Antonio. No llegué a tiempo del primer exprés y el que he tomado para continuamente.

Ya en el último tramo de este viaje, puedo hacer una constatación: este es un país que se puede recorrer perfectamente en coche alquilado, y desde luego trae mucha cuenta si se viaja en grupo. Las carreteras son buenas y llegan a casi todos los sitios de interés, están bien señalizadas, y la forma de conducir de los ticos no es exactamente europea, pero es bastante aceptable.

La primera parte del viaje a Manuel Antonio, en la costa central del Pacífico, transcurre por una muy bonita y revirada carretera montañosa, que atraviesa valles angostos, quebradas profundas y laderas empinadas, a medias repartidas entre bosque y prados donde pacen las vacas. Un poco antes de llegar al Pacífico, la carretera pasa junto al Parque Nacional Carara. Rodeado de zonas de cultivo y pastoreo, es un oasis para la fauna salvaje. Es el bosque lluvioso tropical más septentrional de la costa pacífica, en plena zona de transición a los bosques secos tropicales situados más al norte, y que no he podido ver en este viaje.

Desembocamos en la costa, en una zona verde y abrupta con pequeñas playas. Poco a poco la costa se hace más plana y aparecen grandes plantaciones de palmeras de vez en cuando. Y en seguida se ve que estamos en lugares turísticos. En este sentido, esta infraestructura está mucho más desarrollada en la costa pacífica que en la atlántica: villas, apartamentos, cabinas, hoteles, actividades lúdicas... La última población grande antes del Parque y del pueblito de Manuel Antonio es Quepos.

Llego a Manuel Antonio lloviendo a cántaros y localizo las cabinas en que me alojo. La mía tiene siete camas y, naturalmente, estoy yo solo, tanto en la cabina como en el hotel. Me siento en la galería a la que dan las habitaciones. Son las cuatro de la tarde y cae el diluvio universal sobre el jardín, muy guapo por cierto, y sobre toda la zona.

Paseo bajo la lluvia y ceno un pescado muy rico frente al mar. Afortunadamente el dueño me deja un paraguas.

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24 de Septiembre

Como amanece casi despejado, desayuno temprano, hago compra en una pulpería, y me dedico a recorrer los senderos del Parque Nacional de Manuel Antonio. Es un pequeño espacio protegido con bellas playas tropicales, en una costa escarpada, y a cuyas orillas llegan los bosques. Tiene también promontorios con vistas al océano y una abundante vida salvaje. Posee además dos cosas que hacen cómoda e interesante la visita: por un lado una estupenda red de senderos, bien acondicionados y señalizados; por otra, es visitado por mucha gente, con lo que los animales están más habituados a la presencia humana y, por consiguiente, se dejan ver con más facilidad.

Hoy veo aves, monos carablanca, un lagarto muy grande y otros más pequeños de colores muy bellos, un pequeño venado llamado cabro de monje y un par de coatíes, eso creo que son. Parece ser que pasé al lado de un perezoso, pero no lo vi, lo cual tampoco es de extrañar, teniendo en cuenta mi extraordinaria agudeza visual.

Por la tarde doy una vuelta por la playa del pueblo.

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25 de Septiembre

Desayuno en un sitio con una muy buena relación calidad precio. Como en toda zona turística que se precie, aquí está todo mucho mas caro que en las partes que podríamos llamar normales del país. Dentro de eso es el mejor sitio de por aquí, que, como no podía ser menos, he encontrado en el último día de mi estancia. Por la mañana voy al pueblo de Quepos, a nueve kilómetros. Nada de especial, pero aprovecho para reservar el billete de bus para mañana, ya que en este lugar puede haber problemas con las plazas.

En varios hoteles ondea la bandera arco iris, que como se sabe, significa que los clientes homosexuales son bien recibidos. Costa Rica es uno de los países que está abriendo espacios de libertad, y en que las personas homosexuales, lesbianas o bisexuales pueden vivir y expresarse sin esa asfixia.

La playa de Manuel Antonio está enmarcada por dos verdes promontorios y con cinco islotes a unos cientos de metros de la orilla. Hay que señalar que las costumbres playeras son universales, como tantas cosas: tablas de bodysurf, de surf donde hay suficientes olas... Pasa un ultraligero sobrevolando la costa. En definitiva, si andas bien de dinero, aquí tienes todas las atracciones que quieras.

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26 de Septiembre

Regreso de nuevo y final a la base de operaciones en San José, a través de un paisaje moteado de cafetales. Día que dedico a las últimas gestiones y a organizar los dos próximos días antes del regreso a España.

Comida en McDonald's (con perdón). Ya en el albergue, al fin me doy gel de aloe vera en las múltiples picaduras y mordidas de bichos.

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27 de Septiembre

Permaneceré en San José haciendo escapadas de un día. Hoy lo dedico a visitar el Parque Nacional del Volcán Poás, al que se puede acceder cómodamente en transporte público.

De camino al volcán, encontramos de nuevo grandes plantaciones de café, que tiñen el paisaje de ese verde brillante y muy oscuro que caracteriza a esta hermosa planta. Tras pagar la correspondiente tasa de siete dólares que está estipulada para cada día de visita en los parques nacionales, llegamos a destino. Es interesante comentar que al principio de llegar al país o al preparar el viaje, choca bastante que los precios de algunos productos o servicios de referencia están expresados en dólares: entradas a parques nacionales, alquiler de vehículos, tarifas de hoteles... Esto no quiere decir que no se pueda pagar en colones que es la moneda nacional, y de hecho, en la práctica, casi siempre los pagos son en esta moneda. Lo que se pretende al fijar los precios en dólares es conseguir una cierta estabilidad y constancia de los mismos. Debido a que el colón se deprecia casi todos los días un poco con respecto a la moneda de referencia en la zona que es el dólar, se tendrían que actualizar las tarifas cada poco tiempo para que los ingresos reales no disminuyeran. De esta manera, cada día se actualiza automáticamente el precio en colones de acuerdo a su tipo de cambio con el billete verde. Esto en Europa nos suena muy extraño, pero es muy frecuente en países con monedas y economías débiles y por consiguiente muy dependientes de las grandes potencias económicas.

En cuanto al hecho de que se cobre por disfrutar de la naturaleza, que es patrimonio de todos, creo que es muy discutible. Este fenómeno de todas maneras es mucho más común en los países en vías e desarrollo, que aprovechan la llegada de los turistas para llenar un poco sus arcas. De todas formas, los residentes pagan mucho menos: en torno a un euro y medio.

Desde luego, los amantes de la observación de los volcanes en actividad, difícilmente encontraran otro sitio en que puedan disfrutar de ellos con más facilidad y variedad. A diferencia del Volcán Arenal, que visité anteriormente, y cuya cima es la parte pequeña del cono volcánico, el Poás es un volcán activo con varias depresiones en forma de caldera en su interior. En el fondo del cráter principal se forma una laguna, rica en azufre y ácidos. Hay otro antiguo cráter sin actividad y uno más ocupado por una laguna cuyas aguas son frías y de origen pluvial. La guagua llega hasta más o menos un kilómetro de distancia del cráter. Es tiempo es lluvioso, con muchas nubes y nieblas, y siempre existe la posibilidad de no ver absolutamente nada. Hay que tener en cuenta que estamos a 2.700 metros sobre el nivel del mar.

Al llegar al mirador, justo en el borde del cráter, el espectáculo es fantástico. Es una caldera enorme, que ya sólo por su dimensión sobrecoge: 1.5 kilómetros de diámetro y 300 metros de profundidad. El bosque consigue llegar casi hasta el mismo borde de la caldera, pero a partir de ahí es el reino de lo mineral, con los colores de las calderas volcánicas activas: amarillo suave del azufre, ocre o negro de las rocas eruptivas, paisaje retorcido y dramático, fumarolas que emiten vapor de agua y gases sulfurosos. Y en el fondo una laguna burbujeante de la que sale también una gran fumarola. Se oye el ruido de ese burbujeo. El color de la laguna es de un verde azulado muy claro que marca un espléndido contraste con los tonos de alrededor. La niebla entra y sale del cráter como Pedro por su casa, haciendo que a cada minuto la obra de arte que nos regala la naturaleza sea diferente y a la vez la misma...Cambia la dirección del viento y, al empujar las fumarolas hacia donde nos encontramos, se siente el olor del azufre.

Recorro varios senderos que atraviesan el bosque circundante, el último de ellos a paso ligero ya que tengo encima la tormenta nuestra de cada día, y no me apetece mucho que me parta un rayo. De vuelta a San José en el bus (aquí todo el mundo lo llama así y no guagua) voy a cenar en un agradable paseo bajo la lluvia y bajo el paraguas, claro.

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28 de Septiembre

Amanece caluroso el último día de mi estancia en Costa Rica, y hoy voy a ir de turista total. He contratado un tour para visitar la Reserva Privada del Teleférico del Bosque Lluvioso: transporte, guía, comida y transporte en el teleférico incluidos. La figura de protección que se conoce como reservas privadas responde a una iniciativa conservacionista que no es nada frecuente en el mundo o, al menos, yo no la conozco de otros lugares. Consiste en terrenos extensos de propiedad privada, y que, por medio de esa iniciativa, pretenden conservar y acercar la naturaleza a los visitantes y, en muchas ocasiones, a los investigadores. Son explotaciones y, en definitiva, negocios, pero que complementan la iniciativa pública de protección de espacios naturales. Hay un marco regulador estatal, pero es la iniciativa privada la que promueve, gestiona y financia las reservas.

Esta en concreto protege un ecosistema de bosque lluvioso, lindante con el gran Parque Nacional Braulio Carrillo. Algunos senderos y un puente colgante que se mueve más bien poco. Pero lo más novedoso e interesante es un teleférico que además ha sido instalado y funciona con el mínimo impacto medioambiental. Las cabinas son unas cestas abiertas, cubiertas con un toldillo, y que recorren silenciosamente el bosque. Unas veces van pegaditas a la tierra, y otras, aprovechando de forma ingeniosa los desniveles del terreno, a más de cuarenta metros de altura. Como los árboles mayores de este bosque miden alrededor de cincuenta metros, eso quiere decir que puedes experimentar una sensación única y fantástica, que es recorrer el dosel, la parte superior del bosque, contemplando desde arriba como se destaca la vegetación y se desarrolla la vida. Esto es imposible de apreciar lógicamente cuando caminas a ras de tierra. Las vistas son espectaculares, y aprecias detalles como la forma estrellada perfecta que, vistos desde arriba, tienen los grandes helechos. Además, los guías que te acompañan son competentes y ayudan a interpretar lo que estás viendo y recorriendo. En definitiva, un buen final para este viaje.

Además, consigo ver algunos animales con los que no había tenido el gusto de encontrarme hasta este momento: unos perezosos reposando en el tronco de un árbol, unos pequeños y preciosos tucanes, una rana verde claro, una gran araña zampándose una cigarra, y una víbora de color marrón llamada bocaracá, que en la antigua lengua aborigen de la zona significa beso de la muerte. Termino esta excursión con un atardecer con vistas de la montaña y las nubes jugando con ellas digo de verse.

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29 y 30 de Septiembre

Tras cordiales despedidas del Costa Rica Backpackers, de su personal, e intercambio de direcciones de correo, parto para el aeropuerto. San José me despide con una mañana apacible y soleada. En la autopista, el correspondiente atasco de cualquier lunes a primera hora en las entradas a la gran ciudad. El aeropuerto de San José es pequeño, funcional y bien organizado. Me despido también del país desayunando su plato estrella: gallopinto con huevo, tortilla y café negro.

El trayecto de regreso es el mismo que el que me trajo aquí: San José, Caracas, Madrid, Fuerteventura.

Escribo estas últimas líneas ya en casa, bajo el sol de Fuerteventura, y contemplando mi querido valle de Pájara. Lo bueno que tiene terminar un viaje como éste es que, a partir de mañana, empezaré a soñar con la próxima aventura, mientras trato de vivir, también con ese espíritu, el día a día.

Así que, como se dice allá: pura vida.

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