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COSTA RICA

- Cuaderno de viaje a Costa Rica

(2003)
José Antonio García Moreno
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Viatgeaddictes, 23/05/2011
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 CUADERNO DE VIAJE A COSTA RICA

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2 de Septiembre

Primer tramo, Madrid-Caracas con Santa Bárbara Airlines, una compañía venezolana. Buenas referencias. El avión no va lleno y ¡oh milagro! el asiento de mi lado (sólo son dos en cada fila) va vacío.

Llegada al tránsito de Caracas sin novedad. Primer y familiar encuentro sensorial con el trópico: calor, humedad y ese aroma inconfundible, denso y ácido, de la vegetación y el agua que te hace tomar conciencia de que estás en otra de tus casas en este planeta. Parece que la naturaleza contacta contigo, con tus sentidos, de forma física, táctil. Pequeña espera, y el último tramo: vuelo a San José.

Llego a San José a la caída de la tarde. Lluvia, nubes de tormenta y temperatura muy agradable. Estamos en la estación de lluvias, que hace honor a su nombre. Sin muchas peleas y en un taxi oficial llego al albergue que será mi cuartel general durante mi estancia en este país: el Costa Rica Backpackers. Por los ocho dólares que cuesta la habitación compartida, está muy bien: café y té gratis, Internet gratis, piscina, salas, cocina, servicio de lavandería y ambiente mochilero. Hay poca gente. Es temporada baja, lo cual creo que es una ventaja en un país ya muy turístico como es Costa Rica.

Muy tempranito, a las nueve de la noche, me voy a dormir. No hay que olvidar que para mi cuerpo son ya las cinco de la madrugada del día siguiente.

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3 de Septiembre

Salgo a desayunar y primer encuentro con la gastronomía tica: contundente desayuno a base del plato nacional, el gallopinto, o sea, arroz con frijolitos negros, y chicharrones. Precio razonable: dos euros y medio.

La mañana la dedico a algunas compras y gestiones, a cambiar dinero y a pasear por San José. Cambio euros a colones en el Banco Nacional de Costa Rica. También se puede hacer esta operación en las casas de cambio pero no, sorprendentemente, en el resto de los bancos. Atraco a mano armada como siempre que se topa uno con la banca en cualquier parte del mundo: 10% de comisión. Menos mal que descubro que las casas de cambio realizan esa operación con unos costes más razonables.

En Barajas consulté en Internet para ver si habían localizado a algún guía para hacer la travesía a pie de la Cordillera de Talamanca. Se trata de recorrer a pie, durante unos ocho o diez días, y a través de una montañosa zona de bosque tropical húmedo, el camino que usaban antiguamente los indígenas para pasar de la vertiente atlántica a la pacífica o viceversa. Es quizá el principal objetivo que me he marcado en este viaje. Aquí sigue sin arreglarse o cerrarse el asunto de los guías para la travesía transcontinental.

Callejeo por el centro de San José: el Teatro Nacional, la Catedral, las zonas peatonales llenas de comercios... Pocos turistas. Es una ciudad pequeña, o mejor dicho, asequible, que descansa sobre una verde meseta rodeada de montañas, y agradable para callejear. No tiene grandes monumentos ni hitos urbanos, pero es una buena base para recorrer el país. Tiene de todo, es agradable, está en el centro de Costa Rica y es el centro neurálgico de comunicaciones.

Entro en la catedral en la que asisto a la celebración de la eucaristía, y en alguna otra iglesia. Contraste absoluto con España. Es un día laborable por la mañana, y las iglesias están llenas de gente que entra un rato a orar y se va. Veo gestos que rozan el fanatismo, pero creo que debo de respetar una religiosidad que es profunda, y que parece compatible con una sociedad democrática y relativamente liberal como es ésta.

Bien es verdad que las plazas públicas están llenas de charlatanes que golpean sin misericordia a los ciudadanos con sus soflamas religiosas que anuncian grandes catástrofes, y para las que todo está mal y parece que irá a peor. De todas formas, no parece que la gente les haga mucho caso.

Como corresponde a la estación en que estamos, la mañana es muy agradable. Hay nubes, pero todavía no llueve. Puedo cumplir tranquilo un rito que nunca falta en mis viajes: sentarme en una plaza a leer el periódico (hoy ha sido así) o algún libro, y ver pasar los retazos de vida delante de ti. Estoy en la plaza del Teatro Nacional: bullicio, gente de todas clases que se sienta un momento a hacer un alto en sus trajines, mientras que un organillo tocado por un par de abuelos pone un fondo de música de la tierra. Todo apacible hasta que aparece el vocero de turno anunciando el fin del mundo por capítulos, que precede a relatarnos uno a uno y a voces,

Como un poco de ensalada y fruta y, cuando empieza la tarde, hago una visita detallada al Museo Nacional. Está situado en un antiguo cuartel militar, y bien podría ser un símbolo de lo que tanta gente soñamos: que el lugar de las armas, del ejército, del símbolo del miedo y de la falta de concordia entre las personas, pase a albergar la cultura, la historia, el discurrir de un pueblo. A Costa Rica tenemos que agradecerle que haya dado un paso que en muchos otros lugares parece que es completamente irrealizable: desde la Constitución de los años cuarenta del siglo pasado, este país no tiene ejército, y, curiosamente, en todo este tiempo ha sido el país más estable, más desarrollado y con mayor nivel cultural de toda Centroamérica.

Por cierto, el Museo Nacional, su contenido, me ha impresionado muy gratamente. Repaso exhaustivo a la historia de Costa Rica a través de sus expresiones culturales. Espectaculares los metates de panel colgante, especie de esculturas que cuelgan desde una base plana, hechas en piedra volcánica con motivos variados y casi abstractos. Parece que están relacionados con la religiosidad y el culto a los muertos y proceden de los primeros quinientos años después de Cristo.

Me impresiona también en el Museo una sala muy sencilla con esculturas que son fotografías a tamaño natural de las diversas razas y orígenes de las personas que forman Costa Rica, y que se resume en una palabra: mestizaje. No mera coexistencia cultural, si no mezcla, convivencia que ha dado lugar a una nueva identidad, en que, se aprecia en las calles, las multiplicidades étnica y cultural son una realidad que no impide esa convivencia. Desde luego que ha habido y sigue habiendo tensiones, pero creo que también en eso este país ha avanzado mucho y nos puede enseñar a los que estamos acostumbrados a vivir en sociedades más puras.

Termino la visita con otra pequeña joya, esta vez natural: la instalación temporal de un jardín de mariposas de las especies que son más propias del valle en el que se asienta San José.

Cae ya la tarde, y, no mucho, pero vuelve a llover. Termino la jornada en el albergue, y me acuesto temprano.

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4 de Septiembre

Me levanto temprano, a las seis de la mañana. En las zonas tropicales el sol sale rápidamente en torno a esa hora, y se pone igual de deprisa en torno a las seis de la tarde. Amanece como ayer: apacible, con nubes y con una temperatura de unos veinte grados.

Salgo a desayunar algo, empezando por tomar un jugo de pipa (parecida al coco) que compro en un puesto callejero. Después me siento a desayunar en una calle peatonal que está en una zona de edificios oficiales, cerca del albergue: instalaciones del Poder Judicial y sede de la Universidad a Distancia entre otras. El desayuno es contundente, a base de un plato combinado con gallopinto, plátano frito y huevos revueltos. Además, tostadas y natilla, una salsa de leche salada que se usa para untar en el pan y en el gallopinto. Todo por un euro y treinta céntimos.

Tras esto, me dirijo a la estación de guaguas Caribe para tomar el bus a mi siguiente destino: Puerto Viejo de Talamanca, en el sur de la provincia de Limón y del país, en la costa caribeña y ya muy cerca de la frontera con Panamá. Se supone que emplearemos entre cuatro y cinco horas de viaje, cruzando la Cordillera dorsal que recorre el país de noroeste a sureste, para descender a la gran planicie central que mira al Mar Caribe. Estación de autobuses del Caribe: limpia, con todos los servicios y cómoda. Las guaguas en la misma tónica: se viaja con reserva de asiento y con comodidad.

Salimos en punto y, enseguida, dejamos atrás San José para introducirnos de golpe en el color de Costa Rica: el verde. Salimos hacia Guápiles, al nordeste, para luego girar al sureste hacia Puerto Limón, donde alcanzaremos la costa. Seguimos la carretera 32, asfaltada, bien señalizada y en buen estado. Limón está a unos 150 kilómetros de San José. Estamos en la meseta entre campos de cultivo y camino de cruzar la Cordillera Central.

Multitud de grandes camiones cargados de enormes troncos. La deforestación también es un problema en este país. Entramos en el Parque Nacional Braulio Carrillo y cruzamos la divisoria continental a unos 2.000 metros de altitud. Valles y montañas de perfiles más bien suaves. El bosque nuboso lo cubre todo. Pasamos a la vertiente caribeña, y, enseguida, vamos dejando atrás la cordillera. Vuelven a aparecer campos de cultivo y prados para la ganadería. Hay vacas y también caballos, muy abundantes en Costa rica. El cuerpo nota que hemos bajado: más humedad, más calor, atmósfera más densa, es el trópico.

Antes de llegar a Puerto Limón, comenzamos a pasar entre grandes haciendas bananeras. Nos cruzamos también con muchos camiones de la compañía Chiquita, la antigua United Fruit Company, que sigue controlando gran parte de la distribución del banano que, junto con el café, es la base de la agricultura tica. A medida que nos acercamos a Limón empiezan a aparecer las preciosas palmeras cocoteras. Recorremos los últimos cincuenta kilómetros hasta Puerto Viejo ya por la costa. Playas de arena negra, palmeras cocoteras hasta la orilla y pequeños hoteles jalonando el recorrido.

Llegamos a Puerto Viejo. A primera vista cliché caribeño: marco muy bello, junto a un entrante en el mar, no muy frecuente en esta costa casi rectilínea. Cabañas junto al mar y lugares donde escuchar y bailar música reggae en la playa. No obstante no me enamora. Es un pueblo turístico. Quizá uno sueña en paraísos perdidos que son difíciles de encontrar si siempre se va a los lugares que están indicados en las guías, aunque sean menos convencionales. Más extranjeros que ticos, surferos, hippies y fauna de ese estilo es lo que abunda, y nunca he sido muy afín a ese personal. De todas formas, el lugar es bello y además, a pesar de ser por la tarde y aunque todo está lleno de nubes, no llueve.

Esperando, paso feliz y tranquilo la tarde en la playa tomando una copa de un espléndido ron nicaragüense llamado Flor de Caña. Bueno, lo de la tarde feliz y tranquila es un decir: cuando pido la cuenta veo que, habiendo bebido dos me cobran cuatro. Lo dicho, los lugares turísticos son cada vez más odiosos. Timar al viajero es parte de lo habitual. De todas formas han pinchado hueso. Exijo la hoja de reclamaciones que naturalmente no me quieren dar. Amenazo con ir de inmediato a la policía a denunciar, y oh milagro, se me devuelve en el acto el dinero.

Por otra parte, siguen sin conectar con el guía que me tiene que llevar al otro lado. Mi primer encuentro con los encargados del contacto, Atec (Asociación Talamanquesa de Ecoturismo y Conservación), tampoco es muy entusiasmante. Al final del día se ha concretado el pateo a través de la divisoria continental. Llegar a este último acto ha sido posible gracias a las múltiples comunicaciones vía Internet, en España y aquí.

Me acuesto temprano. Este pueblo no parece precisamente un dechado de vida nocturna. Bueno, a lo mejor cuando empieza la marcha yo ya estoy sobando.

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5 de Septiembre

He ido con una bici alquilada desde Puerto Viejo hasta un pueblito pequeño llamado Manzanillo, a unos 14 kilómetros de distancia. Prácticamente en su totalidad el recorrido está comprendido en la Reserva Nacional de Vida Silvestre Gandoca-Manzanillo, que ocupa el extremo sureste de la vertiente Caribe, hasta el río Sixaola que hace frontera con Panamá. Los ecosistemas terrestres mejor representados en el Refugio son humedales y bosques aledaños, con una enorme riqueza biológica. Riqueza que se incrementa con los ambientes marino-costeros: arrecifes de coral, playas de arena, manglares...

Verdaderamente las playas son espectaculares: arena clara, no muy anchas, con el bosque tropical hasta la misma orilla. Solitarias en extremo. En fin, una delicia. Aprovecho para tomar un baño, el primero de este viaje en el Caribe. Hay zonas de la Reserva en que se permite la edificación: pequeñas casas unifamiliares en medio del bosque, muchas de ellas convertidas en hoteles y casa para alquilar. Hay otras en que el bosque se mantiene intacto desde la misma orilla, sólo violado por la pequeña carretera asfaltada que llega hasta Manzanillo. Tengo ocasión de ver y sobre todo oír a los congos o monos aulladores. Como su nombre indica, pegan unos berridos bastante notables y no especialmente agradables, pero siempre es una alegría y un espectáculo gratificante ver a los animales en libertad. Vuelvo por el mismo camino a primera hora de la tarde. No veo muchos más animales, en la selva no es fácil verlos.

Ceno en un restaurante de la avenida principal en el que soy el único comensal. Estamos en temporada baja y, como en todas las zonas turísticas, la competencia es quizá excesiva. Por cierto, que mientras ceno me veo envuelto en una desagradable nube: una persona está fumigando con gases todas las calles. Es para prevenir el dengue. Se trata de otra enfermedad tropical causada por un mosquito y que no tiene vacuna. Puede ser grave y a veces mortal. Me recuerda que, aunque sea molesto y uno tienda a bajar la guardia, no hay que descuidar las precauciones, como la loción antimosquitos, el ventilador en la habitación, no andar por la calle semidesnudo en la noche, a pesar de que el clima lo permite y muchos lugareños lo hacen. n detalle curioso es que en este pueblo de Puerto Viejo mucha gente camina descalza, lo que me permite disfrutar de dos o tres días sin ponerme calzado en ningún momento.

Hablando del clima: hoy es el primer día en que no ha llovido nada. Cielo más bien nublado, algo, poco de brisa y calor, pero soportable. Físicamente he llevado muy bien el pedaleo.

Me voy a dormir en un hotel pequeño, frente al mar, el Maritza, que funciona como albergue juvenil (youth hostel), con una balconada hacia el mar. Las instalaciones son muy básicas, y la habitación espartana: cama, una estantería y un ventilador y ventana con mosquitera que da a la calle. Servicios fuera de la habitación. Ducha más básica todavía con agua fría, por supuesto. Limpieza relativa. Claro que por siete euros que me cuesta, tampoco es fácil pedir mucho más.

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6 de Septiembre

Me levanto temprano. Hoy voy a estar todo el día en Puerto Viejo con actividad mínima. Tras un desayuno tranquilo en una soda (casa de comidas) frente al mar, dedico un par de horitas a la lectura. De nuevo a la casa de cambio para ir con colones suficientes a la travesía. En definitiva, tranquilidad. Aquí parece que la estación de lluvias no se lo está tomando demasiado en serio. Amanece casi despejado y el día apunta más caluroso que ayer. Bueno, pues no. En torno a las dos de la tarde tormenta y lluvia fuerte.

El resto de la mañana lo empleo en Atec, cerrando los últimos detalles de la excursión de mañana y consultando el correo electrónico. Comida en la soda de la mañana: pescado fresco y un batido de leche y piña. Todo sencillo. Todo un lujo. Ya en la tarde, duermo una siestita arrullado por el ruido de la lluvia al caer. Me quedo en la galería del hotel disfrutando de esa lluvia y leyendo otro rato.

A las dos horas, como casi siempre por aquí, cesa la lluvia. Son las cuatro de la tarde y aprovecho para dar un paseo por la playa. De frente y a mi derecha el mar, a la izquierda la Península de Cahuita, una punta verde que se interna en el Atlántico. No hace calor, suave brisa, nubes grises de color plomo, del mismo que el mar. El verde del monte suave, pálido y oscuro por la poca luz. Jirones de nubes entre el verde que allí son niebla. Nadie en la playa.

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7 de Septiembre

Al fin llega el día de ponerse en marcha y, tras desayunar, a la parada de guaguas a esperar el primer bus que debo de tomar hoy para llegar al punto de encuentro con Zenón y Agapito, los guías. Hace el trayecto de media hora entre Puerto Viejo de Talamanca y Bri-Bri.

El primer tramo me lleva hasta Bri Bri, un pequeño pueblo con aires de frontera, y que efectivamente está junto al río Sixaola que marca la linde con Panamá. Recorrido corto, pero bellísimo: vegetación exuberante, alguna plantación de plátanos, y zona ya montañosa. Valles y montañas forman un decorado espléndido. A partir de aquí el ambiente cambia bastante. Voy a entrar en la Costa Rica profunda, en un sitio en el que oh milagro, no hay turistas. Tras una hora de espera, tomo un segundo bus con dirección a otro pueblo que se llama Suretka, a unos 25 kilómetros. En el autobús soy yo el único extranjero, y hay viajeros que al entrar te dan los buenos días y la mano. Es verdad que los sitios en que la vida es más dura, hacen que la gente se ayude más y sea más solidaria.

Nada más arrancar termina el asfalto, y la pista, en no muy mal estado, se adentra en el purito bosque tropical. De vez en cuando casas construidas en madera y tejados en general de lata, elevadas como palafitos para tener lugar para el ganado, y evitar visitas molestas de culebras y demás vecinos de la zona. Son viviendas sencillas, pero no hay sensación de miseria. El bus nos deja en las orillas del río Teliré. Hay que cruzarlo en una pequeña canoa, y en el otro lado caminar unos quinientos metros hasta una caseta donde tomaremos la última guagua del día hasta Amubri. Hay suerte y un camión nos para y nos deposita en media hora en mi destino motorizado final de hoy.

Desde que salimos de Bri Bri he entrado en la Reserva Indígena Bri Bri de Talamanca. Después, iniciaremos el pateo en la Reserva Indígena Cabecar de Talamanca. Los bri bri y los cabecar son de las pocas comunidades indígenas que perviven en Costa Rica. Me encuentro en el sistema de espacios naturales y antropológicos protegidos más grande de Costa Rica, que continúa al otro lado de la frontera, en Panamá, formando el Parque Internacional de la Amistad. Zona de bosque tropical lluvioso muy bien conservada, y con nulo desarrollo turístico.

Nada más bajar del camión un señor con un machete me conduce a la casa que se encuentra primero: la de Agapito. El machete es parte de la indumentaria de los hombres en las zonas rurales, y tiene una gran importancia tanto para circular por los senderos como para limpiar los campos. Llego a la casa y están la mujer y sus hijos, supongo, niño y adolescentes respectivamente. Me dicen que si hemos quedado, pues que les espere en la casa que ya vendrán. Se trata, como muchas de las de por aquí, de una casa de madera con una especie de porche donde está la televisión, una banqueta y un par de hamacas colgadas e las vigas.

Bueno, por fin aparece el tal Zenón. De entrada, el señor Zenón no me cae especialmente bien, y me da que el sentimiento es recíproco. Muy seco y con muy pocas explicaciones. Lo normal es que me contara un poco el plan que vamos a llevar, pero se lo tengo que sacar con sacatapas. Lo primero que hago, naturalmente, es pagar, y después distribuimos las cosas en tres lotes para las mochilas de las personas que vamos. Zenón viene, pero Agapito, que es su hermano, no. En su lugar viene el yerno de Zenón, cuyo nombre es Jesús. Hacemos la compra que en principio es para seis días, si bien en el contrato estaba estipulado que el pateo duraría entre siete y diez. Confié en el buen hacer de Zenón, y eso fue un craso error en dos sentidos: primero supuse que si él decía que en seis días se podía hacer es que no había problema. Y luego, anduve corto de reflejos porque la compra, para ahorrar peso, era muy escasa y poco variada para marchas de larga duración, lo cual podía a la larga pasar factura.

Esa misma tarde hacemos una etapa prólogo de hora y media desde el pueblo en que estamos hasta el que constituía el teórico punto de partida. Zenón desaparece a caballo y yo continúo con Jesús y con un sobrino de Zenón que se nos une. Aquí empiezan las dificultades. Es época de lluvias y los ríos bajan crecidos. Bueno, pues tenemos que atravesar por lo menos cinco, con el agua hasta más arriba de la cintura, la mochila y corriente fuerte. Lecho lleno de piedras, pies descalzos y botas al cuello. Ellos llevan botas de goma sin calcetines, como casi todo el mundo por aquí, que están perfectamente adaptadas, por ejemplo, al cruce a pie de ríos.

Al fin, prácticamente de noche, llegamos a la casa de Jesús, que está junto a la de Zenón, y de nuevo me dejan en el porche y se van. Absoluta falta de hospitalidad. Menos mal que el sobrino que nos acompañaba se queda conmigo en el porche charlando de lo divino y de lo humano.

Ante mi estupor, pasa el tiempo y allí no se cena. Debo de añadir que cuando llegué a la casa primera, desde el bus, a las 12.20 horas, tampoco tuvo nadir la delicadeza de preguntarme si había almorzado. Al final me hacen pasar a la cabaña de Zenón donde me sirven la cena a base de arroz con arroz como es normal. Duermo allí mismo, sin que por supuesto nadie me invite a pasar al interior de la casa. He de decir que la única estancia en la que estoy es una amplia, ciertamente cubierta, que sirve de secadero de ropa.

Pronto a dormir ya que al día siguiente nos levantamos a las tres de la mañana para empezar a caminar hacia las cuatro en la primera etapa entre Coroma, que es donde estamos, y una pequeña aldea situada en el quinto coño llamada San José de Cabecar. Y efectivamente, está a doce horas andando desde donde nos encontramos.

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8 de Septiembre

Como estaba previsto, salimos a las cuatro de la mañana, después de un estupendo y energético desayuno consistente en un café negro aguachinado y, adivínenlo, arroz blanco con un trocito de salchichón.

Las dos o tres primeras horas transcurren por un camino razonable ya que se trata de una zona en la que hay bastantes viviendas. Huelga decir que ya en el pueblo del que hemos partido y en todas estas casas no hay luz eléctrica ni teléfono, y que las condiciones de vida son muy precarias.

El camino pronto se hace muy duro. En teoría seguimos río arriba la ribera del río Cohén, hasta cerca de su cabecera, para desde allí llegar a la divisoria continental. Pero el camino tiene un trazado infernal a pesar de que es el único que puede ser utilizado por algunas comunidades pequeñas situadas junto al río para acceder a la civilización. Tenemos que cruzarlo una y otra vez, el río, con el agua hasta la cintura, como antes. Tiene por lo menos treinta metros de ancho, con lo cual, descalzo provoca un destrozo de pies que puede ser un serio problema. Los guías no lo tienen por las botas de agua. Así que tomo la decisión de cruzar el río con las botas y los calcetines puestos, además de ajustarme los guetres que algo ayudarán. El riesgo es que al caminar con las botas y los calcetines empapados, si aparecen rozaduras y ampollas la cosa puede ser patética. El camino, cuando no consiste en cruzar el río va siguiendo su margen más o menos pero con continuas subidas y bajadas dentro de la selva, con barro, tramos casi verticales y muy escurridizos. Hay que poner la mano en la maleza para no caer, porque no hay que olvidar que vamos muy cargados, con el riesgo de que en esa maleza haya algún residente no deseado. Esto en medio de un continuo sudor a chorros que se me mete en los ojos y me empaña las gafas. Mis acompañantes, bien adaptados a la zona y sin un gramo de grasa, apenas sudan.

La cantimplora la relleno directamente del río grande, que baja marrón por la tierra, o de arroyos más claros que salen por los laterales. Asimismo, desde ayer, en las chozas en que estuve, bebo tal cual el agua que me sirven, sin saber muy bien de donde viene, o sea, hago exactamente lo contrario de lo que se supone que se debe de hacer cuando uno está por los trópicos. Todo esto sin haber comido el día anterior y con una muy deficiente alimentación.

El paisaje, de vez en cuando, es espectacular: la cordillera, cascadas, pájaros... Pero realmente no lo disfruto. El agotamiento va haciendo mella, y cuando llevo siete horas estoy al límite. No doy un paso a derechas, me fallan las fuerzas, cada paso es una tortura y además, como me suele pasar en estos casos, me voy poniendo nervioso y cabreándome.

El guía tiene una actitud absolutamente negativa. Ni una sonrisa, ni una palabra de ánimo, se limita a ir indicando el camino, empleando el machete en muchas ocasiones, y hablando a veces con su yerno en la lengua bri bri.

Decido que es suicida seguir las doce horas previstas, y ordeno acampar en el primer sitio que podamos y replantear la excursión. Lo hacemos efectivamente, y mientras Zenón corta unas ramas para hacer un chamizo sobre el que colocaremos unos plásticos que nos servirán de tienda, yo charlo con Jesús. Le cuento que me parece indignante, que la excursión la han montado en función de sus necesidades y no de las del cliente: pocos días porque así cobran lo mismo y están antes en casa, parada el primer día a doce horas de camino porque así saludan a los colegas, total falta de solidaridad que es inaudita en la montaña, y mucho más cuando ésta es dura. Presunta profesionalidad que consiste en mantener las distancias y en soportar malamente el paquete que les ha tocado. Naturalmente le digo que si sólo son profesionales, y no compañeros de camino, pues a cumplir el contrato, que habla de siete a diez días y no de seis. Pero no llevamos comida suficiente, con lo cual estoy atrapado.

Decido hablar todo esto con Zenón, aunque no me apetece en absoluto. Hay que ver como reacciona y replantear el tema: seguir, pero más días, viendo que hacemos con la comida; retornar y suspender la excursión y ya veremos que pasa con el dinero que he pagado (500 dólares); o hacer ruta alternativa.

El paraje, a orillas del río, y con la vegetación selvática cayendo sobre sus riberas es excepcional. Lástima no poder disfrutarlo por la situación.

Hablando de otra cosa, el invento de las botas para pasar ríos durante esta jornada ha resultado, y lo del agua pues parece que por el momento no es un problema.

Después, y antes de cenar, hablo con Zenón y Jesús en los términos en que ya lo había hecho sólo con Jesús. Resultado nulo: se excusa y se queda realmente cortado. Le pregunto por su opinión sobre lo que tenemos que hacer y él sugiere que regresemos al día siguiente, porque con el ambiente que se ha creado le parece muy difícil seguir. Lo pienso un poco y no estoy de acuerdo. Tendría que pelearme en Puerto Viejo para que me devolvieran el dinero, y seguir perdiendo días, a lo que no estoy dispuesto. Así que decido que hagamos una ruta alternativa, en que en lugar de nueve horas de caminar al día, lo hagamos entre cinco y siete y que cumplamos al menos los seis días.

Dormimos prácticamente al raso en mitad de la selva: un plástico abajo y otro arriba por si llueve y ya está. En este sentido sigue todo de lo más asilvestrado.

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9 de Septiembre

Nos levantamos como hacemos todos los días a las 5.30 de la madrugada con idea de salir a las siete. Desayuno frugal con intento de que sea energético: arroz con salchichón frito y un vaso de Tang de naranja. Es curioso, cuando hay escasez, hasta una bazofia como Tang sabe estupenda. Hoy seguimos un camino similar paisajísticamente hablando al de ayer y supongo que al de los próximos días. De nuevo entrar y salir de ríos y subidas y bajadas, eso sí, más suaves y a ritmo más tranquilo que ayer. La diferencia es que vamos por zona menos transitada y Zenón se tiene que emplear a fondo con el machete para despejar el camino y en ocasiones para abrirlo directamente. El ambiente, agradable y correcto. El día, bueno como los anteriores. La caminata, en línea con lo que les había dicho: cinco horas con paradas para disfrutar del paisaje o contemplar una flor. Por el camino recogemos una especie de plátanos pero que son otra fruta que tomaremos con la pasta del mediodía.

Llegamos al lugar de acampada temprano, montamos el artilugio, y a pasar la tarde. Primero me doy un baño vestido con pantalón y camiseta. Como llevo las mismas prendas toda la excursión, las lavo así y las dejo secar, haciendo mi cuerpo de secadora. Suena un poco cutre, pero en las condiciones en que vamos, si no se hace así, a los dos días estaría todo igual. Comida frugal y baño en el río.

Estoy contento con la excursión, es desde luego aventurera, pero no me llega hondo ni me emociona. La frustración del primer día sigue pasando factura. Observo otra cosa un poco extraña: no vemos casi ni aves, tan abundantes por estos pagos, ni otros animales en teoría tan fáciles de ver como los monos. No sé por qué será, porque la zona está prácticamente deshabitada, y la vegetación es muy densa.

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10 de Septiembre

Jornada extenuante y durísima. Ocho horas de caminata, de las cuales casi siete de subida ininterrumpida. La verdad es que la subida es indescriptible, hay que vivirla. Para empezar no hay camino en absoluto. Hay que ir abriéndolo con el machete, y además los guías no lo conocen muy bien, y ya se sabe que en esta selva una equivocación significa una cuesta más. El desnivel es tremebundo, rozando en muchas ocasiones la vertical, todo es puro barro por lo que fácilmente das un paso para adelante y dos para atrás, con peligro continuo de perder el equilibrio y rodar ladera abajo. Cuando tratas de amarrar una rama para ayudarte en la subida, caben tres posibilidades ordinarias y una excepcional. Las tres posibilidades ordinarias son: que la rama esté medio podrida y se rompa al agarrarte a ella; que esté llena de pequeños pinchos invisibles que se te clavan en la mano; y que esté habitada por voraces hormigas que se abalanzan sobre tu mano a pegarte picotazos. La posibilidad extraordinaria es que sea una rama normal y te ayude a subir. Además el suelo es un auténtico compendio de cosas que pueden terminar de completar la tortura: ramas caídas y entrelazadas que te sujetan el pie, pequeñas lianas que te parece que se rompen con un leve tirón, pero de increíble resistencia, que hacen que caigas directamente sobre el barro, hoyos escondidos entre las hojas... Esto, junto con el clima, provoca que sude como un pollo. De manera que se tiene una sensación continuada de agobio y agotamiento que hace que la marcha sea francamente penosa.

Es agobiante, pero también un privilegio ver y sentir en directo un bosque lluvioso; todo eso que son incomodidades me indican que estoy hollando un bosque lluvioso virgen, sin caminos y en perfecto equilibrio. Toda la riqueza biológica que hay está entrelazada y vinculada íntimamente. Todas esas varas y árboles caídos que molestan son los que hablan del equilibrio del bosque: las plantas viejas o más débiles caen, se convierten en hogar de otros seres, y enriquecen el suelo que a su vez, con ese humus alimenta al resto del bosque.

Durante el camino vamos encontrando huellas de tapir, y durante un buen trecho seguimos las huellas claras y recientes del jaguar, el tigre americano. En realidad, las trochas que seguimos casi siempre han sido holladas por estos grandes animales en su deambular por el bosque.

Cuando todavía no hemos terminado de subir la pendiente, surge un nuevo y grave problema: íbamos a subir a lo alto del cerro y a dormir arriba en la seguridad de que no habría problema con el agua. Pues bien, el agua no aparece y la situación empieza a hacerse angustiosa. Con lo que sudo necesito beber al menos cuatro litros diarios, y la cantimplora que llevo comienza a escasear. Empiezo a racionar el agua y definitivamente no encontramos más. Es increíble la irresponsabilidad del guía Zenón. Supongo que él, y su acompañante, tienen capacidad de salir del apuro bajando corriendo a por agua donde sea, pero no parecen en absoluto conscientes del riesgo que puede correr una persona no habituada.

Ante la situación, comenzamos a bajar en busca del agua, pero la noche se empieza a echar encima y no hay más remedio que montar el campamento. Para el campamento se busca una de las escasas zonas en que la vegetación no lo inunda todo, se aclara con el machete, se cortan unos palos, y se coloca un gran plástico negro como tejado y otro como suelo. En principio cualquier bicho puede entrar y salir a su antojo pero normalmente respetan a las personas. Todos menos los tábanos. Al anochecer y al amanecer decenas de ellos runrunean constantemente alrededor, poniendo seriamente a prueba los nervios y consiguiendo romperlos en ocasiones.

Nos disponemos a dormir y a guardar energías para el día siguiente. Tenemos un cuarto de litro de agua para los tres, no podemos por tanto cocinar, y tampoco podemos comer unas galletas hediondas que llevamos que dan más sed. Una vez tendidos, el azar se alía con nosotros: comienza a llover, y el agua a escurrir por el plástico, con lo cual conseguimos cenar y, primero de todo, tomar un café que nos sabe a gloria.

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11 de Septiembre

Este día en principio promete ser un poco menos duro, porque se supone que vamos a bajar todo el rato hacia un río donde acamparemos y podremos por fin aprovisionarnos de agua. El día transcurre como siempre. Disfrutando de la joya natural que estoy recorriendo y sufriendo lo indecible por las condiciones.

La bajada final al río en que tenemos que acampar se hace tremenda: superembarrada, casi vertical, y con el agotamiento de cinco horas anteriores de marcha. Al fin llegamos al río, a un paraje de ensueño. Desembocamos justo donde confluyen dos pequeños riachuelos, encajonados en dos barrancos muy estrechos y exuberantes. Difícil encontrar un sitio para acampar por lo inclinado de las laderas. Tras caminar unos minutos metidos literalmente en el río, como de costumbre, encontramos un lugar donde justito podemos montar el campamento y, efectivamente, lo hacemos. El río, el pequeño altillo del campamento, y la ladera bien parada.

Nada más montar el campamento, se desencadena una tormenta de las habituales en esta época y con lluvia torrencial. Con preocupación, vemos que el río que está a nuestra vera comienza a aumentar rápidamente su caudal. De pronto, la corriente se sale de su cauce habitual e invade rápidamente un pequeño ramal justo unos centímetros por debajo de nuestro campamento. No sabemos el agua que está cayendo más arriba, aquí lo hace a mares, y el riesgo de que el agua arrase nuestra pequeña instalación y a nosotros mismos aumenta por momentos. Ante eso, salimos precipitadamente a situarnos como podemos unos metros sobre la ladera, para evitar el riesgo y observar el cauce. Lo que era un pequeño arroyo cristalino se ha convertido en un río tumultuoso, rugiente y turbio que arrastra toda la tierra en su caída.

Permanecemos así cerca de una hora, y cuando parece que el río puede desbordar un tronco que le impide el paso al campamento, vemos que se detiene y muy poco a poco empieza a bajar. A pesar de que la lluvia sigue fuerte, el caudal se mantiene con lo que decidimos regresar. Afortunadamente, al caer la noche deja de llover, con lo que podemos terminar una jornada más, con sus emociones correspondientes.

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12 de Septiembre

La tremenda ladera que bajamos ayer es como su gemela de enfrente que remontaremos hoy. Se supone que subiremos un poco, luego continuaremos a media ladera, para después bajar a otro río donde montar el campamento. Pero como de costumbre, surgen nuevas dificultades no previstas. Un derrumbe en la ladera, ha provocado una especie de brecha que hay que salvar. Esto supone que tenemos que volver a subir hasta la cresta del cerro, otra vez con un enorme desnivel.

Por lo tanto, seguimos por el cordal, en un continuo sube y baja, lo que quiere decir que nos podemos despedir otra vez del agua ya que no nos va a dar tiempo a bajar al río. De manera que, a la caída de la tarde, volvemos a montar el campamento y confiamos en que vuelva a llover. Efectivamente lo hace, pero en cantidad insuficiente. Nos da para llenar las cantimploras, hacer un café y decidir si cenamos o desayunamos, optando por esto último. Ya llevamos además tres días sin poder lavarnos y la situación del cuerpo es muy incómoda: sudor, humedad, ropa y pies permanentemente empapados por los ríos, la lluvia y el roce con la vegetación.

De todas formas, noche agitada y emocionante. La selva es un concierto interpretado por las aves y los demás animales. Durante toda la noche estamos oyendo los pequeños rugidos de un jaguar, no muy cerca, pero tampoco muy lejos. La cosa es inquietante, ya que el campamento está montado exactamente en el carril que hay en un filo estrecho, que es su paso natural. Pero sabes que estás durmiendo en la compañía libre de unos felinos desgraciadamente cada vez más escasos, y esa emoción no se puede describir con palabras, o por lo menos yo no sé hacerlo. Hay que estar allí.

Además, tenemos la animación garantizada por los monos rojos. Movidos por la curiosidad, ya que no debemos de pasar muchos humanos por allí, les oímos zascandilear por las ramas cercanas a donde nos encontramos. Periódicamente, mis acompañantes salen fuera a enchufarles con la linterna y lanzarles piedras para que se alejen. Al parecer, estos monos no tienen a veces demasiado buen humor y podrían arrancar ramas y arrojarlas sobre el campamento. Resultado desigual, ya que siguen rondando toda la noche.

Si todo va bien, es mi última noche en la selva, y me dejo deleitar con su sonido. En ese momento, ya tranquilo y relajado, pienso que valen la pena los sufrimientos y las dificultades. Estoy viviendo un auténtico lujo.

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